
El efecto pinza de la criminalidad inmigrante
Por Braulio Jatar Alonso – Para Notiamérica
En los últimos años, en mis conversaciones con políticos, empresarios y trabajadores, tanto chilenos como extranjeros, se repite un tema que no deja de preocupar: el trato que reciben los inmigrantes, en especial los venezolanos desplazados. Detrás de cada rostro y cada historia hay un patrón que se repite con crudeza. Estas personas huyen de un Estado que ha vaciado de contenido los derechos fundamentales.
La comunidad internacional y las más prestigiosas organizaciones de derechos humanos han documentado hasta el cansancio cómo en Venezuela se han desmantelado las garantías mínimas, sumiendo a millones en la desesperación. Persecución política, colapso económico, inseguridad alimentaria y sanitaria… todo empuja a salir, no por voluntad, sino por necesidad extrema.
Pero cuando ese desplazado cruza la frontera y llega al país que se supone lo acogerá, se encuentra con otra realidad, tan áspera como la que dejó atrás. En Chile, y en otros destinos, es recibido con políticas indolentes, trabas legales y un estigma inmediato. La forma en que entró —muchas veces por pasos no habilitados— lo marca desde el primer día, y la sombra del Tren de Aragua lo persigue aunque no tenga vínculo alguno con el delito.
Aquí es donde aparece lo que llamo el efecto pinza: la presión simultánea desde dos lados. Por un extremo, el Estado de origen lo expulsa en condiciones de máxima vulnerabilidad. Por el otro, el Estado receptor le cierra las puertas, lo criminaliza y le niega un camino claro de integración.
Esta doble presión funciona como las mandíbulas de una herramienta que aprieta sin dar salida. Desde un lado, empuja la necesidad; desde el otro, bloquea las oportunidades. El resultado es un espacio intermedio en el que el migrante queda atrapado, sin derechos, sin identidad legal y sin posibilidad de ganarse la vida de forma digna.
Es en ese vacío donde el crimen organizado encuentra terreno fértil para reclutar. El Tren de Aragua y otras bandas no necesitan crear la vulnerabilidad: les basta con aprovecharla. El Estado que expulsa sirve el plato, y el Estado que recibe lo condimenta con exclusión y abandono.
Este efecto pinza no es solo un drama humanitario. También es una amenaza directa a la seguridad y a la cohesión social del país recepto. El populismo antiinmigrante, presente en discursos de todos los sectores políticos, ignora que una migración regularizada y controlada es una palanca para el desarrollo, no un lastre.
Otros países de la región han demostrado que hay alternativas. Colombia ha regularizado a casi dos millones de venezolanos, permitiéndoles trabajar, pagar impuestos y construir una vida. Brasil, con su Programa de Acogida, se ha convertido en un ejemplo de política migratoria eficiente y humanizada.
En Chile, en cambio, se insiste en mirar hacia otro lado, como si ignorar el problema lo hiciera desaparecer. La paradoja es que esa indiferencia, lejos de reducir la criminalidad, fortalece a quienes viven de ella y alimenta al monstruo que tenemos todos que combatir.
Editor Reporte Confidencial / Abogado 18342 / Comunicador SNTP 8248 / Locutor 17210 / Profesor Inteligencias / Escritor / 7 libros amzn.to/2G3W6ja
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