Opiniones

No preguntemos qué hará Trump por Venezuela; preguntémonos qué haremos los venezolanos por nuestro país

enezuela tiene derecho a democracia, instituciones libres, alternancia, justicia independiente, prensa sin miedo y ciudadanos que puedan vivir sin persecución ni exilio

No preguntemos qué hará Trump por Venezuela; preguntémonos qué haremos los venezolanos por nuestro país

Por Braulio Jatar Alonso

Donald Trump volvió a decir sobre Venezuela una frase que, más que indignación, debería invitarnos a pensar con serenidad política: “tenemos una gran relación con ese país y con las personas que dirigen el país”. No es un comentario aislado. Desde el 3 de enero viene dejando ver una misma línea: para Washington, Venezuela también es un asunto de intereses, equilibrios y prioridades.

Eso no debe sorprendernos. Las grandes potencias actúan casi siempre desde sus propios cálculos. Estados Unidos no es la excepción. Su política exterior combina valores, seguridad, economía, migración, energía y estrategia regional. Por eso, los venezolanos debemos leer esas señales sin ingenuidad, pero también sin resentimiento ni desesperanza.

La causa democrática venezolana necesita aliados internacionales. Los ha tenido y los seguirá necesitando. Ningún país que enfrenta una crisis tan profunda puede aislarse del mundo ni despreciar apoyos externos. Pero una cosa es valorar esos apoyos y otra muy distinta es entregarles la conducción emocional y política de nuestro destino.

Venezuela tiene derecho a democracia, instituciones libres, alternancia, justicia independiente, prensa sin miedo y ciudadanos que puedan vivir sin persecución ni exilio. Cuba también tiene derecho a lo mismo. No se trata de imponer modelos ajenos, sino de recordar que la libertad, la dignidad humana y el respeto al individuo no deberían depender del lugar donde uno nace.

Los valores que han hecho grande a Estados Unidos —la libertad, el mérito, la ley, la iniciativa individual y la defensa de la democracia— también son aspiraciones legítimas para nuestros pueblos. Por eso, cuando una voz influyente en Washington parece normalizar una relación amable con quienes hoy gobiernan Venezuela, es razonable que muchos venezolanos sientan preocupación.

Pero esa preocupación debe convertirse en estrategia, no en rabia. Debe ayudarnos a madurar políticamente. John F. Kennedy, otro expresidente de Estados Unidos, dejó una frase que atravesó generaciones: “No preguntes qué puede hacer tu país por ti; pregunta qué puedes hacer tú por tu país”. Parafraseada para nuestro drama nacional, la idea sería esta: no preguntemos solamente qué hará Trump por Venezuela; preguntémonos también qué haremos los venezolanos por nuestro país.

Cambiar el libreto no significa rechazar a Estados Unidos ni negar la importancia de la comunidad internacional. Significa comprender que los apoyos externos son valiosos cuando acompañan una causa nacional clara, no cuando sustituyen la responsabilidad de quienes la protagonizan.

Venezuela necesita aliados, sí. Pero también necesita voz propia. Necesita una dirigencia capaz de hablarle al mundo sin complejos y de recordarle, con respeto y firmeza, que la democracia venezolana no es una ficha secundaria en una negociación regional.

No se trata de cerrar puertas. Se trata de abrir los ojos. Venezuela debe relacionarse con el mundo, buscar apoyos y construir alianzas. Pero su libertad, su dignidad y su futuro tienen que seguir teniendo un centro irrenunciable: los venezolanos.

Boric y Kast empujan al inmigrante contra la pared

Boric y Kast empujan al inmigrante contra la pared

Boric y Kast empujan al inmigrante contra la pared

Boric no pudo superar su cobardía política y, después de empadronar a unos trescientos mil inmigrantes, los dejó igualmente irregulares, traicionando así su compromiso con los derechos humanos. Hizo que cumplieran con las exigencias del Estado chileno, los registró, los expuso y, al final, los abandonó en la misma incertidumbre de la que supuestamente iban a salir.

Por su parte, Kast, hoy presidente, impuso desde su campaña un lenguaje de matonaje orientado a intimidar y amenazar a esos mismos inmigrantes. No se trata de personas que hayan vivido al margen de todo, sino de personas que siguieron las reglas que el propio Estado les fue imponiendo y que, aun así, terminaron igualmente traicionadas.

Ahora se pretende que se vayan hacia un destino incierto, en medio de una salida plagada de dificultades, obstáculos y desprotección. No solo se les empuja fuera del país sin una solución real, sino que además se les expone a perder lo poco o mucho que hayan logrado construir, incluyendo sus bienes, su estabilidad y el fruto de años de esfuerzo.

Entre esas pérdidas están también los fondos que muchos aportaron obligatoriamente a las AFP en Chile. Es decir, no solo se les dejó en la irregularidad después de haber confiado en el Estado, sino que ahora también se les pretende despojar de recursos que forman parte de su patrimonio y de su trabajo. Se les exige salir, pero sin garantías, sin justicia y sin una vía razonable para recuperar lo que les pertenece.

Lo más grave es que todo esto empuja a muchas personas hacia un callejón sin salida. Cuando alguien es dejado en la irregularidad, se le amenaza, se le cierran los caminos del trabajo y además se le obliga a enfrentar una expulsión materialmente inviable, lo que se está haciendo es sembrar desesperación. Y cuando la política siembra desesperación, después no puede fingir sorpresa frente a las consecuencias.

Aquí no hay firmeza. Aquí hay traición, cobardía y abuso. Boric los empadronó y los dejó atrás. Kast los amenaza y pretende arrojarlos fuera del país, como si se tratara de una carga prescindible y no de seres humanos que ya habían depositado su confianza en el aparato estatal chileno.

El resultado de esa combinación es profundamente irresponsable. Primero se les hizo creer que había un camino. Después se les dejó atrapados en la irregularidad. Y ahora se les quiere empujar a una salida incierta, despojándolos incluso de bienes y fondos que son suyos. Eso no resuelve el problema migratorio. Eso lo agrava, lo envilece y lo convierte en una política de persecución contra personas que ya habían sido suficientemente golpeadas por la precariedad y el desarraigo.

Estudio revela que los venezolanos no volverán a cualquier precio

Basado en el informe del Observatorio de la Diáspora Venezolana, abril de 2026.

Estudio revela que los venezolanos no volverán a cualquier precio

Un estudio reciente del Observatorio de la Diáspora Venezolana vuelve a poner orden en un debate que muchas veces se contamina con propaganda, voluntarismo o simple desconocimiento. La investigación, aplicada a 1.266 venezolanos residentes en el exterior entre el 3 de febrero y el 3 de marzo de 2026, muestra que la diáspora no ha renunciado a su país, pero tampoco está dispuesta a regresar bajo cualquier circunstancia.

Estudio revela que los venezolanos no volverán a cualquier precio

Un estudio reciente del Observatorio de la Diáspora Venezolana vuelve a poner orden en un debate que muchas veces se contamina con propaganda, voluntarismo o simple desconocimiento. La investigación, aplicada a 1.266 venezolanos residentes en el exterior entre el 3 de febrero y el 3 de marzo de 2026, muestra que la diáspora no ha renunciado a su país, pero tampoco está dispuesta a regresar bajo cualquier circunstancia.

Ese es el dato político central. El 44,7% de los encuestados afirma que consideraría regresar si mejoran las condiciones del país, mientras 23,7% prefiere permanecer fuera de Venezuela. A eso se suma otro dato relevante: 12% señala que planea regresar en el corto plazo y 9,7% dice que desea volver, aunque no de inmediato. La conclusión es clara: la idea del retorno existe, pero está condicionada por la realidad.

El propio estudio identifica cuáles son esas condiciones. Seguridad, empleo, vivienda, servicios públicos y estabilidad aparecen entre los factores decisivos para pensar en el regreso. No se trata de un impulso sentimental. La diáspora no está diciendo que no quiere volver. Está diciendo que no volverá a un país inviable.

Hay otro grupo de cifras que merece atención. Tres de cada cuatro encuestados cuentan con residencia permanente o ciudadanía en sus países de acogida. Más de 80% califica su calidad de vida como buena o muy buena y 64,6% considera que su situación laboral es estable o muy estable. Estamos, por tanto, ante una diáspora que en buena medida ha logrado asentarse y reorganizar su vida fuera de Venezuela.

Pero rehacer la vida no significa cortar con el país. El estudio muestra que 84,6% mantiene familiares en Venezuela y que casi seis de cada diez envían remesas. Esa cifra desmiente cualquier lectura superficial sobre una supuesta desconexión. La diáspora sigue atada al país, no solo por razones afectivas, sino también por responsabilidades concretas.

El perfil de la muestra también dice mucho. Cerca de 66% tiene educación universitaria completa o estudios de posgrado. Además, los grupos entre 50 y 69 años concentran casi la mitad de los encuestados. No estamos frente a una diáspora improvisada ni políticamente indiferente, sino ante una población con formación, experiencia y capacidad de evaluar con realismo lo que significaría regresar.

Otro dato importante es geográfico. La muestra se concentra principalmente en América Latina y el Caribe, con 37,2%, seguida por España con 29%, Estados Unidos y Canadá con 17,2%, y otros países europeos con 15,2%. Eso confirma que la diáspora venezolana está ampliamente distribuida, pero sigue observando a Venezuela desde múltiples puntos del mapa.

Lo que este estudio revela, en definitiva, es que el retorno no será automático ni emocional. Venezuela no recuperará a millones de sus hijos con consignas. Los recuperará cuando vuelva a ser un país viable.

Basado en el informe del Observatorio de la Diáspora Venezolana, abril de 2026.

María Corina Machado conquista España: Trump y Rubio permitan abrir las puertas a la democracia en Venezuela

MARIA CORINA MACHADO EN ESPANA

María Corina Machado conquista España: Trump y Rubio permitan abrir las puertas a la democracia en Venezuela

Por Braulio Jatar (NotiAmerica)

Tal como sucedió en Chile, María Corina Machado volvió a demostrar en España que su liderazgo no depende de aparatos, de cargos ni de componendas. Este 18 de abril, Madrid se rindió ante el poder moral de Machado con una concentración en la Puerta del Sol que reunió a miles de venezolanos decididos a expresarle, una vez más, su respaldo.

Eso mismo ya había ocurrido en Santiago. Invitada a la toma de posesión del presidente José Antonio Kast, Machado no solo participó en los actos oficiales. También salió al encuentro de la comunidad venezolana, y la respuesta fue masiva. Distintos reportes situaron la asistencia en torno a las 16 mil personas en el sector de Paseo Bulnes y Parque Almagro.

Madrid volvió a mostrar lo que Santiago ya había dicho. Cuando los venezolanos pueden expresarse libremente, el respaldo se vuelca hacia María Corina Machado. La concentración de este 18 de abril en España vuelve a dejar en evidencia una fuerza de convocatoria que hace palidecer a muchos políticos, incluso en el propio Estados Unidos, y que Delcy Rodríguez jamás tendría, ni siquiera en los alrededores del palacio que usurpan desde hace más de una década.

Los venezolanos y venezolanas están dispuestos a volver a su patria, pero bajo una auténtica democracia y no bajo la conducción de una tiranía tutelada desde Estados Unidos por Donald Trump y Marco Rubio. Ese camino no termina de convencer ni a los grandes inversionistas ni, mucho menos, a los más humildes de los venezolanos. El plan de Rubio ha fracasado. Lo advertimos desde el comienzo: todo acuerdo con personas, entidades o grupos que no tengan un páramo moral tiene garantizada su condena al fracaso.

Las demostraciones en Santiago, en Madrid y las que se van a producir en Venezuela al regreso de María Corina tienen un mensaje claro: Trump y Rubio deben, de una vez por todas, abrir las puertas a la democracia en Venezuela. Cada día que retrasa la historia patria con un plan diseñado por burócratas que poco o nada conocen del sentimiento nacional solo permitirá que la historia los juzgue con severidad.

Madrid y Santiago son la antesala de un grito nacional y universal. Un grito que, en una sola voz, se oirá con fuerza creciente dentro y fuera de Venezuela: Rubio y Trump deben demoler la muralla, o el muro, que impide a los venezolanos tener una democracia digna de su esfuerzo.

Chile: el estallido social parece seguir pendiente

EL ESTALLIDO NO TERMINO SIGUE PENDIENTE

Chile: el estallido social parece seguir pendiente

Por Braulio Jatar Alonso — El Tiempo Latino

Una ministra rociada con agua, empujada, cercada por estudiantes universitarios en pleno campus de Valdivia. La ministra de Ciencias Ximena Lincolao vivió una tensa y caótica salida desde la Universidad Austral de Chile, donde fue agredida verbal y físicamente por estudiantes en medio de una manifestación. Pánico es lo que sintió la primera autoridad de la ciencia en Chile.

Condenar la agresión es necesario. Pero quedarse solo en eso es una desviación intelectual. Porque lo que ocurrió en Valdivia no es un incidente aislado: es el síntoma de una fractura que la sociedad chilena ha acumulado por décadas y que, en octubre de 2019 produjo su primer gran dolor existencial.

Los estudiantes de la UACh publicaron un comunicado que merece leerse para entender que Chile está atrapado entre un pasado que no procesó y un futuro que no termina de nacer. Dicen que “son hijos del pueblo de Chile, que llegaron a la universidad gracias a la gratuidad, y que defenderán los derechos sociales conquistados por los movimientos sociales”. Dicen también algo más amenazante: que “la falta de gobernabilidad del Gobierno, su indolencia y su desconocimiento de la realidad chilena han generado que aumente el costo de vida y se coarten las posibilidades de desarrollo académico”.

El rector de la UACh, Egon Montecinos, fue categórico: “Nadie se merece eso en ningún momento de nuestra historia política. La democracia tiene canales para viabilizar las diferencias.” Y tiene razón. Pero esos canales llevan años obstruidos por líderes que prefieren atizar las diferencias, alimentar la polarización y ahora agregar la hoguera de la xenofobia contra los inmigrantes, produciendo graves iniquidades.

Días después, la misma universidad debió suspender clases por una amenaza anónima hallada en el campus que decía: “No vengas hoy. Él matará a todos.” El episodio ya no es político: es la radiografía de una sociedad que ha normalizado la violencia como lenguaje.

El gobierno del Presidente Kast puede presentar querellas, identificar líderes, retirar becas. La ministra Sedini calificó lo ocurrido como una “encerrona violenta” y el Ejecutivo anunció indicaciones para sancionar a estudiantes violentistas. Todo eso es legítimo. Pero ninguna querella apaga el fuego si las causas del incendio siguen intactas.

Chile tiene una deuda pendiente consigo mismo. No la resolvió en el plebiscito, no la resolvió con la nueva Constitución que nunca llegó, no la resolverá tampoco con mano dura. La violencia en Valdivia no nació en la Universidad Austral. Nació mucho antes, en una fractura política, ideológica y social que los gobiernos de todos los colores han administrado, pero ninguno ha resuelto.

El estallido social sigue pendiente. Y esta vez, nadie puede decir que no lo veía venir.

Braulio Jatar Alonso es abogado, editor, director de Reporte Confidencial y autor. Presidente de ILC Consultores Chile/Venezuela. Fue detenido por el régimen de Maduro entre 2016 y 2021. Escribe para El Tiempo Latino (Washington D.C.), NotiAmerica, y es entrevistado frecuente en varios medios.

Los aliados de China en alerta cibernética: bastó un solo hombre

CHINA ATAQUE CIBERNETICO

Los aliados de China en alerta cibernética: bastó un solo hombre

Por Braulio Jatar Alonso  (NotiAmerica)

Un hacker. Un solo hombre —o mujer, nadie lo sabe con certeza— que operó bajo el alias FlamingChina. Seis meses de paciencia quirúrgica. Y el resultado: 10 petabytes de los secretos militares más íntimos de China robados sin que nadie en Pekín se diera cuenta. La muralla china tiene grietas. Y ellos lo saben.

El objetivo fue el Centro Nacional de Supercomputación de Tianjin, la columna vertebral digital del poder militar chino. Desde allí se gestionan simulaciones de misiles, diseños aeroespaciales clasificados y tecnología de defensa de más de 6.000 instituciones. Un solo dominio VPN comprometido fue la puerta de entrada. Lo demás fue silencio, método y devastación.

Mientras eso ocurría, el mundo autocrático que apuesta su supervivencia al escudo chino comenzaba también a desmoronarse. El 3 de enero de 2026, Nicolás Maduro —el hombre que durante dos décadas se proclamó el muro de contención del imperialismo— fue capturado por fuerzas especiales estadounidenses en Caracas y trasladado a una celda del Metropolitan Detention Center en Brooklyn. Del Palacio de Miraflores a compartir edificio con Diddy y El Chapo. La caída no pudo ser más simbólica.

El 28 de febrero, le tocó a Irán. Estados Unidos e Israel lanzaron la Operación Epic Fury: casi 900 ataques en 12 horas que liquidaron al Líder Supremo Jamenei y desmantelaron décadas de infraestructura militar. El régimen que compartió tecnología de drones con Rusia, que financió a Hezbollah y los Houthis, que se creyó protegido por el eje Pekín-Moscú, recibió el golpe más devastador de su historia. El paraguas no aguantó.

Nicaragua y Cuba observan. Ortega, Murillo y la gerontocracia habanera ven caer a sus pares uno a uno. Su modelo de sobrevivencia —aferrarse a protectores externos mientras reprimen a su propio pueblo— enfrenta hoy su prueba más dura. Porque si China no pudo proteger sus propios secretos militares durante seis meses, ¿qué garantía real ofrece a sus aliados menores en Managua o La Habana?

Esa es la herida abierta que nadie en Pekín quiere nombrar. Un hacker sin ejército, sin Estado y sin bandera penetró la fortaleza digital más importante de la segunda potencia mundial. Lo hizo con paciencia, con inteligencia y con una VPN. Y se fue con los planos del poder.

Para los regímenes latinoamericanos que apostaron su futuro a ese escudo: el coloso tiene pies de barro digital. Y ya no pueden decir que no lo sabían.

Braulio Jatar Alonso es abogado, editor, director de Reporte Confidencial y autor. Presidente de ILC Consultores Chile/ Venezuela. Fue detenido por el régimen de Maduro entre 2016 y 2021. Escribe para El Tiempo Latino (Washington D.C., NotiAmerica, ) y es entrevistado frecuente en varios medios.

Delcy la quema de Judas en Rusia

Cuando Alexander Dugin escribió en X que Delcy Rodríguez era “the worst person ever” y “the female Judas”, no lanzó solo una ofensa personal.

Delcy la quema de Judas en Rusia

Braulio Jatar Alonso (NotiAmerica)


Cuando Alexander Dugin escribió en X que Delcy Rodríguez era “the worst person ever” y “the female Judas”, no lanzó solo una ofensa personal. Dictó una condena política. Y el repost que acompaña ese mensaje es todavía más directo: presenta a Delcy como la mujer que habría traicionado a Nicolás Maduro.


Dugin no es vocero oficial del Kremlin ni existe evidencia pública de que hable en nombre de Putin. Reuters lo describe como un ideólogo ultranacionalista ruso, sin vínculos oficiales con el Kremlin, cuya influencia real sobre Putin ha sido largamente debatida. Es decir, su voz importa, pero no equivale automáticamente a la voz del Estado ruso.


Pero también sería ingenuo tratarlo como una excentricidad irrelevante. Dugin suele expresar, en clave brutal e ideológica, pulsiones del nacionalismo ruso que ven la política exterior como un mapa de lealtades, traiciones y zonas de influencia. En ese lenguaje, llamar “Judas” a Delcy no es un simple insulto: es acusarla de haber entregado una plaza geopolítica.


Tras la captura de Maduro, Rusia respaldó públicamente a Delcy Rodríguez como presidenta interina y presentó ese relevo como una fórmula para preservar la estabilidad y la soberanía de Venezuela. Reuters añadió entonces un detalle revelador: Putin no comentó personalmente la salida de Maduro. El Estado ruso apoyó a Delcy; Putin guardó silencio.


Delcy adoptó un tono conciliador hacia Washington y pidió colaboración al gobierno estadounidense. Luego Caracas y Washington avanzaron hacia el restablecimiento de vínculos diplomáticos, mientras su gobierno empezó a proyectarse como un administrador aceptable para el capital internacional. Eso ya no suena a mera supervivencia del chavismo. Suena a reacomodo estratégico.

En un foro de inversión, Delcy ofreció “seguridad jurídica”, arbitraje internacional y reglas estables para los inversores, incluso ante futuras alternancias políticas. AP y El País retrataron esa apuesta como parte de una apertura económica para atraer inversión al sector energético y a otras áreas clave. Para un ideólogo como Dugin, eso puede parecer menos pragmatismo que rendición con modales.
No hay base seria para sostener que el post de Dugin sea la voz oficial de Putin. Pero sí hay base suficiente para interpretarlo como la reacción de un sector ideológico ruso que empieza a ver a Delcy no como continuidad, sino como traición. No a Maduro solamente, sino a la vieja arquitectura geopolítica que sostuvo al chavismo. Y cuando desde Moscú se empieza a hablar de Judas, es porque alguien siente que Venezuela cambió de eje sin cambiar todavía de rostro

Ni Alex Saab ni Maduro bailarán más… hipótesis sobre su cautiverio

Por eso, cuando nombres como Alex Saab, Raúl Gorrín o figuras del círculo duro del chavismo entran en zonas grises de información, lo que emerge no es solo un rumor: es la expresión visible de una lucha interna por la supervivencia.

Ni Alex Saab ni Maduro bailarán más… hipótesis sobre su cautiverio
Por Braulio Jatar Alonso
NotiAmerica
En los sistemas autoritarios, las desapariciones nunca son casuales. Son señales. Mensajes silenciosos dirigidos hacia adentro del poder, más que hacia afuera. Por eso, cuando nombres como Alex Saab, Raúl Gorrín o figuras del círculo duro del chavismo entran en zonas grises de información, lo que emerge no es solo un rumor: es la expresión visible de una lucha interna por la supervivencia.
Alex Nain Saab Morán — algo parecido a un empresario colombiano de ascendencia libanesa y señalado durante años como operador financiero clave del chavismo— representa algo más que un personaje polémico. Representa el archivo vivo de las finanzas del poder. Desde investigaciones por lavado de dinero hasta su rol en contratos estatales, Saab ha sido descrito por autoridades estadounidenses como un engranaje central en los mecanismos económicos del régimen.
Por eso, cuando surgen reportes sobre su supuesta detención o interrogatorios tras operaciones conjuntas de inteligencia, aunque no existan confirmaciones oficiales definitivas, el verdadero foco es lo que simboliza: “el contador” siempre se vuelve peligroso cuando el imperio financiero comienza a temblar.
La historia venezolana reciente ofrece un antecedente irrebatible: Tareck El Aissami, figura poderosa que llegó a ser vicepresidente y jefe del negocio petrolero, también pasó de la omnipresencia política a una súbita opacidad pública tras escándalos de corrupción multimillonaria. En el ecosistema del chavismo, quienes manejan los libros contables del sistema no solo administran recursos; administran secretos.
Este fenómeno describe lo que he denominado el PRANATO: un modelo donde el Estado deja de operar como institución y se transforma en estructura criminal jerárquica, con dinámicas similares a las de organizaciones mafiosas. En ese entorno, las desapariciones temporales no son anomalías; son mecanismos de control interno y mas dinero.
La analogía histórica es inevitable. Al Capone no cayó únicamente por balas o conspiraciones políticas, sino por los números: los registros contables que permitieron reconstruir la estructura financiera del crimen. Hoy, en Venezuela, los operadores económicos cumplen una función equivalente. Quien controla las finanzas controla la narrativa del poder.

Reportes recientes indican que Saab y el empresario Raúl Gorrín habrían sido detenidos en Caracas en operaciones donde participarían organismos venezolanos y agentes estadounidenses, aunque abogados y voceros cercanos niegan las versiones, reflejando el nivel de opacidad que rodea estos movimientos.
Más allá de la confirmación o desmentido, lo relevante es la lógica interna: cuando un régimen enfrenta presiones externas o procesos judiciales inminentes, tiende a concentrar cerca de sí a quienes poseen la información financiera más sensible. No necesariamente para castigarlos, sino para controlarlos.
Durante la era CADIVI, centenares de operadores económicos convertidos en falso empresarios aprendieron que, el acceso a divisas preferenciales implicaba una segunda realidad: la obligación de compartir beneficios bajo amenaza. Ese sistema de coerción económica institucionalizó la extorsión como método político. Y esa cultura persiste.
Por eso, la hipótesis del cautiverio —sea formal o simbólico— no debe analizarse solo desde la óptica judicial internacional. Debe entenderse como parte de un reordenamiento interno del poder, donde los “contadores” del sistema se convierten simultáneamente en activos estratégicos y riesgos existenciales.
Lo que sí parece evidente es un cambio de tono. Aquella imagen burlona, el baile provocador, el desafío teatral frente a la administración Trump, pertenece a otra etapa. Los tiempos de la arrogancia pública suelen terminar cuando el tablero cambia y la supervivencia reemplaza al espectáculo.
Ni Alex Saab ni Maduro bailarán más.
Cuando el miedo entra en la habitación, la música se detiene.

Mr. President: ¿pueden los inversionistas confiar en quien expropió al lado de Chávez?

Mr. President: ¿pueden los inversionistas confiar en quien expropió al lado de Chávez?

Mr. President: ¿pueden los inversionistas confiar en quien expropió al lado de Chávez?

Por Braulio Jatar / El Tiempo Latino

En los medios internacionales vuelve a escucharse una palabra tentadora cuando se habla de Venezuela: inversión. Se habla de oportunidades, de reconstrucción, de capital que regresa. Pero antes de pedir confianza, Mr. President, conviene hacerse una pregunta incómoda y esencial: ¿pueden los inversionistas confiar en quienes fueron actores directos del ciclo de expropiaciones más agresivo de la historia reciente del país?

Uno de esos actores es Jorge Rodríguez. Su trayectoria no es un misterio. Hijo de Jorge Antonio Rodríguez, figura histórica de la izquierda radical venezolana, Jorge Rodríguez no  es un espectador del poder, sino parte de su núcleo duro. Fue alcalde de Caracas, luego ocupó posiciones centrales en el aparato político y hoy controla la Asamblea Nacional, siempre al lado del poder real, primero con Chávez y luego con Maduro.

Para cualquier inversionista serio, la biografía importa. Y en este caso, importa mucho. Porque hay imágenes que no se borran con discursos de apertura. En 2010, Hugo Chávez recorría Caracas señalando edificios privados, ordenando su expropiación en vivo, sin proceso previo ni indemnización clara.

No era una escena improvisada. A su lado estaba Jorge Rodríguez, identificando los inmuebles, confirmando su uso, validando la orden. Entonces venía el grito que se convirtió en método de Estado: “¡Exprópiese!”.

Ese momento no es una anécdota folclórica. Es la expresión cruda de una forma de ejercer el poder. Y el problema para el capital no es ideológico, es jurídico. La inversión no teme al cambio político; teme a la arbitrariedad. Y la arbitrariedad, cuando se normaliza, destruye cualquier noción de seguridad jurídica.

Hoy se habla de reconciliación y de reglas nuevas. Pero el contexto en el que surge ese discurso no puede ignorarse. La detención de Nicolás Maduro a comienzos de enero de 2026 alteró abruptamente el equilibrio interno del poder y obligó a sus operadores a moverse rápido.

En paralelo, el país arrastra un pesado lastre institucional. Según la ONG Foro Penal, solo entre 2014 y 2025 se registraron alrededor de 18.000 detenciones por motivos políticos. Al inicio de 2026, más de 700 personas seguían privadas de libertad por razones políticas. Ese dato no es ajeno al clima de negocios. Un sistema que usó el derecho penal como herramienta de control político difícilmente puede ofrecer, de la noche a la mañana, garantías contractuales creíbles.

Por eso la pregunta no es si Venezuela necesita inversión. La necesita con urgencia. La pregunta es si quienes hoy prometen seguridad jurídica están dispuestos a desmontar el andamiaje que permitió expropiar, confiscar y perseguir sin consecuencias. Sin memoria, no hay confianza. Sin garantías reales de no repetición, no hay inversión sostenible.

Mr. President, la confianza no se decreta. Se construye. Y en Venezuela, esa construcción pasa inevitablemente por responder una verdad incómoda: no se puede pedir fe a los inversionistas mientras los mismos nombres del “¡exprópiese!” siguen administrando el poder.

Braulio Jatar
Abogado, editor, escritor y profesor.
Activista de derechos humanos y de la causa migrante.
Ex preso político (2016–2021).

Decenas de miles de procesados por el chavismo esperan amnistía de sus verdugos

Decenas de miles de procesados por el chavismo esperan amnistía de sus verdugos

Decenas de miles de procesados por el chavismo esperan amnistía de sus verdugos

Por Braulio Jatar / NOTIAMERICA

El anuncio de una amnistía con alcance retroactivo desde 1999 reabre uno de los debates jurídicos más sensibles del constitucionalismo venezolano: ¿puede el mismo poder que diseñó y ejecutó la persecución política erigirse ahora en árbitro de su propio perdón? La pregunta no es retórica. Se apoya en cifras verificables, en obligaciones internacionales y en un contexto político excepcional.

De acuerdo con los registros sistemáticos de la ONG Foro Penal, solo entre 2014 y finales de 2025 se documentaron alrededor de 18.000 detenciones por motivos políticos.

Esta serie —la más robusta y citada por organismos internacionales— no incluye los años previos ni el universo de personas sometidas a procesos sin prisión efectiva: medidas cautelares, presentaciones periódicas, inhabilitaciones políticas o prohibiciones de salida del país.

Por ello, el número de personas procesadas por razones políticas desde 1999 se proyecta razonablemente en decenas de miles. Al último corte previo al anuncio, más de 700 personas permanecían privadas de libertad por razones políticas.

La propuesta de amnistía, formulada por Delcy Rodríguez desde el poder efectivo, pretende abarcar todo el ciclo político iniciado en 1999, es decir, el período completo del chavismo como proyecto de gobierno.

Desde una perspectiva jurídica, ello obliga a distinguir con claridad qué conductas pueden ser amnistiadas y cuáles no. La amnistía —a diferencia del indulto— extingue la acción penal respecto de hechos determinados; no declara inocencias ni implica, por sí sola, reparación integral.

Su validez constitucional exige tipicidad clara, criterios objetivos y exclusiones compatibles con el Derecho Internacional de los Derechos Humanos, especialmente frente a crímenes de lesa humanidad, que son imprescriptibles e inamnistiables.

El contexto en el que surge este anuncio es determinante. La detención de Nicolás Maduro a comienzos de enero de 2026 alteró abruptamente el equilibrio interno del poder y aceleró una reconfiguración política.

En ese escenario, los hermanos Rodríguez pasaron del discurso de confrontación a una estrategia de acomodamiento a las pautas fijadas desde Washington, particularmente bajo la administración Trump: liberaciones verificables, cierre de causas políticas y señales de apertura institucional. En ese marco, la amnistía aparece menos como un gesto espontáneo de reconciliación y más como respuesta pragmática a presiones geopolíticas externas.

Desde el prisma del bloque de constitucionalidad, el debate es ineludible. Venezuela sigue obligada por la Convención Americana sobre Derechos Humanos y por la jurisprudencia interamericana, que exige verdad, justicia, reparación y garantías de no repetición.

Una amnistía que se limite a cerrar expedientes sin mecanismos de verdad ni reparación efectiva corre el riesgo de convertirse en un instrumento de impunidad administrativa, o incluso en moneda de negociación política.

“Existe además un problema de legitimación. Cuando la persecución fue política de Estado, el perdón no puede ser auto-otorgado sin controles externos”

Un diseño normativo serio debe contemplar órganos independientes de verificación, participación efectiva de las víctimas, publicidad de listados, plazos claros y recursos judiciales eficaces. Sin esas garantías, la amnistía será selectiva y discrecional, vulnerando el principio de igualdad ante la ley.

Las cifras no admiten maquillaje: Venezuela arrastra un pasivo estructural de persecución política que no se cancela con un decreto ni con una ley exprés. La justicia transicional exige algo más que clemencia; exige verdad, responsabilidad y garantías de no repetición. Solo entonces dejará de ser el perdón de los verdugos para convertirse en reparación efectiva para las víctimas.

Braulio Jatar
Abogado, editor, escritor y profesor.
Activista de derechos humanos (DDHH) y de la causa migrante.
Ex preso político (2016–2021).