Opiniones

El pecado original de ser “irregular” en Chile: La vergüenza debe cambiar de bando

En Chile hay personas que han cumplido cada exigencia del Estado y, aun así, continúan condenadas a no existir. Se presentaron ante la policía, entregaron sus huellas, fueron empadronadas, acreditaron domicilio, consiguieron trabajo, cotizaron, formaron familias y tuvieron hijos chilenos. Después de todo eso, el mismo Estado les responde que nada es suficiente.

En Chile hay personas que han cumplido cada exigencia del Estado y, aun así, continúan condenadas a no existir. Se presentaron ante la policía, entregaron sus huellas, fueron empadronadas, acreditaron domicilio, consiguieron trabajo, cotizaron, formaron familias y tuvieron hijos chilenos. Después de todo eso, el mismo Estado les responde que nada es suficiente.

La causa de esa condena suele estar en un hecho ocurrido años atrás: haber ingresado por un paso no habilitado. Esa infracción se transforma en una especie de pecado original que nunca se perdona. No importa cuánto tiempo haya transcurrido, qué vida construyeron, cuánto aportaron o cuántos vínculos familiares tengan. Permanecen tatuados administrativamente como “irregulares”.

La contradicción es brutal. La propia Ley de Migración y Extranjería chilena establece que la migración irregular no constituye delito y obliga al Estado a respetar los derechos humanos de las personas extranjeras, sin importar su condición migratoria. Sin embargo, el discurso público y numerosas prácticas institucionales continúan tratando al migrante irregular como si fuera un delincuente.

No los contratan formalmente porque no tienen documentos vigentes, pero después se les reprocha no tener contrato ni cotizaciones. Trabajan en condiciones precarias, expuestos al abuso y sin herramientas reales para defenderse. Enfrentan obstáculos para otorgar poderes de representación, realizar trámites notariales, abrir cuentas o acreditar su identidad ante distintas instituciones.

También hemos conocido parejas que llevan años viviendo juntas, algunas casadas en sus países de origen, pero que permanecen separadas jurídicamente porque uno de sus integrantes nunca ha podido regularizarse. Otras enfrentan dificultades incluso para celebrar el matrimonio o un acuerdo de unión civil debido a exigencias documentales que convierten un derecho fundamental en una carrera de obstáculos.

Hay madres y padres de niños chilenos que continúan atrapados en la irregularidad. La familia existe para el trabajo, para el arriendo, para pagar impuestos, para criar a los hijos y sostener el hogar, pero desaparece cuando llega el momento de decidir sobre la residencia.

No se trata de negar el derecho del Estado a controlar sus fronteras. Tampoco defendemos que toda persona deba ser regularizada sin revisar sus antecedentes. No fabricamos víctimas ni declaramos inocencias por nacionalidad. Exigimos que cada caso sea examinado individualmente, considerando la conducta, el arraigo, la familia, el trabajo y las razones que provocaron el desplazamiento.

La Política Nacional de Migración reconoce que los mecanismos de regularización pueden considerar el tiempo de permanencia, los vínculos familiares y laborales, la contribución realizada al país, las labores de cuidado y la inexistencia de antecedentes penales. Las herramientas existen. Lo que ha faltado es la voluntad de utilizarlas con humanidad, proporcionalidad y justicia.

Desde nuestro trabajo jurídico y social hemos llevado estas historias ante autoridades administrativas y tribunales. Hemos defendido a madres a quienes se negaron licencias maternales, trabajadores despedidos por no obtener sus documentos, familias amenazadas con ser separadas y personas detenidas como si la irregularidad migratoria fuera una orden de captura.

Ahora, desde la Fundación Derechos por Siempre, hemos creado una plataforma para recibir, preservar y documentar estas denuncias. Cada testimonio podrá mantenerse confidencial o hacerse público. Buscamos reunir nombres, antecedentes, documentos y responsabilidades. Romper el silencio, conservar las pruebas y convertir el dolor en memoria, denuncia y justicia.

En este proceso hemos hecho nuestra la consigna francesa “La honte doit changer de camp”: la vergüenza debe cambiar de bando.

La frase alcanzó dimensión mundial cuando Gisèle Pelicot se negó a que el juicio contra quienes abusaron de ella se desarrollara en secreto. Pero su antecedente se encuentra en otra gran mujer francesa: la abogada Gisèle Halimi, quien en el histórico juicio de Aix-en-Provence de 1978 defendió que las víctimas no tenían nada que ocultar y que eran los agresores quienes debían quedar expuestos.

Hoy trasladamos esa idea a la defensa de las personas migrantes. La vergüenza no pertenece a quien cruzó una frontera huyendo del hambre, la violencia o la desesperación. Tampoco a quien trabaja, cotiza, forma una familia y espera durante años una respuesta.

La vergüenza pertenece a quienes humillan, discriminan, explotan o utilizan el poder para privar a otros de sus derechos fundamentales. Pertenece también a quienes ven la injusticia, tienen la facultad de corregirla y prefieren guardar silencio.

La vergüenza debe cambiar de bando. Y en Chile, esa batalla apenas comienza.

El ego también pierde finales Por Braulio Jatar

El ego tambien pierde finales BJA Notiamerica

Diversas corrientes filosóficas y espirituales coinciden en una advertencia: el ego descontrolado termina convirtiéndose en fuente de sufrimiento. No hablamos de la autoestima necesaria para competir, crear o defender una causa, sino de esa construcción interior que necesita sentirse superior, tener siempre la razón y transformar cada derrota en una humillación intolerable.

El budismo identifica el apego y el deseo insaciable como causas del sufrimiento. El estoicismo enseña que no son los acontecimientos los que nos perturban, sino los juicios desordenados que construimos sobre ellos. La tradición cristiana coloca la soberbia entre los vicios que deforman nuestra relación con los demás. Las tres miradas, desde caminos diferentes, describen el mismo peligro: cuando el yo ocupa todo el espacio, desaparecen la serenidad, la justicia y el respeto.

La final del Mundial de fútbol disputada el 19 de julio de 2026 dejó una lección que va mucho más allá del resultado. España venció 1-0 a Argentina en la prórroga y conquistó legítimamente la Copa. La selección argentina llegaba como campeona defensora, impulsada por el sueño de repetir el título de Qatar y sumar una cuarta estrella. Era una aspiración comprensible. El problema comienza cuando el deseo de ganar deja de ser una meta y se convierte en una obligación emocional que no admite otro desenlace.  

Argentina no perdió por falta de entrega. Llegó nuevamente a una final y mantuvo durante años uno de los ciclos más exitosos de su historia. Pero algunos integrantes de su delegación parecieron no comprender que el deber deportivo no termina con el último silbato. También incluye reconocer la derrota, felicitar al adversario y permitir que el triunfador celebre sin agresiones ni gestos de desprecio.

Después del partido se produjo una pelea en el terreno. Leandro Paredes fue señalado por iniciar un enfrentamiento con jugadores españoles, otros futbolistas y miembros de los cuerpos técnicos intervinieron, y la FIFA abrió una investigación disciplinaria. Roberto Ayala, integrante del cuerpo técnico argentino, terminó ofreciendo disculpas por su participación. El seleccionador español, Luis de la Fuente, calificó lo ocurrido como intolerable e inaceptable.  

También circularon imágenes de jugadores argentinos dando la espalda mientras España levantaba la Copa. Algunos medios lo interpretaron como un boicot a la premiación; otros señalaron que los futbolistas permanecían orientados hacia sus aficionados. Esa imagen aislada puede admitir diferentes explicaciones. La pelea posterior, en cambio, constituye un hecho mucho más difícil de justificar.  

Sería injusto convertir estos episodios en una condena contra Argentina. Buena parte de la prensa de ese país reconoció que España había sido superior y merecía el campeonato. Juan Román Riquelme felicitó al vencedor y consideró justo el resultado. Hubo, por tanto, argentinos capaces de sentir el dolor de la derrota sin negar el mérito ajeno.

Precisamente allí aparece la diferencia entre identidad y ego. La identidad permite amar una camiseta sin odiar la ajena. El ego, por el contrario, interpreta el triunfo del otro como una disminución propia. Necesita buscar conspiraciones, culpables o provocaciones porque aceptar la realidad significaría reconocer que, por una noche, alguien fue mejor.

Argentina ya había ganado el respeto del mundo por su fútbol, su resistencia y su capacidad para levantarse. Ninguna derrota podía borrar los títulos obtenidos ni la grandeza de sus jugadores. Sin embargo, algunos comportamientos posteriores a la final amenazaron con dañar aquello que una Copa no puede comprar: la admiración de quienes saben distinguir entre un gran campeón y alguien que simplemente ha ganado muchas veces.

El deporte no forma únicamente vencedores. Forma seres humanos capaces de controlar la frustración, respetar reglas y estrechar la mano del rival. Ganar demuestra talento. Saber perder demuestra carácter.

España levantó la Copa. Argentina conservó una historia extraordinaria, pero algunos de sus representantes dejaron escapar la oportunidad de engrandecerla. Porque el verdadero campeón no es solamente quien sabe subir al podio. También es quien, cuando le corresponde mirar desde abajo, permanece de pie, reconoce al vencedor y lo aplaude.

Nuestros “irregulares”: de la cobardía de Boric al matonaje de Kast

Chile tiene un reto que ya no puede seguir afrontando desde el miedo. Cerca de 1,9 millones de personas extranjeras viven en el país, casi el 10% de su población, y unas 337.000 se encuentran en situación migratoria irregular. No hablamos de una presencia marginal, sino de familias, trabajadores, niños y vínculos construidos durante años.

Por Braulio Jatar Alonso

Chile tiene un reto que ya no puede seguir afrontando desde el miedo. Cerca de 1,9 millones de personas extranjeras viven en el país, casi el 10% de su población, y unas 337.000 se encuentran en situación migratoria irregular. No hablamos de una presencia marginal, sino de familias, trabajadores, niños y vínculos construidos durante años.

Esta realidad coincide con una crisis demográfica que la política prefiere ignorar. En 2025, la fecundidad cayó a 0,99 hijos por mujer y el 45% de las comunas registró crecimiento natural negativo. Chile envejece y necesitará trabajadores, cotizantes y nuevas generaciones para sostener sus sistemas previsional, sanitario y de cuidados. La inmigración no es caridad. Es una necesidad estructural que debe gestionarse con orden, inteligencia e integración.

Durante los últimos años, parte de la casta política, algunos medios, conductores de opinión y ejércitos de cuentas en redes sociales se han lanzado a competir por explotar el miedo al extranjero. Así se alimentan la xenofobia, el racismo y la aporofobia. Porque casi nunca se persigue al extranjero poderoso: se persigue al pobre, al trabajador precarizado, a la mujer sola y al niño cuya familia no pudo vencer la burocracia.

La palabra “irregular” dejó de describir una situación administrativa y comenzó a utilizarse como una condena moral. Con ella se borran derechos y se convierten seres humanos en cifras, olvidando que el propio ordenamiento chileno obliga al Estado a respetar y garantizar los derechos de los extranjeros conforme a la Constitución, las leyes y los tratados internacionales vigentes.

Gabriel Boric tuvo la oportunidad de romper esa lógica. Su gobierno inscribió a 226.064 personas y empadronó biométricamente a 182.119. El Estado conoció sus identidades, huellas y fotografías, e incluso estudió una regularización acotada. Pero retrocedió. No fue falta de información, sino falta de coraje. La izquierda chilena levantó internacionalmente las banderas de los derechos humanos, pero no quiso pagar el costo político de defenderlas dentro de Chile.

José Antonio Kast tomó esa cobardía y la convirtió en matonaje institucional. Su gobierno exhibe vuelos de expulsión y contabiliza expulsados como indicador de éxito. El director de Migraciones ha anunciado que a los irregulares no se les permitirá trabajar y que se restringirán sus beneficios sociales. Un Estado puede controlar sus fronteras y ejecutar decisiones legales; lo que no puede hacer es fabricar una población sin trabajo, sin protección y empujada deliberadamente hacia la marginalidad.

La ley chilena permite privar de libertad a una persona únicamente para hacer efectiva su expulsión y por un máximo de cinco días. Sin embargo, la propia PDI ha reconocido que cerca de seis mil venezolanos con órdenes vigentes no pueden ser expulsados por falta de relaciones consulares. Cuando la expulsión no es materialmente posible, detener para intimidar deja de ser control migratorio y se acerca demasiado al abuso de poder.

En nuestro trabajo jurídico hemos debido acudir a los tribunales para defender a mujeres mayores, madres, trabajadores y familias tratadas como amenazas, aunque muchas hicieron cuanto el propio Estado les exigió para regularizarse. El problema no es solamente la irregularidad migratoria. También es la irregularidad moral de un Estado que demora, abandona y después castiga.

No se trata de fronteras sin reglas. Se trata de reglas sin crueldad. Chile debe decidir si administrará la migración con humanidad o si seguirá produciendo enemigos para alimentar campañas electorales. Frente a esa oscuridad, algunos seguiremos encendiendo la luz de la justicia.

EL LIBRO: NO NOS VAN A DEPORTAR DE NUESTROS DERECHOS

Este libro está en desarrollo porque la injusticia no ha terminado. Se irá escribiendo al ritmo de los nuevos casos que aparezcan en un Chile que todavía no comprende que la integración y la multiculturalidad dejaron de ser una opción académica

El Censo 2024 registró 1.608.650 personas nacidas fuera del país, equivalentes al 8,8% de la población residente. Es decir, casi uno de cada once habitantes. Chile ya cambió, aunque parte de sus instituciones, su política y sus medios continúe hablando como si la migración fuera una visita incómoda que algún día desaparecerá.  

Se ha repetido que Chile es el país más xenófobo del hemisferio en las redes sociales. No encontré una medición comparativa seria que permita sostener ese ranking. No necesitamos exagerar.

Lo comprobable ya es brutal: un estudio de ACNUR y la Universidad Carlos III determinó que el 57,7% de las publicaciones sobre personas en movilidad originadas en Chile transmitía una percepción negativa, mientras apenas el 4% expresaba una valoración positiva.  

La calle puede ser distinta. Allí también existen vecinos solidarios, empleadores decentes, funcionarios conscientes y chilenos que entienden que nadie abandona su patria por deporte.

Pero el lenguaje antimigrante se reproduce con especial fuerza en los centros de poder, en discursos políticos, en titulares que convierten la nacionalidad en antecedente penal y en redes donde la crueldad recibe aplausos, alcance y rentabilidad.

De esa realidad nace No nos van a expulsar de la justicia. No será un tratado escrito desde la comodidad de una biblioteca. Será la memoria de madres a quienes se negaron licencias maternales después de cotizar; trabajadores despedidos porque sus documentos no avanzaron; familias casadas pero separadas; personas que aportaron durante años a las AFP y luego descubrieron que su dinero tenía más derechos que ellas.

También estarán la madre asesinada de un escopetazo, el taxista abofeteado, la persona baleada por agentes del Estado, el hombre amputado porque no pudo pagar a tiempo y los hermanos atrapados por un doble asesinato y una vida sin salida. Estarán los niños haitianos convertidos en sospechosos por su color de piel y las familias sometidas a una persecución pública antes de que los hechos fueran establecidos.

Cada historia será tratada con nombres, antecedentes, responsabilidades y documentos. No buscamos fabricar víctimas ni declarar inocencias por nacionalidad.

Libertad, igualdad y fraternidad no pueden ser palabras reservadas para discursos solemnes. La igualdad desaparece cuando el pasaporte determina cuánto vale una vida. La libertad se degrada cuando el miedo político convierte al extranjero en enemigo. La fraternidad muere cuando una sociedad acepta la humillación como política pública.

Este libro permanecerá en construcción porque cada nuevo abuso abre un capítulo y cada victoria judicial demuestra que la batalla tiene sentido. Chile aún puede construir una convivencia firme, ordenada y humana.

La tarea sigue pendiente, y nosotros seguiremos allí, defendiendo a quienes algunos quisieran expulsar incluso de la justicia o pretender deportarnos de nuestros derechos.

Tren de Aragua, Diosdado Cabello y el dinero que salió de Chile

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Tren de Aragua, Diosdado Cabello y el dinero que salió de Chile

Por Braulio Jatar Alonso
ETL

La Operación Tokio, desarrollada por la Fiscalía Metropolitana Sur y la PDI, reveló una estructura de lavado que habría sacado de Chile más de $78 mil millones de pesos, cerca de 86,5 millones de dólares. El dinero se habría movido mediante criptomonedas, empresas de fachada, cuentas bancarias y transferencias internacionales.

El fiscal Héctor Barros, el mismo que vinculó a Diosdado Cabello con el asesinato del teniente Ronald Ojeda en Chile, calificó el caso como uno de los mayores lavados de dinero detectados en el país.

Según los antecedentes conocidos, el dinero provenía de delitos graves: extorsiones, contrabando, tráfico de drogas, explotación sexual, secuestros y otras actividades asociadas al Tren de Aragua. La investigación apunta a que parte de esos fondos salían de Chile hacia otros países, incluso mediante empresas de criptomonedas y sociedades que funcionaban como vehículos para ingresar dinero ilícito al sistema formal.

La organización no operaba como una banda callejera. Operaba como una empresa criminal transnacional. Tenía recaudación, operadores financieros, contactos bancarios, sociedades instrumentales, uso de criptoactivos y capacidad para mover millones fuera del país. Entre los detenidos apareció incluso un ejecutivo bancario, investigado por facilitar cuentas y operaciones para el traslado de fondos.

El Tren de Aragua nació en Venezuela, se expandió desde estructuras carcelarias y terminó instalado en varios países de la región. En Chile, las autoridades lo han vinculado, tal y como señalamos, con homicidios, secuestros, trata de personas, extorsiones y con el crimen del exteniente venezolano Ronald Ojeda.

A ese cuadro se suma ahora la muerte de Héctor Rusthenford Guerrero Flores, alias “Niño Guerrero”, máximo jefe del Tren de Aragua, anunciada por Donald Trump tras una operación militar de Estados Unidos en Venezuela, coordinada con autoridades venezolanas.

Su muerte golpea el vértice de la organización, pero no desmonta por sí sola sus operadores, sus rutas, sus recaudadores ni su estructura financiera. El Tren de Aragua no dependía solo de un jefe. Dependía de una red. Y esa red, como acaba de mostrar la Operación Tokio, también funcionaba con dinero, empresas, bancos, criptomonedas y contactos.

En todo el circuito investigativo aparece Diosdado Cabello. La fiscalía chilena ha señalado públicamente que existen antecedentes que apuntan hacia él en el caso del exteniente venezolano, y el Tren de Aragua en encargado de ejecutar la orden que vino desde Caracas.

Además, el expediente norteamericano contra Nicolás Maduro y otros jerarcas venezolanos menciona a Diosdado Cabello y al “Niño Guerrero”, líder del Tren de Aragua, dentro de una acusación sobre narcotráfico, armas y cooperación con organizaciones criminales.

La Operación Tokio muestra que el Tren de Aragua no se combate solo con controles de identidad ni discursos electorales. Porque si más de $78 mil millones de pesos chilenos pudieron salir de Chile, el problema no fue únicamente la banda. También fallaron filtros, alertas, bancos, controles y sistemas de prevención.

 Chile descubrió el dinero. Estados Unidos anuncia la muerte del jefe máximo. Ahora falta lo esencial: perseguir a quienes protegieron, financiaron y permitieron que la banda criminal más peligrosa del hemisferio creciera bajo el amparo del poder venezolano. El “Niño Guerrero” cayó. La red que lo hizo posible sigue pendiente.

El peligro de convertir a un extranjero en todos los extranjeros

NOTIAMERICA ARTICULO

Durante dos noches, grupos violentos salieron a las calles. Incendiaron vehículos, atacaron viviendas, enfrentaron a la policía y dirigieron su rabia contra comunidades migrantes. La acusación contra una persona terminó convertida en sospecha contra todos los extranjeros.

Un delito individual no puede transformarse en una condena colectiva. Si un extranjero mata, viola, roba o agrede, debe ser detenido, juzgado y sancionado, igual que a cualquier delincuente.

Pero de allí no se puede pasar a quemar casas, perseguir familias, atacar comercios o convertir a todo migrante en enemigo público. Eso no es justicia. Es barbarie.

La criminalización del extranjero empieza siempre con una frase aparentemente simple: “todos son iguales”. Luego viene la sospecha general, después la persecución administrativa, más tarde la violencia social y finalmente la ruptura del Estado de Derecho.

La rabia legítima frente a un crimen brutal fue utilizada para encender una violencia contra personas que no habían cometido delito alguno. Familias enteras fueron amenazadas no por lo que hicieron, sino por su origen, su color de piel, su acento o su condición migratoria.

Chile y América Latina deben aprender de ese espejo. La seguridad pública es una obligación del Estado. El crimen organizado debe ser perseguido. Las bandas extranjeras deben ser desarticuladas. Las expulsiones deben aplicarse cuando correspondan. Pero nada de eso autoriza a convertir al migrante común en sospechoso permanente.

Cuando una sociedad pierde esa diferencia, la justicia deja de mirar hechos y comienza a mirar rostros. Ya no importa quién cometió el delito. Importa de dónde viene, cómo habla, cómo se viste o qué documento tiene.

Belfast no demuestra que los extranjeros sean peligrosos. Demuestra lo peligroso que puede ser un país cuando deja que el miedo reemplace a la justicia.

El delito tiene autor. La responsabilidad penal es personal. La nacionalidad no es una condena.

El acuerdo con Delcy es inconstitucional: el 3 de julio cae el artificio en Venezuela.

Delcy Rodríguez no podía nacer legítima de una vicepresidencia ilegítima. No podía convertirse en presidenta encargada por una sentencia que torció los artículos 233 y 234. No podía ser continuidad constitucional de un poder que ya había roto la Constitución.

Por Braulio Jatar Alonso (ETL)

La sentencia de la Sala Constitucional que ordenó a Delcy Rodríguez asumir la Presidencia encargada no es una sentencia. Es un ardid político vestido de toga. Un movimiento preparado para darle apariencia jurídica a una operación que ya venía cocinada antes del 3 de enero de 2026.

La Sala Constitucional, vinculada al oficialismo, ordenó a Delcy Rodríguez asumir y ejercer “en condición de encargada” las atribuciones de la Presidencia, bajo el argumento del secuestro del presidente usurpador Nicolás Maduro. Ese tribunal no resolvió un problema constitucional. Construyó una salida política.

La sentencia pretende crear una vacante que no existe. La Constitución venezolana regula las faltas presidenciales en los artículos 233 y 234. Son faltas absolutas o temporales. No hay una tercera categoría.

El artículo 233 enumera las faltas absolutas: muerte, renuncia, destitución decretada por sentencia del Tribunal Supremo de Justicia, incapacidad física o mental permanente, abandono del cargo declarado por la Asamblea Nacional o revocatoria popular.

El artículo 234 regula las faltas temporales. En ese caso, el vicepresidente ejecutivo puede suplir al Presidente hasta por noventa días, prorrogables por decisión de la Asamblea Nacional hasta por noventa días más.

Ese plazo tiene fecha. Si la ausencia comenzó el 3 de enero, los primeros noventa días se cumplieron el 3 de abril. La eventual prórroga de otros noventa días deja al 3 de julio como el punto constitucional de quiebre.

A partir de allí, la encargaduría deja de tener incluso la débil excusa formal que usaron para imponerla.

La Sala se inventó otra figura. No la llamó así, pero la produjo: una ausencia forzada, política, indefinida, administrada por el propio aparato de poder.

Si Maduro estaba secuestrado, como dijo el oficialismo, no había falta absoluta. Si se trataba de una falta temporal, tenía límite. Noventa días. Eventualmente noventa días más. Lo que hicieron fue convertir esa temporalidad en una encargaduría política sin control real.

Delcy quedaba al frente hasta que la estructura que la puso desde afuera y dentro de Venezuela decidiera otra cosa.

No fue una transición constitucional. Fue una sustitución pactada dentro del mismo poder con fuerzas extranjeras. Sacaron al jefe visible del régimen y dejaron a la administradora del mismo sistema.

Si Maduro era ilegítimo, Delcy también lo era. El principio jurídico es simple: lo accesorio sigue la suerte de lo principal. Y el fruto del árbol envenenado también queda contaminado. Los que mueven los hilos desde del extranjero lo saben.

Delcy Rodríguez no podía nacer legítima de una vicepresidencia ilegítima. No podía convertirse en presidenta encargada por una sentencia que torció los artículos 233 y 234. No podía ser continuidad constitucional de un poder que ya había roto la Constitución.

Lo que hicieron fue darle vida política a lo nonato. Inventaron una falta presidencial que no existe. Usaron una sentencia para fabricar una encargaduría sin base constitucional suficiente. Y presentaron como estabilidad lo que en realidad era continuidad del mismo aparato represivo, ilegal, inconstitucional y arbitrario.

El 3 de julio vence el artificio constitucional. Ese día ya no bastará decir que Delcy está encargada. Habrá que reconocer lo que siempre fue: una presidencia impuesta, sin origen legítimo, sin límite real y sin mandato popular.

Delcy Rodríguez en la Presidencia es inconstitucional,

Quien no lo quiera ver sufre el síndrome de Antón: está ciego, pero no quiere reconocerlo o el cinismo se ocupa de su disonancia cognitiva.

EL LARGO PUENTE DORADO QUE RUBIO CONSTRUYE A DELCY RODRÍGUEZ

EL LARGO PUENTE DORADO QUE RUBIO CONSTRUYE A DELCY RODRIGUEZ FOTO

En diplomacia, un “puente dorado” es la salida que se le ofrece al adversario para que pueda retroceder sin aparecer derrotado. No es generosidad. Es cálculo. Se le permite abandonar una posición extrema, conservar una parte del poder y vender su retirada como una victoria.

Eso parece estar ocurriendo con Delcy Rodríguez.

Marco Rubio no necesita presentarla como demócrata. Tampoco necesita limpiar su historia dentro del chavismo. Le basta convertirla en interlocutora útil para administrar una transición controlada después de Maduro, evitar una ruptura total del aparato de poder y mantener bajo control los intereses de Estados Unidos en Venezuela.

Después de la captura de Nicolás Maduro, Rubio dijo que Washington estaba dispuesto a trabajar con los nuevos líderes venezolanos si tomaban “la decisión correcta”. Esa frase no fue inocente. No reconocía legitimidad democrática, pero abría una puerta política. En los hechos, colocaba a Delcy Rodríguez dentro del mapa de negociación de Estados Unidos.

La operación también produjo ruido en Washington. Las senadoras Jeanne Shaheen y Elizabeth Warren pidieron explicaciones a Rubio y al secretario del Tesoro por el alivio de sanciones a Delcy Rodríguez, recordando su papel dentro del régimen venezolano y en la represión. Esa carta muestra que hay sectores en Estados Unidos que entienden el riesgo: una salida negociada puede terminar salvando políticamente a una figura central del madurismo.

El problema para Venezuela no es que exista negociación. El problema es que esa negociación pretenda sustituir la voluntad popular. Delcy Rodríguez no llegó al poder por una elección libre. Viene del mismo sistema que destruyó la institucionalidad, persiguió opositores, cerró espacios democráticos y convirtió al Estado en aparato de dominación.

Un puente dorado puede servir para desmontar una dictadura. También puede servir para reciclarla. Si Delcy cruza ese puente sin voto, sin Constitución efectiva y sin rendición de cuentas, no habrá transición democrática. Habrá transferencia pactada de poder.

Rubio puede construir el puente. Delcy puede cruzarlo. Pero la legitimidad venezolana no la otorga Washington. La decide el pueblo venezolano.

EL LARGO PUENTE DORADO QUE RUBIO CONSTRUYE A DELCY RODRÍGUEZ

En diplomacia, un “puente dorado” es la salida que se le ofrece al adversario para que pueda retroceder sin aparecer derrotado. No es generosidad. Es cálculo. Se le permite abandonar una posición extrema, conservar una parte del poder y vender su retirada como una victoria.

Eso parece estar ocurriendo con Delcy Rodríguez.

Marco Rubio no necesita presentarla como demócrata. Tampoco necesita limpiar su historia dentro del chavismo. Le basta convertirla en interlocutora útil para administrar una transición controlada después de Maduro, evitar una ruptura total del aparato de poder y mantener bajo control los intereses de Estados Unidos en Venezuela.

Después de la captura de Nicolás Maduro, Rubio dijo que Washington estaba dispuesto a trabajar con los nuevos líderes venezolanos si tomaban “la decisión correcta”. Esa frase no fue inocente. No reconocía legitimidad democrática, pero abría una puerta política. En los hechos, colocaba a Delcy Rodríguez dentro del mapa de negociación de Estados Unidos.

La operación también produjo ruido en Washington. Las senadoras Jeanne Shaheen y Elizabeth Warren pidieron explicaciones a Rubio y al secretario del Tesoro por el alivio de sanciones a Delcy Rodríguez, recordando su papel dentro del régimen venezolano y en la represión. Esa carta muestra que hay sectores en Estados Unidos que entienden el riesgo: una salida negociada puede terminar salvando políticamente a una figura central del madurismo.

El problema para Venezuela no es que exista negociación. El problema es que esa negociación pretenda sustituir la voluntad popular. Delcy Rodríguez no llegó al poder por una elección libre. Viene del mismo sistema que destruyó la institucionalidad, persiguió opositores, cerró espacios democráticos y convirtió al Estado en aparato de dominación.

Un puente dorado puede servir para desmontar una dictadura. También puede servir para reciclarla. Si Delcy cruza ese puente sin voto, sin Constitución efectiva y sin rendición de cuentas, no habrá transición democrática. Habrá transferencia pactada de poder.

Rubio puede construir el puente. Delcy puede cruzarlo. Pero la legitimidad venezolana no la otorga Washington. La decide el pueblo venezolano.

Vuelven a Venezuela: ¿a cambiar el poder o a convalidarlo?

vuelven a VENEZUELA

Vuelven a Venezuela: ¿a cambiar el poder o a convalidarlo?

Por: Braulio Jatar Alonso

En Venezuela empiezan a regresar algunos disidentes. Pero no vuelven juntos, no vuelven con una hoja de ruta, no vuelven con un programa nacional y no vuelven alrededor de una fecha electoral clara.

Vuelven a cuentagotas, cada quien por su cuenta, en medio de un país donde todavía no hay cronograma electoral confiable, ni calendario público, ni reglas claras para saber cuándo y cómo el pueblo podrá decidir.

La disidencia, en la historia, no vuelve al vacío. Vuelve cuando hay una elección, cuando hay una negociación seria o cuando el poder necesita mostrar una apertura controlada. Si no hay fecha, si no hay garantías y si no hay programa común, la pregunta es inevitable: ¿vuelven para cambiar el poder o vuelven porque el poder les abrió una puerta bajo condiciones que todavía no conocemos?

Lo que ocurre con Estados Unidos también debe leerse con cuidado. La administración Trump ha dado señales de acercamiento práctico a Delcy Rodríguez. Reportes recientes señalan que Washington ordenó frenar investigaciones contra ella y que el trato hacia su figura cambió en función de estabilidad, petróleo y recomposición de relaciones.

En ese contexto, el regreso disperso de disidentes no necesariamente anuncia una transición. Puede anunciar una normalización. Y normalizar no es democratizar.

No se trata de acusar a todo el que regresa. Muchos pueden volver por razones humanas, familiares, políticas o personales. El exilio cansa. La distancia desgasta. Nadie tiene derecho a exigir heroísmo eterno a quien ha pagado costos reales.  

La pregunta política es otra: ¿con qué mandato vuelven?, ¿a quién representan?, ¿qué condiciones exigieron?, ¿qué garantías tienen?, ¿cuál es el calendario?, ¿cuál es el plan?

Porque una disidencia que vuelve sin programa puede terminar siendo usada como decoración de apertura. Una oposición que regresa sin unidad puede terminar validando un arreglo donde otros ya decidieron el futuro. Y un país que confunde permiso con libertad corre el riesgo de celebrar una transición que todavía no existe.

Venezuela no necesita fotos de retorno. Necesita reglas. No necesita regresos simbólicos. Necesita fecha electoral, garantías, presos liberados, instituciones recuperadas y voto real.

Vuelven a Venezuela. La pregunta es si vuelven a cambiar el poder o a convalidarlo.

Derechos Humanos, Qatar, Fútbol y el plan de EE.UU. para Venezuela: cuando la democracia queda para la final

Esa historia vuelve a tener sentido cuando se mira a Venezuela. No porque Qatar sea igual a Venezuela, sino porque Qatar también aparece ahora como lugar de conversaciones políticas sobre nuestro país.

Derechos Humanos, Qatar, Fútbol y el plan de EE.UU. para Venezuela: cuando la democracia queda para la final

Braulio Jatar (NotiAmerica)

El Mundial de Qatar 2022 dejó una imagen incómoda para el mundo. Mientras la pelota rodaba, también se hablaba de trabajadores migrantes, abusos laborales, muertes no aclaradas, salarios retenidos y condiciones de vida indignas.

Qatar fue señalado durante años por organizaciones internacionales por el trato dado a trabajadores extranjeros que levantaron buena parte de la infraestructura del Mundial. La FIFA defendió el torneo, los gobiernos miraron de lado y las grandes marcas siguieron adelante. Esa historia vuelve a tener sentido cuando se mira a Venezuela. No porque Qatar sea igual a Venezuela, sino porque Qatar también aparece ahora como lugar de conversaciones políticas sobre nuestro país.

Según reportes periodísticos, representantes de Estados Unidos y Delcy Rodríguez se reunieron en Qatar desde el 2024, con la mediación de ese país, para explorar una salida al problema venezolano. No se trata de comparar el Mundial con la política. Es entender que el mismo país cuestionado por derechos humanos en el fútbol terminó sirviendo como sala reservada para discutir el futuro de Venezuela.

A Venezuela le hablan de estabilidad como si los venezolanos no supiéramos lo que significa vivir en desorden. Claro que el país necesita orden, inversión, petróleo produciendo, servicios funcionando y una economía que deje de castigar a la gente. Pero nada de eso puede ponerse por encima del derecho de los ciudadanos a escoger libremente su destino.

Lo peligroso es que esa fórmula se parezca demasiado a los valores de otros gobiernos: primero el negocio, luego la gobernabilidad, y al final la libertad.  Este no puede ser el proyecto de una nación que ha pagado con cárcel, exilio, hambre y muertos su deseo de vivir en democracia.

Venezuela necesita reconstrucción, sí. Necesita estabilidad, también. Pero necesita primero respeto a la voluntad popular. Porque cuando la democracia queda para el final, casi siempre el final ya fue escrito por otros.