Hausmann lo dijo en Chile: desperdiciar inmigrantes es desperdiciar futuro

Hausmann lo dijo en Chile: desperdiciar inmigrantes es desperdiciar futuro

Ricardo Hausmann lo dijo en El Mercurio: “Chile recibió inicialmente una inmigración venezolana muy calificada, pero no construyó suficientes canales de integración formal”. Es decir, la inmigración tiene un talento que el Estado debe facilitar mediante caminos reales para incorporarlo. De otra forma, toda esa fuerza se convierte en energía potencial reducida a simple desperdicio.

Hausmann lo dijo en Chile: desperdiciar inmigrantes es desperdiciar futuro

Por Braulio Jatar (ETL)

Escribo desde Chile, un país que recibió a miles de venezolanos con títulos, oficios, experiencia, miedo, hijos y una urgencia legítima de volver a empezar. Escribo desde lo que veo todos los días; no lo hago como venezolano, lo hago como chileno: familias atrapadas entre la burocracia, la informalidad y el dolor desesperante de quienes salieron de una pesadilla de un lado, y a quienes hemos abandonado al llegar al otro lado.

Ricardo Hausmann lo dijo en El Mercurio: “Chile recibió inicialmente una inmigración venezolana muy calificada, pero no construyó suficientes canales de integración formal”. Es decir, la inmigración tiene un talento que el Estado debe facilitar mediante caminos reales para incorporarlo. De otra forma, toda esa fuerza se convierte en energía potencial reducida a simple desperdicio.

Cuando un médico termina manejando una aplicación, cuando un ingeniero trabaja sin contrato, cuando una profesora limpia casas sin reconocimiento, el país no se está protegiendo. Está desperdiciando capital humano que ya tiene adentro.

Nadie serio niega los problemas de seguridad. El crimen organizado, las mafias, la trata, las extorsiones o bandas como el Tren de Aragua deben enfrentarse con fuerza, inteligencia, policía, tribunales y cooperación internacional. Pero Hausmann lo dijo en Chile y hay que repetirlo: “una cosa es combatir el crimen organizado y otra impedir que las personas puedan insertarse legalmente en la economía”.

Ese es el error que muchos gobiernos cometen y muchos políticos explotan. Confunden al trabajador con el delincuente, al extranjero pobre con una amenaza y al migrante sin papeles con una persona sin derechos. Después se sorprenden de que crezca la informalidad, el abuso laboral, la precariedad y el miedo.

Desde Estados Unidos hasta la Patagonia, la inmigración sostiene economías enteras. Está en el campo, la construcción, los cuidados, los hospitales, la gastronomía, el comercio, el transporte, la tecnología y el emprendimiento. No es una nota al pie del continente. Es parte de su fuerza laboral, de su consumo, de sus impuestos y de su futuro.

La migración necesita orden, no crueldad. Necesita fronteras serias, no persecución generalizada. Necesita documentos, no laberintos burocráticos. Un Estado serio distingue entre quien viene a trabajar y quien viene a delinquir. Un Estado mediocre mete a todos en el mismo saco.

Hausmann lo dijo en Chile al hablar de productividad: los países que integren mejor el talento tendrán ventajas enormes en innovación y crecimiento. El mundo compite por atraer personas capaces. América Latina, en cambio, muchas veces recibe talento y luego lo deja pudrirse en la informalidad.

El migrante no viene a salvar países. Viene a salvar su vida. Pero cuando un país le permite trabajar, estudiar, emprender, regularizarse y vivir sin miedo, ese migrante termina ayudando también a sostener economías que ya estaban cansadas antes de que él llegara.

Me quedo con lo que Hausmann dijo en Chile porque resume una verdad incómoda: el talento que no se integra se pierde. Y cuando ese talento migrante se pierde, no pierde solo el migrante. Pierde Chile, su economía y la democracia de todos.

Editor Reporte Confidencial / Abogado 18342 / Comunicador SNTP 8248 / Locutor 17210 / Profesor Inteligencias / Escritor / 7 libros amzn.to/2G3W6ja

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