Opiniones

Vuelven a Venezuela: ¿a cambiar el poder o a convalidarlo?

vuelven a VENEZUELA

Vuelven a Venezuela: ¿a cambiar el poder o a convalidarlo?

Por: Braulio Jatar Alonso

En Venezuela empiezan a regresar algunos disidentes. Pero no vuelven juntos, no vuelven con una hoja de ruta, no vuelven con un programa nacional y no vuelven alrededor de una fecha electoral clara.

Vuelven a cuentagotas, cada quien por su cuenta, en medio de un país donde todavía no hay cronograma electoral confiable, ni calendario público, ni reglas claras para saber cuándo y cómo el pueblo podrá decidir.

La disidencia, en la historia, no vuelve al vacío. Vuelve cuando hay una elección, cuando hay una negociación seria o cuando el poder necesita mostrar una apertura controlada. Si no hay fecha, si no hay garantías y si no hay programa común, la pregunta es inevitable: ¿vuelven para cambiar el poder o vuelven porque el poder les abrió una puerta bajo condiciones que todavía no conocemos?

Lo que ocurre con Estados Unidos también debe leerse con cuidado. La administración Trump ha dado señales de acercamiento práctico a Delcy Rodríguez. Reportes recientes señalan que Washington ordenó frenar investigaciones contra ella y que el trato hacia su figura cambió en función de estabilidad, petróleo y recomposición de relaciones.

En ese contexto, el regreso disperso de disidentes no necesariamente anuncia una transición. Puede anunciar una normalización. Y normalizar no es democratizar.

No se trata de acusar a todo el que regresa. Muchos pueden volver por razones humanas, familiares, políticas o personales. El exilio cansa. La distancia desgasta. Nadie tiene derecho a exigir heroísmo eterno a quien ha pagado costos reales.  

La pregunta política es otra: ¿con qué mandato vuelven?, ¿a quién representan?, ¿qué condiciones exigieron?, ¿qué garantías tienen?, ¿cuál es el calendario?, ¿cuál es el plan?

Porque una disidencia que vuelve sin programa puede terminar siendo usada como decoración de apertura. Una oposición que regresa sin unidad puede terminar validando un arreglo donde otros ya decidieron el futuro. Y un país que confunde permiso con libertad corre el riesgo de celebrar una transición que todavía no existe.

Venezuela no necesita fotos de retorno. Necesita reglas. No necesita regresos simbólicos. Necesita fecha electoral, garantías, presos liberados, instituciones recuperadas y voto real.

Vuelven a Venezuela. La pregunta es si vuelven a cambiar el poder o a convalidarlo.

Derechos Humanos, Qatar, Fútbol y el plan de EE.UU. para Venezuela: cuando la democracia queda para la final

Esa historia vuelve a tener sentido cuando se mira a Venezuela. No porque Qatar sea igual a Venezuela, sino porque Qatar también aparece ahora como lugar de conversaciones políticas sobre nuestro país.

Derechos Humanos, Qatar, Fútbol y el plan de EE.UU. para Venezuela: cuando la democracia queda para la final

Braulio Jatar (NotiAmerica)

El Mundial de Qatar 2022 dejó una imagen incómoda para el mundo. Mientras la pelota rodaba, también se hablaba de trabajadores migrantes, abusos laborales, muertes no aclaradas, salarios retenidos y condiciones de vida indignas.

Qatar fue señalado durante años por organizaciones internacionales por el trato dado a trabajadores extranjeros que levantaron buena parte de la infraestructura del Mundial. La FIFA defendió el torneo, los gobiernos miraron de lado y las grandes marcas siguieron adelante. Esa historia vuelve a tener sentido cuando se mira a Venezuela. No porque Qatar sea igual a Venezuela, sino porque Qatar también aparece ahora como lugar de conversaciones políticas sobre nuestro país.

Según reportes periodísticos, representantes de Estados Unidos y Delcy Rodríguez se reunieron en Qatar desde el 2024, con la mediación de ese país, para explorar una salida al problema venezolano. No se trata de comparar el Mundial con la política. Es entender que el mismo país cuestionado por derechos humanos en el fútbol terminó sirviendo como sala reservada para discutir el futuro de Venezuela.

A Venezuela le hablan de estabilidad como si los venezolanos no supiéramos lo que significa vivir en desorden. Claro que el país necesita orden, inversión, petróleo produciendo, servicios funcionando y una economía que deje de castigar a la gente. Pero nada de eso puede ponerse por encima del derecho de los ciudadanos a escoger libremente su destino.

Lo peligroso es que esa fórmula se parezca demasiado a los valores de otros gobiernos: primero el negocio, luego la gobernabilidad, y al final la libertad.  Este no puede ser el proyecto de una nación que ha pagado con cárcel, exilio, hambre y muertos su deseo de vivir en democracia.

Venezuela necesita reconstrucción, sí. Necesita estabilidad, también. Pero necesita primero respeto a la voluntad popular. Porque cuando la democracia queda para el final, casi siempre el final ya fue escrito por otros.

El error de Rubio: creer que un huerto capturado puede dar frutos democráticos

En Venezuela el chavismo no administró mal el Estado. Lo capturó. Capturó tribunales, cuarteles, notarías, policías, justicia, educación, salud, registros, empresas públicas y hasta el hambre. Convirtió el país en una maquinaria de obediencia.

El error de Rubio: creer que un huerto capturado puede dar frutos democráticos

Por Braulio Jatar Alonso

El problema de Venezuela no es una manzana podrida. Es un huerto capturado. Por eso el plan de Marco Rubio, Secretario de Estado de la administración Trump, parte de un error de fondo: cree que se puede iniciar la recuperación económica dejando todavía en pie la estructura que destruyó al país.

La doctrina de Mauricio Merino ayuda a entender el tamaño del absurdo. La corrupción no es solo un funcionario que roba, un ministro que firma, un juez que obedece o un militar que cobra. Es un sistema completo donde los puestos, los supuestos y los presupuestos han sido capturados por una red de poder.

Eso fue lo que explicó un juez chileno al dictar prisión preventiva en una causa de corrupción. No habló de un simple delito económico. Habló de captura institucional, de redes, de funcionarios leales al esquema y de una burocracia convertida en blindaje de una organización criminal.

La frase es brutal porque sirve para Chile, para México y para Venezuela: la corrupción no es un problema de manzanas podridas, sino de huertos capturados. Y cuando el huerto está capturado, no basta con cambiar el riego, pintar la cerca o prometer una nueva cosecha.

En Venezuela el chavismo no administró mal el Estado. Lo capturó. Capturó tribunales, cuarteles, notarías, policías, justicia, educación, salud, registros, empresas públicas y hasta el hambre. Convirtió el país en una maquinaria de obediencia.

Por eso resulta absurdo plantear primero una estabilización económica, luego una recuperación y dejar para el final la democracia. Ese es el orden general del plan atribuido a Rubio: estabilización, recuperación y, solo después, transición hacia elecciones.

En los libros de aritmética se repite que el orden de los factores no altera el producto. En política, cuando se trata de una dictadura criminalizada, sí lo altera. Si usted pone la economía antes de la libertad, no obtiene desarrollo: le da oxígeno al mismo sistema que destruyó la economía.

Pretender recuperación económica en manos de quienes anularon la operatividad del país es poner la carreta delante de los asnos. No se puede reconstruir un hospital con quienes hicieron negocio con la enfermedad. No se puede levantar la escuela con quienes convirtieron la ignorancia en control social.

La corrupción venezolana no es un delito sin víctimas. Sus víctimas están en los niños sin tratamiento, en los ancianos sin pensión, en los maestros destruidos, en los presos políticos, en los migrantes caminando por América y en millones de ciudadanos privados de salud, educación, seguridad y futuro.

La democracia no puede ser el premio final que entregan los mismos que la destruyeron. Tiene que ser la condición de entrada. Sin libertad, sin justicia, sin desmontaje real del aparato capturado, cualquier recuperación económica será apenas otra forma de administrar el saqueo.

Venezuela no necesita que le cambien el nombre al huerto. Necesita arrancar de raíz el sistema que lo capturó. Porque si los mismos que sembraron miedo, hambre e impunidad siguen controlando la tierra, no habrá cosecha democrática. Habrá otra temporada de la misma tragedia.

Mario Silva se atrinchera en solitario del lado del chavismo

Mario Silva no fue un simple conductor. Fue una herramienta del poder cuando Chávez dejó de ser candidato y pasó a ser sistema. La Hojilla no era un programa, era trinchera:

Mario Silva se atrinchera en solitario del lado del chavismo

Mario Silva no fue un simple conductor. Fue una herramienta del poder cuando Chávez dejó de ser candidato y pasó a ser sistema. La Hojilla no era un programa, era trinchera: insulto, descalificación y enemigo interno como método. Ese tono no era un exceso, era política. Era el reflejo de un liderazgo que se quitó el traje de campaña y se encerró en su propia imagen, en su propia doctrina, decidido a quedarse sin alternabilidad ni disidencia.

La llamada Revolución Bolivariana siempre fue un invento útil: un cóctel armado con retazos de aquí y de allá para que todos vieran algo propio. Nacionalismo, socialismo, antiimperialismo, todo mezclado para seducir mientras hubo caja y propaganda. Cuando la relación con Cuba dejó de ser discurso y pasó a ser estructura, se activó el temporizador. Ahí empezó la cuenta regresiva: se destruye la economía, se pulveriza el salario, colapsan hospitales, se abandona la educación, se somete la institucionalidad y la democracia queda como una formalidad vacía.

En ese tránsito, Silva calzó perfecto. Lenguaje procaz, agresivo, de ultraizquierda, exactamente lo que el poder necesitaba para confrontar y disciplinar. No era un error de estilo, era coherencia con un modelo que dejó de convencer para imponer. Fue útil mientras el aparato funcionó, mientras había beneficios que repartir, mientras el miedo y la propaganda alcanzaban.

Hoy el cuadro es otro. Ese chavismo está roto, disperso, replegado. Los que juraron defenderlo con la vida se acomodaron, negociaron o se callaron. Militares, civiles, milicianos, empleados públicos: la épica se convirtió en supervivencia. Se dejaron humillar por el mismo poder que decían sostener. Cuando se acabaron los beneficios, se acabó la lealtad. Quedó al descubierto que no era convicción, era conveniencia.

Y en medio de ese derrumbe, Mario Silva se queda. Atrincherado. Levantando símbolos vacíos, repitiendo un libreto que ya no convoca. No articula, no moviliza, no representa a nadie fuera de un círculo cada vez más pequeño. Es el eco de un relato que perdió sustento en la realidad.

Porque al final, más allá de los eslóganes y el puño en alto, ese proyecto no construyó país. Destruyó el salario, los servicios, las instituciones y la confianza social. No dejó un modelo; dejó ruinas. Y en esas ruinas, Silva habla solo. No como voz de poder, sino como residuo de un poder que se consumió a sí mismo.

No preguntemos qué hará Trump por Venezuela; preguntémonos qué haremos los venezolanos por nuestro país

enezuela tiene derecho a democracia, instituciones libres, alternancia, justicia independiente, prensa sin miedo y ciudadanos que puedan vivir sin persecución ni exilio

No preguntemos qué hará Trump por Venezuela; preguntémonos qué haremos los venezolanos por nuestro país

Por Braulio Jatar Alonso

Donald Trump volvió a decir sobre Venezuela una frase que, más que indignación, debería invitarnos a pensar con serenidad política: “tenemos una gran relación con ese país y con las personas que dirigen el país”. No es un comentario aislado. Desde el 3 de enero viene dejando ver una misma línea: para Washington, Venezuela también es un asunto de intereses, equilibrios y prioridades.

Eso no debe sorprendernos. Las grandes potencias actúan casi siempre desde sus propios cálculos. Estados Unidos no es la excepción. Su política exterior combina valores, seguridad, economía, migración, energía y estrategia regional. Por eso, los venezolanos debemos leer esas señales sin ingenuidad, pero también sin resentimiento ni desesperanza.

La causa democrática venezolana necesita aliados internacionales. Los ha tenido y los seguirá necesitando. Ningún país que enfrenta una crisis tan profunda puede aislarse del mundo ni despreciar apoyos externos. Pero una cosa es valorar esos apoyos y otra muy distinta es entregarles la conducción emocional y política de nuestro destino.

Venezuela tiene derecho a democracia, instituciones libres, alternancia, justicia independiente, prensa sin miedo y ciudadanos que puedan vivir sin persecución ni exilio. Cuba también tiene derecho a lo mismo. No se trata de imponer modelos ajenos, sino de recordar que la libertad, la dignidad humana y el respeto al individuo no deberían depender del lugar donde uno nace.

Los valores que han hecho grande a Estados Unidos —la libertad, el mérito, la ley, la iniciativa individual y la defensa de la democracia— también son aspiraciones legítimas para nuestros pueblos. Por eso, cuando una voz influyente en Washington parece normalizar una relación amable con quienes hoy gobiernan Venezuela, es razonable que muchos venezolanos sientan preocupación.

Pero esa preocupación debe convertirse en estrategia, no en rabia. Debe ayudarnos a madurar políticamente. John F. Kennedy, otro expresidente de Estados Unidos, dejó una frase que atravesó generaciones: “No preguntes qué puede hacer tu país por ti; pregunta qué puedes hacer tú por tu país”. Parafraseada para nuestro drama nacional, la idea sería esta: no preguntemos solamente qué hará Trump por Venezuela; preguntémonos también qué haremos los venezolanos por nuestro país.

Cambiar el libreto no significa rechazar a Estados Unidos ni negar la importancia de la comunidad internacional. Significa comprender que los apoyos externos son valiosos cuando acompañan una causa nacional clara, no cuando sustituyen la responsabilidad de quienes la protagonizan.

Venezuela necesita aliados, sí. Pero también necesita voz propia. Necesita una dirigencia capaz de hablarle al mundo sin complejos y de recordarle, con respeto y firmeza, que la democracia venezolana no es una ficha secundaria en una negociación regional.

No se trata de cerrar puertas. Se trata de abrir los ojos. Venezuela debe relacionarse con el mundo, buscar apoyos y construir alianzas. Pero su libertad, su dignidad y su futuro tienen que seguir teniendo un centro irrenunciable: los venezolanos.

Boric y Kast empujan al inmigrante contra la pared

Boric y Kast empujan al inmigrante contra la pared

Boric y Kast empujan al inmigrante contra la pared

Boric no pudo superar su cobardía política y, después de empadronar a unos trescientos mil inmigrantes, los dejó igualmente irregulares, traicionando así su compromiso con los derechos humanos. Hizo que cumplieran con las exigencias del Estado chileno, los registró, los expuso y, al final, los abandonó en la misma incertidumbre de la que supuestamente iban a salir.

Por su parte, Kast, hoy presidente, impuso desde su campaña un lenguaje de matonaje orientado a intimidar y amenazar a esos mismos inmigrantes. No se trata de personas que hayan vivido al margen de todo, sino de personas que siguieron las reglas que el propio Estado les fue imponiendo y que, aun así, terminaron igualmente traicionadas.

Ahora se pretende que se vayan hacia un destino incierto, en medio de una salida plagada de dificultades, obstáculos y desprotección. No solo se les empuja fuera del país sin una solución real, sino que además se les expone a perder lo poco o mucho que hayan logrado construir, incluyendo sus bienes, su estabilidad y el fruto de años de esfuerzo.

Entre esas pérdidas están también los fondos que muchos aportaron obligatoriamente a las AFP en Chile. Es decir, no solo se les dejó en la irregularidad después de haber confiado en el Estado, sino que ahora también se les pretende despojar de recursos que forman parte de su patrimonio y de su trabajo. Se les exige salir, pero sin garantías, sin justicia y sin una vía razonable para recuperar lo que les pertenece.

Lo más grave es que todo esto empuja a muchas personas hacia un callejón sin salida. Cuando alguien es dejado en la irregularidad, se le amenaza, se le cierran los caminos del trabajo y además se le obliga a enfrentar una expulsión materialmente inviable, lo que se está haciendo es sembrar desesperación. Y cuando la política siembra desesperación, después no puede fingir sorpresa frente a las consecuencias.

Aquí no hay firmeza. Aquí hay traición, cobardía y abuso. Boric los empadronó y los dejó atrás. Kast los amenaza y pretende arrojarlos fuera del país, como si se tratara de una carga prescindible y no de seres humanos que ya habían depositado su confianza en el aparato estatal chileno.

El resultado de esa combinación es profundamente irresponsable. Primero se les hizo creer que había un camino. Después se les dejó atrapados en la irregularidad. Y ahora se les quiere empujar a una salida incierta, despojándolos incluso de bienes y fondos que son suyos. Eso no resuelve el problema migratorio. Eso lo agrava, lo envilece y lo convierte en una política de persecución contra personas que ya habían sido suficientemente golpeadas por la precariedad y el desarraigo.

Estudio revela que los venezolanos no volverán a cualquier precio

Basado en el informe del Observatorio de la Diáspora Venezolana, abril de 2026.

Estudio revela que los venezolanos no volverán a cualquier precio

Un estudio reciente del Observatorio de la Diáspora Venezolana vuelve a poner orden en un debate que muchas veces se contamina con propaganda, voluntarismo o simple desconocimiento. La investigación, aplicada a 1.266 venezolanos residentes en el exterior entre el 3 de febrero y el 3 de marzo de 2026, muestra que la diáspora no ha renunciado a su país, pero tampoco está dispuesta a regresar bajo cualquier circunstancia.

Estudio revela que los venezolanos no volverán a cualquier precio

Un estudio reciente del Observatorio de la Diáspora Venezolana vuelve a poner orden en un debate que muchas veces se contamina con propaganda, voluntarismo o simple desconocimiento. La investigación, aplicada a 1.266 venezolanos residentes en el exterior entre el 3 de febrero y el 3 de marzo de 2026, muestra que la diáspora no ha renunciado a su país, pero tampoco está dispuesta a regresar bajo cualquier circunstancia.

Ese es el dato político central. El 44,7% de los encuestados afirma que consideraría regresar si mejoran las condiciones del país, mientras 23,7% prefiere permanecer fuera de Venezuela. A eso se suma otro dato relevante: 12% señala que planea regresar en el corto plazo y 9,7% dice que desea volver, aunque no de inmediato. La conclusión es clara: la idea del retorno existe, pero está condicionada por la realidad.

El propio estudio identifica cuáles son esas condiciones. Seguridad, empleo, vivienda, servicios públicos y estabilidad aparecen entre los factores decisivos para pensar en el regreso. No se trata de un impulso sentimental. La diáspora no está diciendo que no quiere volver. Está diciendo que no volverá a un país inviable.

Hay otro grupo de cifras que merece atención. Tres de cada cuatro encuestados cuentan con residencia permanente o ciudadanía en sus países de acogida. Más de 80% califica su calidad de vida como buena o muy buena y 64,6% considera que su situación laboral es estable o muy estable. Estamos, por tanto, ante una diáspora que en buena medida ha logrado asentarse y reorganizar su vida fuera de Venezuela.

Pero rehacer la vida no significa cortar con el país. El estudio muestra que 84,6% mantiene familiares en Venezuela y que casi seis de cada diez envían remesas. Esa cifra desmiente cualquier lectura superficial sobre una supuesta desconexión. La diáspora sigue atada al país, no solo por razones afectivas, sino también por responsabilidades concretas.

El perfil de la muestra también dice mucho. Cerca de 66% tiene educación universitaria completa o estudios de posgrado. Además, los grupos entre 50 y 69 años concentran casi la mitad de los encuestados. No estamos frente a una diáspora improvisada ni políticamente indiferente, sino ante una población con formación, experiencia y capacidad de evaluar con realismo lo que significaría regresar.

Otro dato importante es geográfico. La muestra se concentra principalmente en América Latina y el Caribe, con 37,2%, seguida por España con 29%, Estados Unidos y Canadá con 17,2%, y otros países europeos con 15,2%. Eso confirma que la diáspora venezolana está ampliamente distribuida, pero sigue observando a Venezuela desde múltiples puntos del mapa.

Lo que este estudio revela, en definitiva, es que el retorno no será automático ni emocional. Venezuela no recuperará a millones de sus hijos con consignas. Los recuperará cuando vuelva a ser un país viable.

Basado en el informe del Observatorio de la Diáspora Venezolana, abril de 2026.

María Corina Machado conquista España: Trump y Rubio permitan abrir las puertas a la democracia en Venezuela

MARIA CORINA MACHADO EN ESPANA

María Corina Machado conquista España: Trump y Rubio permitan abrir las puertas a la democracia en Venezuela

Por Braulio Jatar (NotiAmerica)

Tal como sucedió en Chile, María Corina Machado volvió a demostrar en España que su liderazgo no depende de aparatos, de cargos ni de componendas. Este 18 de abril, Madrid se rindió ante el poder moral de Machado con una concentración en la Puerta del Sol que reunió a miles de venezolanos decididos a expresarle, una vez más, su respaldo.

Eso mismo ya había ocurrido en Santiago. Invitada a la toma de posesión del presidente José Antonio Kast, Machado no solo participó en los actos oficiales. También salió al encuentro de la comunidad venezolana, y la respuesta fue masiva. Distintos reportes situaron la asistencia en torno a las 16 mil personas en el sector de Paseo Bulnes y Parque Almagro.

Madrid volvió a mostrar lo que Santiago ya había dicho. Cuando los venezolanos pueden expresarse libremente, el respaldo se vuelca hacia María Corina Machado. La concentración de este 18 de abril en España vuelve a dejar en evidencia una fuerza de convocatoria que hace palidecer a muchos políticos, incluso en el propio Estados Unidos, y que Delcy Rodríguez jamás tendría, ni siquiera en los alrededores del palacio que usurpan desde hace más de una década.

Los venezolanos y venezolanas están dispuestos a volver a su patria, pero bajo una auténtica democracia y no bajo la conducción de una tiranía tutelada desde Estados Unidos por Donald Trump y Marco Rubio. Ese camino no termina de convencer ni a los grandes inversionistas ni, mucho menos, a los más humildes de los venezolanos. El plan de Rubio ha fracasado. Lo advertimos desde el comienzo: todo acuerdo con personas, entidades o grupos que no tengan un páramo moral tiene garantizada su condena al fracaso.

Las demostraciones en Santiago, en Madrid y las que se van a producir en Venezuela al regreso de María Corina tienen un mensaje claro: Trump y Rubio deben, de una vez por todas, abrir las puertas a la democracia en Venezuela. Cada día que retrasa la historia patria con un plan diseñado por burócratas que poco o nada conocen del sentimiento nacional solo permitirá que la historia los juzgue con severidad.

Madrid y Santiago son la antesala de un grito nacional y universal. Un grito que, en una sola voz, se oirá con fuerza creciente dentro y fuera de Venezuela: Rubio y Trump deben demoler la muralla, o el muro, que impide a los venezolanos tener una democracia digna de su esfuerzo.

Chile: el estallido social parece seguir pendiente

EL ESTALLIDO NO TERMINO SIGUE PENDIENTE

Chile: el estallido social parece seguir pendiente

Por Braulio Jatar Alonso — El Tiempo Latino

Una ministra rociada con agua, empujada, cercada por estudiantes universitarios en pleno campus de Valdivia. La ministra de Ciencias Ximena Lincolao vivió una tensa y caótica salida desde la Universidad Austral de Chile, donde fue agredida verbal y físicamente por estudiantes en medio de una manifestación. Pánico es lo que sintió la primera autoridad de la ciencia en Chile.

Condenar la agresión es necesario. Pero quedarse solo en eso es una desviación intelectual. Porque lo que ocurrió en Valdivia no es un incidente aislado: es el síntoma de una fractura que la sociedad chilena ha acumulado por décadas y que, en octubre de 2019 produjo su primer gran dolor existencial.

Los estudiantes de la UACh publicaron un comunicado que merece leerse para entender que Chile está atrapado entre un pasado que no procesó y un futuro que no termina de nacer. Dicen que “son hijos del pueblo de Chile, que llegaron a la universidad gracias a la gratuidad, y que defenderán los derechos sociales conquistados por los movimientos sociales”. Dicen también algo más amenazante: que “la falta de gobernabilidad del Gobierno, su indolencia y su desconocimiento de la realidad chilena han generado que aumente el costo de vida y se coarten las posibilidades de desarrollo académico”.

El rector de la UACh, Egon Montecinos, fue categórico: “Nadie se merece eso en ningún momento de nuestra historia política. La democracia tiene canales para viabilizar las diferencias.” Y tiene razón. Pero esos canales llevan años obstruidos por líderes que prefieren atizar las diferencias, alimentar la polarización y ahora agregar la hoguera de la xenofobia contra los inmigrantes, produciendo graves iniquidades.

Días después, la misma universidad debió suspender clases por una amenaza anónima hallada en el campus que decía: “No vengas hoy. Él matará a todos.” El episodio ya no es político: es la radiografía de una sociedad que ha normalizado la violencia como lenguaje.

El gobierno del Presidente Kast puede presentar querellas, identificar líderes, retirar becas. La ministra Sedini calificó lo ocurrido como una “encerrona violenta” y el Ejecutivo anunció indicaciones para sancionar a estudiantes violentistas. Todo eso es legítimo. Pero ninguna querella apaga el fuego si las causas del incendio siguen intactas.

Chile tiene una deuda pendiente consigo mismo. No la resolvió en el plebiscito, no la resolvió con la nueva Constitución que nunca llegó, no la resolverá tampoco con mano dura. La violencia en Valdivia no nació en la Universidad Austral. Nació mucho antes, en una fractura política, ideológica y social que los gobiernos de todos los colores han administrado, pero ninguno ha resuelto.

El estallido social sigue pendiente. Y esta vez, nadie puede decir que no lo veía venir.

Braulio Jatar Alonso es abogado, editor, director de Reporte Confidencial y autor. Presidente de ILC Consultores Chile/Venezuela. Fue detenido por el régimen de Maduro entre 2016 y 2021. Escribe para El Tiempo Latino (Washington D.C.), NotiAmerica, y es entrevistado frecuente en varios medios.

Los aliados de China en alerta cibernética: bastó un solo hombre

CHINA ATAQUE CIBERNETICO

Los aliados de China en alerta cibernética: bastó un solo hombre

Por Braulio Jatar Alonso  (NotiAmerica)

Un hacker. Un solo hombre —o mujer, nadie lo sabe con certeza— que operó bajo el alias FlamingChina. Seis meses de paciencia quirúrgica. Y el resultado: 10 petabytes de los secretos militares más íntimos de China robados sin que nadie en Pekín se diera cuenta. La muralla china tiene grietas. Y ellos lo saben.

El objetivo fue el Centro Nacional de Supercomputación de Tianjin, la columna vertebral digital del poder militar chino. Desde allí se gestionan simulaciones de misiles, diseños aeroespaciales clasificados y tecnología de defensa de más de 6.000 instituciones. Un solo dominio VPN comprometido fue la puerta de entrada. Lo demás fue silencio, método y devastación.

Mientras eso ocurría, el mundo autocrático que apuesta su supervivencia al escudo chino comenzaba también a desmoronarse. El 3 de enero de 2026, Nicolás Maduro —el hombre que durante dos décadas se proclamó el muro de contención del imperialismo— fue capturado por fuerzas especiales estadounidenses en Caracas y trasladado a una celda del Metropolitan Detention Center en Brooklyn. Del Palacio de Miraflores a compartir edificio con Diddy y El Chapo. La caída no pudo ser más simbólica.

El 28 de febrero, le tocó a Irán. Estados Unidos e Israel lanzaron la Operación Epic Fury: casi 900 ataques en 12 horas que liquidaron al Líder Supremo Jamenei y desmantelaron décadas de infraestructura militar. El régimen que compartió tecnología de drones con Rusia, que financió a Hezbollah y los Houthis, que se creyó protegido por el eje Pekín-Moscú, recibió el golpe más devastador de su historia. El paraguas no aguantó.

Nicaragua y Cuba observan. Ortega, Murillo y la gerontocracia habanera ven caer a sus pares uno a uno. Su modelo de sobrevivencia —aferrarse a protectores externos mientras reprimen a su propio pueblo— enfrenta hoy su prueba más dura. Porque si China no pudo proteger sus propios secretos militares durante seis meses, ¿qué garantía real ofrece a sus aliados menores en Managua o La Habana?

Esa es la herida abierta que nadie en Pekín quiere nombrar. Un hacker sin ejército, sin Estado y sin bandera penetró la fortaleza digital más importante de la segunda potencia mundial. Lo hizo con paciencia, con inteligencia y con una VPN. Y se fue con los planos del poder.

Para los regímenes latinoamericanos que apostaron su futuro a ese escudo: el coloso tiene pies de barro digital. Y ya no pueden decir que no lo sabían.

Braulio Jatar Alonso es abogado, editor, director de Reporte Confidencial y autor. Presidente de ILC Consultores Chile/ Venezuela. Fue detenido por el régimen de Maduro entre 2016 y 2021. Escribe para El Tiempo Latino (Washington D.C., NotiAmerica, ) y es entrevistado frecuente en varios medios.