Noticias

Venezuela necesitará un ministro de la diáspora

VENEZUELA MINISTRO DE LA DIASPORA 1

Venezuela necesitará un ministro de la diáspora

Por Braulio Jatar Alonso ( NOTIAMERICA)

Venezuela tiene casi 7,9 millones de ciudadanos fuera de sus fronteras y más de 6,9 millones permanecen en América Latina y el Caribe. Es una realidad demasiado grande para seguir tratándola simplemente como emigración. Una parte importante del país vive hoy fuera del territorio nacional.

Mi propuesta es que la nueva Venezuela tenga un ministro de la diáspora, con competencias reales, presupuesto, capacidad de representación internacional y responsabilidad directa frente a esos millones de venezolanos. La magnitud del fenómeno ya justifica una institución del más alto nivel del Estado.

Durante años, millones de venezolanos han estado en una situación especialmente difícil. Salieron de un país que los empujó a buscar futuro fuera de sus fronteras y llegaron a otros donde muchas veces encontraron restricciones migratorias, dificultades para obtener documentos, empleos precarios, discriminación, xenofobia y problemas para acceder a salud, educación y vivienda.

El Análisis de Necesidades de Refugiados y Migrantes de R4V estimó que 4,18 millones de venezolanos en los países de destino necesitaban algún tipo de asistencia. Cerca del 68 % había obtenido un estatus migratorio regular o reconocimiento como refugiado, mientras unos 2,2 millones permanecían en situación irregular.

Durante demasiado tiempo esta situación ha sido atendida principalmente por los países receptores, ACNUR, la OIM, organizaciones sociales y los propios migrantes. La nueva Venezuela también tiene responsabilidades con esos ciudadanos y deberá asumirlas, independientemente del lugar donde hayan establecido su residencia.

Un Ministerio de la Diáspora debería atender asuntos concretos: pasaportes, registros civiles, protección consular, reunificación familiar, reconocimiento de títulos, seguridad social, situación de los hijos nacidos en el extranjero, inversiones, emprendimientos y relaciones permanentes con los gobiernos de los países donde existen grandes comunidades venezolanas.

El retorno también tendría que formar parte de sus competencias. Quien decida regresar necesitará respuestas sobre reconocimiento de estudios, documentos, incorporación de sus hijos al sistema educativo, inversiones, empleo, seguridad social y traslado de patrimonio. Después de una emigración de estas dimensiones, regresar tampoco es simplemente comprar un pasaje.

Venezuela debe entender igualmente que millones probablemente no regresarán. Han formado familias, adquirido otras nacionalidades, comprado viviendas, creado empresas y educado a sus hijos fuera del país. Esa decisión no los convierte en menos venezolanos ni elimina la posibilidad de mantener una relación económica, profesional y cultural con Venezuela.

Entre esos millones hay médicos, ingenieros, abogados, científicos, empresarios, profesores, técnicos, trabajadores y emprendedores que han acumulado experiencia en decenas de países. Ese capital humano puede participar en la reconstrucción y el desarrollo de Venezuela sin que necesariamente tenga que regresar de manera permanente.

La persona que ocupe ese ministerio deberá tener conocimiento directo de la realidad migratoria, capacidad técnica y credibilidad. También deberá ser respetada por la diáspora y tener interlocución ante gobiernos, organismos internacionales y organizaciones vinculadas con migración y derechos humanos.

La diáspora venezolana lleva años resolviendo individualmente problemas que deberían tener respuesta institucional. Consulados cerrados o deficientes, documentos vencidos, familias separadas, títulos sin reconocimiento, procesos migratorios complejos y ausencia de protección efectiva han sido parte de la vida cotidiana de millones de compatriotas.

Casi ocho millones de venezolanos viviendo fuera del territorio representan una realidad nacional que ningún futuro gobierno podrá ignorar. Venezuela tendrá que reconstruir sus instituciones, pero también tendrá que reconstruir la relación con los ciudadanos que se fueron.

Por esa razón propongo para la nueva Venezuela la creación de un Ministerio de la Diáspora, dirigido por una persona que tenga legitimidad ante los venezolanos en el exterior y respeto ante la comunidad internacional. Millones de ciudadanos dispersos por el mundo necesitan una voz propia dentro del Estado venezolano.

Braulio Jatar Alonso

Diosdado Cabello preso en Chile

Diosdado Cabello no está preso en Chile, pero si hoy pisara territorio chileno su situación podría cambiar de manera inmediata. Eso es, en términos simples, lo que ha señalado el fiscal regional Metropolitano Sur, Héctor Barros, quien dirige la investigación por el secuestro y homicidio del exmilitar venezolano Ronald Ojeda.

Diosdado Cabello preso en Chile

Por Braulio Jatar Alonso (ETL)

Diosdado Cabello no está preso en Chile, pero si hoy pisara territorio chileno su situación podría cambiar de manera inmediata. Eso es, en términos simples, lo que ha señalado el fiscal regional Metropolitano Sur, Héctor Barros, quien dirige la investigación por el secuestro y homicidio del exmilitar venezolano Ronald Ojeda.

Según Barros, si Cabello estuviera en Chile, “lo más probable” es que ya existiera una orden de detención en su contra. La Fiscalía lo sitúa como presunto autor intelectual del crimen y sostiene que habría encargado al Tren de Aragua el secuestro y posterior asesinato de Ojeda, una acusación que lleva el caso mucho más allá de quienes participaron materialmente en los hechos.

Ronald Ojeda fue secuestrado en Santiago en febrero de 2024 por sujetos que se hicieron pasar por funcionarios policiales. Días después, su cuerpo fue encontrado enterrado en Maipú. Desde entonces, la investigación ha avanzado mediante detenciones, extradiciones, declaraciones de testigos y nuevos antecedentes que han permitido reconstruir una estructura criminal mucho más amplia.

La Fiscalía ya no busca solamente determinar quiénes ejecutaron el secuestro y homicidio, sino también quién dio la orden, quién financió la operación y quién tuvo responsabilidad dentro de la cadena de decisiones. Es precisamente en ese nivel donde aparece el nombre de Diosdado Cabello.

El fiscal Barros ha señalado que los antecedentes reunidos permiten actualmente llegar hasta él y que la persecución penal debe alcanzar a todos los responsables, sin importar dónde se encuentren. Cabello conserva su presunción de inocencia y corresponderá a los tribunales determinar si existen pruebas suficientes para establecer responsabilidad penal. Una investigación fiscal no equivale a una condena, pero la presunción de inocencia tampoco puede confundirse con inmunidad política.

Si la tesis de la Fiscalía logra acreditarse, el caso Ojeda adquiriría una dimensión mucho más grave. No estaríamos únicamente frente a un homicidio cometido por una organización criminal, sino ante la eventual utilización de una banda transnacional para ejecutar en Chile una operación ordenada desde Venezuela contra un adversario político.

Por eso el título de esta columna no anuncia una detención inexistente. Resume la consecuencia jurídica que el propio fiscal ha planteado: si Diosdado Cabello estuviera hoy en Chile, podría ser detenido y obligado a responder ante la justicia por el secuestro y homicidio de Ronald Ojeda.

Cabello, sobre quien Estados Unidos mantiene una recompensa de hasta 25 millones de dólares por información que conduzca a su arresto o condena, sigue ejerciendo como ministro del Interior dentro del régimen que hoy encabeza Delcy Rodríguez.

 La paradoja resulta difícil de ignorar: mientras la justicia estadounidense lo persigue y la Fiscalía chilena lo señala como presunto autor intelectual del crimen de Ojeda, la administración Trump, con Marco Rubio al frente de su política exterior, hace negocios petroleros con el mismo poder político del cual Cabello forma parte.

La indecencia y el crimen parecen haberse instalado también en la política internacional.

La factura falsa: Venezuela no le debe petróleo a Trump (Braulio Jatar Alonso)

Venezuela no le debe petroleo a Trumo Braulio Jatar Alonso

La factura falsa: Venezuela no le debe petróleo a Trump 

Por Braulio Jatar Alonso

Antes de la captura de Nicolás Maduro, Marco Rubio repitió una justificación que parecía jurídicamente sencilla: Estados Unidos perseguía a una persona acusada por su propia justicia. El 4 de septiembre de 2025, en Quito, afirmó que Maduro había sido acusado por un gran jurado y era “un fugitivo de la justicia estadounidense”. El 15 de septiembre insistió en que un gran jurado había emitido la acusación. Y el 19 de diciembre sostuvo que la caracterización del régimen como organización narcoterrorista se apoyaba en una acusación federal y en pruebas presentadas ante un gran jurado del Distrito Sur de Nueva York.[1][2][3]

Ese argumento importa hoy porque fue el que acompañó la escalada previa al operativo. No se decía entonces que Venezuela hubiera contratado a Estados Unidos para liberarla, ni que los venezolanos debieran pagar una factura por la eventual captura. Se decía que existía una causa penal estadounidense, una acusación formal y un prófugo de la justicia de Estados Unidos.

Cuando llegó el operativo del 3 de enero de 2026, la propia administración mantuvo inicialmente esa explicación. En la comunicación que Donald Trump remitió al Congreso el 5 de enero señaló que las Fuerzas Armadas actuaron “pursuant to a request from the Attorney General” y que un tribunal federal del Distrito Sur de Nueva York había emitido órdenes de arresto contra Maduro y Cilia Flores basadas en acusaciones de un gran jurado.[4]

Rubio fue todavía más categórico al día siguiente de la captura: “This was an arrest operation. This was a law enforcement operation”. Añadió que Maduro había sido arrestado en territorio venezolano por agentes federales, informado de sus derechos y trasladado a Estados Unidos.[5] Una versión de la Casa Blanca difundida el propio 3 de enero describió igualmente la misión como una operación de aplicación de la ley ejecutada a solicitud del Departamento de Justicia, con participación de fuerzas militares y agentes antidrogas.[6]

Es decir, el relato oficial era inequívoco en su núcleo: Estados Unidos estaba ejecutando órdenes de su propia justicia contra acusados de delitos perseguibles ante sus tribunales. La fuerza militar fue presentada como el instrumento que permitió realizar esa captura, no como un servicio contratado por la República de Venezuela.

Por eso resulta jurídicamente insostenible fabricar después una deuda de los venezolanos por el hecho de que Estados Unidos haya decidido cumplir órdenes judiciales estadounidenses. Hacer justicia no genera, por sí solo, un crédito contra el pueblo en cuyo territorio se encuentra el acusado. Ni la acusación del gran jurado, ni las órdenes de arresto, ni la carta de Trump al Congreso establecen que Venezuela deba indemnizar a Washington por ejecutar esas decisiones.

Sin embargo, apenas consumado el operativo apareció otro discurso. El 3 de enero Trump afirmó que la presencia estadounidense “no nos costará nada” porque había mucho dinero saliendo del subsuelo venezolano. Agregó: “We’re going to get reimbursed for everything that we spend”, y habló de “recuperar” petróleo que, según él, Estados Unidos debió haber recuperado mucho antes.[7]

Tres días después anunció que Venezuela entregaría entre 30 y 50 millones de barriles de petróleo sancionado para ser vendidos a precio de mercado, con los ingresos bajo control estadounidense.[8] Lo que había sido presentado como cumplimiento de una orden judicial comenzó a confundirse con una lógica de reembolso, control económico y aprovechamiento petrolero.

Hay, además, un documento de la propia administración Trump que dificulta todavía más esa narrativa. El 9 de enero, una orden ejecutiva sobre los ingresos derivados del petróleo venezolano depositados en cuentas del Tesoro declaró expresamente que esos fondos constituyen propiedad del Gobierno de Venezuela y que Estados Unidos los mantiene en condición de custodio, “not as the property of the United States”.[9]

La contradicción alcanza hoy una dimensión mucho mayor. El 28 de agosto Trump anunció lo que llamó “THE BIGGEST OIL DEAL IN WORLD HISTORY”: un entendimiento que, según su versión, otorgaría control mayoritario estadounidense sobre más de 65.000 millones de barriles de reservas probadas venezolanas. Reuters y Associated Press han informado que el acuerdo fue negociado por Rubio y Pete Hegseth con el gobierno de Delcy Rodríguez, pero su texto completo y aspectos esenciales de su estructura jurídica y financiera todavía no han sido divulgados públicamente.[10][11]

Mientras tanto, buena parte del aparato que Washington identificó durante años como integrante o soporte del llamado Cartel de los Soles continúa instalada en el poder. El Departamento de Justicia acusó formalmente a Diosdado Cabello junto a Maduro por narcoterrorismo, tráfico de cocaína y delitos vinculados con armas. El Departamento de Estado mantiene una recompensa de hasta 25 millones de dólares por información que conduzca a su arresto o condena.[12][13]

Cabello, sin embargo, sigue siendo ministro del Interior y una de las principales figuras del poder venezolano. Reuters describió en enero que, pese a la extracción de Maduro, el núcleo político, militar y de seguridad que había gobernado Venezuela permanecía esencialmente intacto.[14] En agosto, Cabello continúa apareciendo públicamente como ministro del Interior y secretario general del PSUV.[15]

La pregunta entonces es inevitable. Si el objetivo era desmantelar una organización narcoterrorista, ¿por qué sus figuras centrales permanecen gobernando y negociando con Washington? Y si el objetivo era simplemente ejecutar una orden judicial contra Maduro y Cilia Flores, ¿de dónde nace ahora la idea de que Venezuela debe pagar con su riqueza petrolera el costo de esa operación?

No se trata de negar la importancia de que Maduro comparezca ante un tribunal y tenga que responder por las acusaciones formuladas contra él. Precisamente porque se trataba de justicia, no puede convertirse retrospectivamente en una factura inmoral. La justicia se administra; no se cobra en barriles.

Puede discutirse por separado la conveniencia de abrir la industria petrolera venezolana a capital estadounidense. Puede incluso defenderse un gran acuerdo energético si es transparente, constitucional, aprobado por autoridades legítimas y beneficioso para Venezuela. Pero eso sería un negocio entre Estados y empresas, no el pago de un rescate, ni la compensación por una captura ordenada por tribunales estadounidenses.

Venezuela no le debe un barril de petróleo a Donald Trump, tampoco a Rubio ni a Pete Hegseth,  por haber capturado a Nicolás Maduro. Estados Unidos cumplió una decisión de su propia justicia y Maduro y Cilia Flores están hoy sometidos a esa misma justicia. Convertir ahora aquella operación judicial en el fundamento moral de una apropiación económica es cambiar la historia después de los hechos.

La paradoja es demasiado grande para ignorarla: los venezolanos son presentados como deudores de quienes dicen haberlos liberado, mientras sus riquezas se negocian con buena parte de quienes los mantienen sometidos. Los carceleros continúan en el poder, los libertadores hacen negocios con ellos y al pueblo se le pretende presentar la factura.

FUENTES :

1. U.S. Department of State. “Secretary of State Marco Rubio and Ecuadorian Foreign Minister Gabriela Sommerfeld at a Joint Press Availability”. Quito, 4 de septiembre de 2025. Rubio: Maduro había sido acusado por un gran jurado y era “a fugitive of American justice”.

2. U.S. Department of State. “Secretary of State Marco Rubio with Gillian Turner of Fox News”. 15 de septiembre de 2025. Rubio reiteró que un gran jurado había devuelto una acusación contra Maduro y lo describió como fugitivo de la justicia estadounidense.

3. U.S. Department of State. “Secretary of State Marco Rubio Remarks to the Press”. Washington, 19 de diciembre de 2025. Rubio afirmó que la posición estadounidense se basaba en una acusación federal y una acusación sustitutiva, sustentadas en evidencia presentada ante un gran jurado del Distrito Sur de Nueva York.

4. The White House / U.S. Government Publishing Office. Carta del presidente Donald J. Trump al Speaker de la Cámara de Representantes, 5 de enero de 2026, House Document 119-124. Señala que la operación del 3 de enero se realizó a solicitud de la Fiscal General y que el Tribunal Federal del Distrito Sur de Nueva York había emitido órdenes de arresto basadas en acusaciones de un gran jurado.

5. ABC News. “‘This Week’ Transcript 1-4-26: Secretary of State Marco Rubio”. 4 de enero de 2026. Rubio: “This was an arrest operation. This was a law enforcement operation”; afirmó que Maduro fue arrestado en Venezuela por agentes del FBI, informado de sus derechos y trasladado a Estados Unidos.

6. Roll Call. John T. Bennett. “Trump: US will ‘run’ Venezuela after military mission to nab Maduro”. 3 de enero de 2026. La Casa Blanca describió la misión como una “law enforcement operation” realizada por el Departamento de Guerra y la DEA a solicitud del Departamento de Justicia; indicó que agentes de la DEA practicaron los arrestos. Esta versión difiere en el detalle de la agencia actuante de la declaración posterior de Rubio, pero ambas coinciden en caracterizar la captura como una operación de aplicación de la ley.

7. Reuters. “Trump says US will take Venezuelan oil, be reimbursed for costs”. Palm Beach, 3 de enero de 2026. Trump: “We’re going to get reimbursed for everything that we spend” y afirmó que Estados Unidos recuperaría petróleo venezolano.

8. Reuters. “Trump says Venezuela to turn over 30 to 50 million barrels of oil to US”. 6 de enero de 2026. Trump anunció la transferencia de entre 30 y 50 millones de barriles de petróleo sancionado para venta a precio de mercado bajo control estadounidense.

9. The White House. Executive Order 14373, “Safeguarding Venezuelan Oil Revenue for the Good of the American and Venezuelan People”. 9 de enero de 2026. La orden declara que los fondos derivados del petróleo son propiedad del Gobierno de Venezuela y que Estados Unidos los mantiene en capacidad custodial y no como propiedad estadounidense.

10. Reuters. Jarrett Renshaw. “Trump says US is taking partial control of Venezuela’s vast oil reserves”. 28 de agosto de 2026. Trump anunció control mayoritario sobre más de 65.000 millones de barriles de reservas probadas; Reuters señaló que los detalles jurídicos y financieros seguían sin estar claros.

11. Associated Press. Aamer Madhani y Collin Binkley. “What we know about Trump’s deal giving US access to vast oil reserves in Venezuela”. 30 de agosto de 2026. AP informó sobre una estructura de participación estadounidense y señaló que seguían sin conocerse detalles esenciales de financiamiento, implementación y términos completos.

12. U.S. Department of Justice, Southern District of New York. “Manhattan U.S. Attorney Announces Narco-Terrorism Charges Against Nicolas Maduro, Current and Former Venezuelan Officials…”. 26 de marzo de 2020. Incluye a Diosdado Cabello en la acusación por narcoterrorismo, tráfico de cocaína y delitos de armas.

13. U.S. Department of State. “Diosdado Cabello Rondón – Narcotics Rewards Program: Wanted”. Actualización del 10 de enero de 2025. Recompensa de hasta 25 millones de dólares por información que conduzca a su arresto o condena; la ficha lo vincula con el Cartel de los Soles.

14. Reuters. David Brunnstrom. “Who’s really running Venezuela?”. 13 de enero de 2026. Reuters informó que el sistema de poder político, militar y de seguridad permanecía intacto después de la captura de Maduro. 15. Agencia EFE. “Diosdado Cabello niega que se esté discutiendo la liberación de presos políticos en la mesa de diálogo con la oposición”. 25 de agosto de 2026. Identifica a Cabello como ministro del Interior y secretario general del PSUV

De Irene Sáez, Miss Universe, al Maduro de Trump

De Irene Sáez, Miss Universe, al Maduro bajo custodia de la administración Trump, la cuestión de fondo sigue siendo la misma: ningún parlamento, ningún tribunal y mucho menos Donald Trump o Marco Rubio pueden colocarse por encima de la Constitución venezolana. Washington puede presionar o negociar, pero no decidir quién gobierna Venezuela ni sustituir su soberanía constitucional.

De Irene Sáez, Miss Universe, al Maduro de Trump

Por Braulio Jatar Alonso ETL

Gonzalo Oliveros Navarro publicó recientemente en Barra Plural una interesante reflexión que me hizo regresar a un episodio del cual no fui simplemente testigo. Fui abogado: la declaratoria de vacante de la Gobernación de Nueva Esparta durante el mandato de Irene Sáez.

Eustacio Aguilera, entonces presidente del parlamento regional, y Leopoldo Espinoza Prieto acudieron a mi oficina en Porlamar. Estudiamos el caso y concluimos que correspondía al órgano legislativo calificar la ausencia de la gobernadora. La controversia llegó finalmente al Tribunal Supremo de Justicia y prevaleció aquella tesis.

Oliveros trae ahora ese precedente al caso de Nicolás Maduro, capturado por Estados Unidos el pasado enero y actualmente fuera de Venezuela, mientras Delcy Rodríguez ejerce la Presidencia interina. La comparación es jurídicamente provocadora, pero existe una diferencia que merece examinarse.

El artículo 233 de la Constitución incluye entre las faltas absolutas el abandono del cargo, pero exige que sea declarado por la Asamblea Nacional. Hasta allí podría sostenerse que mientras el Parlamento no actúe, no existe jurídicamente abandono.

Pero la Constitución no termina en el artículo 233. El 234 dispone que las faltas temporales serán suplidas hasta por 90 días, prorrogables por otros 90, y establece que, prolongada la falta por más de 90 días, la Asamblea Nacional decidirá si debe considerarse absoluta.  

Aquí aparece una cuestión decisiva: ¿puede la Asamblea burlar la Constitución simplemente negándose a decidir? Claro que no.

La propia Constitución creó el remedio. Su artículo 336.7 atribuye a la Sala Constitucional la facultad de declarar inconstitucionales las omisiones del Poder Legislativo cuando este deje de adoptar las medidas indispensables para garantizar el cumplimiento de la Constitución, pudiendo establecer incluso el plazo para corregirlas.

Por tanto, la competencia de la Asamblea no puede transformarse en derecho al silencio. Tampoco significa que el Tribunal Supremo pueda sustituir al Parlamento y declarar por sí mismo el abandono. Eso sería igualmente peligroso: combatir una omisión constitucional mediante otra usurpación constitucional.

La salida correcta sería otra: declarar inconstitucional la omisión y obligar a la Asamblea Nacional a pronunciarse.

De Irene Sáez, Miss Universe, al Maduro bajo custodia de la administración Trump, la cuestión de fondo sigue siendo la misma: ningún parlamento, ningún tribunal y mucho menos Donald Trump o Marco Rubio pueden colocarse por encima de la Constitución venezolana. Washington puede presionar o negociar, pero no decidir quién gobierna Venezuela ni sustituir su soberanía constitucional.

Porque también se viola una Constitución cuando, teniendo el deber de aplicarla, se decide simplemente no hacerlo.

Nuestros “irregulares”: de la cobardía de Boric al matonaje de Kast

Chile tiene un reto que ya no puede seguir afrontando desde el miedo. Cerca de 1,9 millones de personas extranjeras viven en el país, casi el 10% de su población, y unas 337.000 se encuentran en situación migratoria irregular. No hablamos de una presencia marginal, sino de familias, trabajadores, niños y vínculos construidos durante años.

Por Braulio Jatar Alonso

Chile tiene un reto que ya no puede seguir afrontando desde el miedo. Cerca de 1,9 millones de personas extranjeras viven en el país, casi el 10% de su población, y unas 337.000 se encuentran en situación migratoria irregular. No hablamos de una presencia marginal, sino de familias, trabajadores, niños y vínculos construidos durante años.

Esta realidad coincide con una crisis demográfica que la política prefiere ignorar. En 2025, la fecundidad cayó a 0,99 hijos por mujer y el 45% de las comunas registró crecimiento natural negativo. Chile envejece y necesitará trabajadores, cotizantes y nuevas generaciones para sostener sus sistemas previsional, sanitario y de cuidados. La inmigración no es caridad. Es una necesidad estructural que debe gestionarse con orden, inteligencia e integración.

Durante los últimos años, parte de la casta política, algunos medios, conductores de opinión y ejércitos de cuentas en redes sociales se han lanzado a competir por explotar el miedo al extranjero. Así se alimentan la xenofobia, el racismo y la aporofobia. Porque casi nunca se persigue al extranjero poderoso: se persigue al pobre, al trabajador precarizado, a la mujer sola y al niño cuya familia no pudo vencer la burocracia.

La palabra “irregular” dejó de describir una situación administrativa y comenzó a utilizarse como una condena moral. Con ella se borran derechos y se convierten seres humanos en cifras, olvidando que el propio ordenamiento chileno obliga al Estado a respetar y garantizar los derechos de los extranjeros conforme a la Constitución, las leyes y los tratados internacionales vigentes.

Gabriel Boric tuvo la oportunidad de romper esa lógica. Su gobierno inscribió a 226.064 personas y empadronó biométricamente a 182.119. El Estado conoció sus identidades, huellas y fotografías, e incluso estudió una regularización acotada. Pero retrocedió. No fue falta de información, sino falta de coraje. La izquierda chilena levantó internacionalmente las banderas de los derechos humanos, pero no quiso pagar el costo político de defenderlas dentro de Chile.

José Antonio Kast tomó esa cobardía y la convirtió en matonaje institucional. Su gobierno exhibe vuelos de expulsión y contabiliza expulsados como indicador de éxito. El director de Migraciones ha anunciado que a los irregulares no se les permitirá trabajar y que se restringirán sus beneficios sociales. Un Estado puede controlar sus fronteras y ejecutar decisiones legales; lo que no puede hacer es fabricar una población sin trabajo, sin protección y empujada deliberadamente hacia la marginalidad.

La ley chilena permite privar de libertad a una persona únicamente para hacer efectiva su expulsión y por un máximo de cinco días. Sin embargo, la propia PDI ha reconocido que cerca de seis mil venezolanos con órdenes vigentes no pueden ser expulsados por falta de relaciones consulares. Cuando la expulsión no es materialmente posible, detener para intimidar deja de ser control migratorio y se acerca demasiado al abuso de poder.

En nuestro trabajo jurídico hemos debido acudir a los tribunales para defender a mujeres mayores, madres, trabajadores y familias tratadas como amenazas, aunque muchas hicieron cuanto el propio Estado les exigió para regularizarse. El problema no es solamente la irregularidad migratoria. También es la irregularidad moral de un Estado que demora, abandona y después castiga.

No se trata de fronteras sin reglas. Se trata de reglas sin crueldad. Chile debe decidir si administrará la migración con humanidad o si seguirá produciendo enemigos para alimentar campañas electorales. Frente a esa oscuridad, algunos seguiremos encendiendo la luz de la justicia.

El error de Rubio: creer que un huerto capturado puede dar frutos democráticos

En Venezuela el chavismo no administró mal el Estado. Lo capturó. Capturó tribunales, cuarteles, notarías, policías, justicia, educación, salud, registros, empresas públicas y hasta el hambre. Convirtió el país en una maquinaria de obediencia.

El error de Rubio: creer que un huerto capturado puede dar frutos democráticos

Por Braulio Jatar Alonso

El problema de Venezuela no es una manzana podrida. Es un huerto capturado. Por eso el plan de Marco Rubio, Secretario de Estado de la administración Trump, parte de un error de fondo: cree que se puede iniciar la recuperación económica dejando todavía en pie la estructura que destruyó al país.

La doctrina de Mauricio Merino ayuda a entender el tamaño del absurdo. La corrupción no es solo un funcionario que roba, un ministro que firma, un juez que obedece o un militar que cobra. Es un sistema completo donde los puestos, los supuestos y los presupuestos han sido capturados por una red de poder.

Eso fue lo que explicó un juez chileno al dictar prisión preventiva en una causa de corrupción. No habló de un simple delito económico. Habló de captura institucional, de redes, de funcionarios leales al esquema y de una burocracia convertida en blindaje de una organización criminal.

La frase es brutal porque sirve para Chile, para México y para Venezuela: la corrupción no es un problema de manzanas podridas, sino de huertos capturados. Y cuando el huerto está capturado, no basta con cambiar el riego, pintar la cerca o prometer una nueva cosecha.

En Venezuela el chavismo no administró mal el Estado. Lo capturó. Capturó tribunales, cuarteles, notarías, policías, justicia, educación, salud, registros, empresas públicas y hasta el hambre. Convirtió el país en una maquinaria de obediencia.

Por eso resulta absurdo plantear primero una estabilización económica, luego una recuperación y dejar para el final la democracia. Ese es el orden general del plan atribuido a Rubio: estabilización, recuperación y, solo después, transición hacia elecciones.

En los libros de aritmética se repite que el orden de los factores no altera el producto. En política, cuando se trata de una dictadura criminalizada, sí lo altera. Si usted pone la economía antes de la libertad, no obtiene desarrollo: le da oxígeno al mismo sistema que destruyó la economía.

Pretender recuperación económica en manos de quienes anularon la operatividad del país es poner la carreta delante de los asnos. No se puede reconstruir un hospital con quienes hicieron negocio con la enfermedad. No se puede levantar la escuela con quienes convirtieron la ignorancia en control social.

La corrupción venezolana no es un delito sin víctimas. Sus víctimas están en los niños sin tratamiento, en los ancianos sin pensión, en los maestros destruidos, en los presos políticos, en los migrantes caminando por América y en millones de ciudadanos privados de salud, educación, seguridad y futuro.

La democracia no puede ser el premio final que entregan los mismos que la destruyeron. Tiene que ser la condición de entrada. Sin libertad, sin justicia, sin desmontaje real del aparato capturado, cualquier recuperación económica será apenas otra forma de administrar el saqueo.

Venezuela no necesita que le cambien el nombre al huerto. Necesita arrancar de raíz el sistema que lo capturó. Porque si los mismos que sembraron miedo, hambre e impunidad siguen controlando la tierra, no habrá cosecha democrática. Habrá otra temporada de la misma tragedia.

Mario Silva se atrinchera en solitario del lado del chavismo

Mario Silva no fue un simple conductor. Fue una herramienta del poder cuando Chávez dejó de ser candidato y pasó a ser sistema. La Hojilla no era un programa, era trinchera:

Mario Silva se atrinchera en solitario del lado del chavismo

Mario Silva no fue un simple conductor. Fue una herramienta del poder cuando Chávez dejó de ser candidato y pasó a ser sistema. La Hojilla no era un programa, era trinchera: insulto, descalificación y enemigo interno como método. Ese tono no era un exceso, era política. Era el reflejo de un liderazgo que se quitó el traje de campaña y se encerró en su propia imagen, en su propia doctrina, decidido a quedarse sin alternabilidad ni disidencia.

La llamada Revolución Bolivariana siempre fue un invento útil: un cóctel armado con retazos de aquí y de allá para que todos vieran algo propio. Nacionalismo, socialismo, antiimperialismo, todo mezclado para seducir mientras hubo caja y propaganda. Cuando la relación con Cuba dejó de ser discurso y pasó a ser estructura, se activó el temporizador. Ahí empezó la cuenta regresiva: se destruye la economía, se pulveriza el salario, colapsan hospitales, se abandona la educación, se somete la institucionalidad y la democracia queda como una formalidad vacía.

En ese tránsito, Silva calzó perfecto. Lenguaje procaz, agresivo, de ultraizquierda, exactamente lo que el poder necesitaba para confrontar y disciplinar. No era un error de estilo, era coherencia con un modelo que dejó de convencer para imponer. Fue útil mientras el aparato funcionó, mientras había beneficios que repartir, mientras el miedo y la propaganda alcanzaban.

Hoy el cuadro es otro. Ese chavismo está roto, disperso, replegado. Los que juraron defenderlo con la vida se acomodaron, negociaron o se callaron. Militares, civiles, milicianos, empleados públicos: la épica se convirtió en supervivencia. Se dejaron humillar por el mismo poder que decían sostener. Cuando se acabaron los beneficios, se acabó la lealtad. Quedó al descubierto que no era convicción, era conveniencia.

Y en medio de ese derrumbe, Mario Silva se queda. Atrincherado. Levantando símbolos vacíos, repitiendo un libreto que ya no convoca. No articula, no moviliza, no representa a nadie fuera de un círculo cada vez más pequeño. Es el eco de un relato que perdió sustento en la realidad.

Porque al final, más allá de los eslóganes y el puño en alto, ese proyecto no construyó país. Destruyó el salario, los servicios, las instituciones y la confianza social. No dejó un modelo; dejó ruinas. Y en esas ruinas, Silva habla solo. No como voz de poder, sino como residuo de un poder que se consumió a sí mismo.

No preguntemos qué hará Trump por Venezuela; preguntémonos qué haremos los venezolanos por nuestro país

enezuela tiene derecho a democracia, instituciones libres, alternancia, justicia independiente, prensa sin miedo y ciudadanos que puedan vivir sin persecución ni exilio

No preguntemos qué hará Trump por Venezuela; preguntémonos qué haremos los venezolanos por nuestro país

Por Braulio Jatar Alonso

Donald Trump volvió a decir sobre Venezuela una frase que, más que indignación, debería invitarnos a pensar con serenidad política: “tenemos una gran relación con ese país y con las personas que dirigen el país”. No es un comentario aislado. Desde el 3 de enero viene dejando ver una misma línea: para Washington, Venezuela también es un asunto de intereses, equilibrios y prioridades.

Eso no debe sorprendernos. Las grandes potencias actúan casi siempre desde sus propios cálculos. Estados Unidos no es la excepción. Su política exterior combina valores, seguridad, economía, migración, energía y estrategia regional. Por eso, los venezolanos debemos leer esas señales sin ingenuidad, pero también sin resentimiento ni desesperanza.

La causa democrática venezolana necesita aliados internacionales. Los ha tenido y los seguirá necesitando. Ningún país que enfrenta una crisis tan profunda puede aislarse del mundo ni despreciar apoyos externos. Pero una cosa es valorar esos apoyos y otra muy distinta es entregarles la conducción emocional y política de nuestro destino.

Venezuela tiene derecho a democracia, instituciones libres, alternancia, justicia independiente, prensa sin miedo y ciudadanos que puedan vivir sin persecución ni exilio. Cuba también tiene derecho a lo mismo. No se trata de imponer modelos ajenos, sino de recordar que la libertad, la dignidad humana y el respeto al individuo no deberían depender del lugar donde uno nace.

Los valores que han hecho grande a Estados Unidos —la libertad, el mérito, la ley, la iniciativa individual y la defensa de la democracia— también son aspiraciones legítimas para nuestros pueblos. Por eso, cuando una voz influyente en Washington parece normalizar una relación amable con quienes hoy gobiernan Venezuela, es razonable que muchos venezolanos sientan preocupación.

Pero esa preocupación debe convertirse en estrategia, no en rabia. Debe ayudarnos a madurar políticamente. John F. Kennedy, otro expresidente de Estados Unidos, dejó una frase que atravesó generaciones: “No preguntes qué puede hacer tu país por ti; pregunta qué puedes hacer tú por tu país”. Parafraseada para nuestro drama nacional, la idea sería esta: no preguntemos solamente qué hará Trump por Venezuela; preguntémonos también qué haremos los venezolanos por nuestro país.

Cambiar el libreto no significa rechazar a Estados Unidos ni negar la importancia de la comunidad internacional. Significa comprender que los apoyos externos son valiosos cuando acompañan una causa nacional clara, no cuando sustituyen la responsabilidad de quienes la protagonizan.

Venezuela necesita aliados, sí. Pero también necesita voz propia. Necesita una dirigencia capaz de hablarle al mundo sin complejos y de recordarle, con respeto y firmeza, que la democracia venezolana no es una ficha secundaria en una negociación regional.

No se trata de cerrar puertas. Se trata de abrir los ojos. Venezuela debe relacionarse con el mundo, buscar apoyos y construir alianzas. Pero su libertad, su dignidad y su futuro tienen que seguir teniendo un centro irrenunciable: los venezolanos.

Los inmigrantes desaparecidos en la frontera de Chile

El estudio, construido a partir de revisión de prensa digital, registros públicos, antecedentes de la plataforma Missing Migrants Project de la Organización Internacional para las Migraciones y solicitudes de acceso a la información a organismos estatales, identifica al menos 42 personas migrantes fallecidas en la frontera chilena o en sus cercanías entre 2016 y el 20 de noviembre de 2022, en hechos vinculados al ingreso por paso no habilitado.

Los inmigrantes desaparecidos en la frontera de Chile
Por Braulio Jatar Alonso

En Chile se habla mucho de ingreso irregular, de reconducción, de control fronterizo y de seguridad. Mucho menos se habla, con la seriedad debida, de las personas que han muerto en esa ruta y de la precariedad con que el propio Estado registra esos fallecimientos. Allí está uno de los principales aportes del informe exploratorio elaborado por INFOMIGRA sobre muertes migrantes en la frontera chilena entre 1990 y 2022: llevar el debate desde la consigna hacia los datos.

El estudio, construido a partir de revisión de prensa digital, registros públicos, antecedentes de la plataforma Missing Migrants Project de la Organización Internacional para las Migraciones y solicitudes de acceso a la información a organismos estatales, identifica al menos 42 personas migrantes fallecidas en la frontera chilena o en sus cercanías entre 2016 y el 20 de noviembre de 2022, en hechos vinculados al ingreso por paso no habilitado.

Los datos muestran que la nacionalidad con mayor presencia entre los fallecidos es la venezolana, seguida por la boliviana, la peruana y la dominicana. También aparece un elemento que corrige varios lugares comunes del debate público: las mujeres representan una proporción levemente superior a la de los hombres. No se trata, por tanto, de un fenómeno exclusivamente masculino. Entre los fallecidos hay también niños, lactantes, personas mayores y varios casos sin identificación completa.

La edad promedio de las víctimas se ubica en 47 años, aunque el rango es amplio: desde bebés hasta una persona de 83 años. Esa amplitud confirma que estas rutas no son recorridas por un solo perfil de migrante, sino por grupos humanos muy diversos, todos expuestos a condiciones extremas.

El mapa territorial del informe también es claro. Los casos se concentran por completo en el norte del país, entre Visviri y las cercanías de Antofagasta, con tres puntos especialmente críticos: Colchane, Arica y San Pedro de Atacama. Colchane destaca de manera dramática, concentrando casi el 60 por ciento de los decesos identificados. No es un detalle menor. Indica que la crisis está asociada a rutas y trayectos que el Estado conoce desde hace años.

En el tiempo, los casos se disparan sobre todo en 2021 y 2022. Solo en 2021 se registran 26 fallecimientos y en 2022 otros 12. Los meses con mayor incidencia son octubre, marzo y junio. Esa concentración coincide con el aumento de los flujos regionales posteriores a la pandemia y con el endurecimiento de obstáculos administrativos y fronterizos.

Otro hallazgo clave es la causa de muerte predominante. La principal categoría corresponde a condiciones ambientales adversas, falta de agua, comida y abrigo. En segundo lugar aparecen enfermedad y falta de acceso a atención de salud. Esto desplaza el foco de una lectura exclusivamente policial del problema. La frontera está produciendo muertes por exposición, altura, deshidratación, agotamiento y ausencia de auxilio oportuno.

Pero lo más delicado del informe aparece al comparar estos antecedentes con los registros oficiales. INFOMIGRA hizo cerca de una treintena de solicitudes de acceso a la información a 14 instituciones del Estado. Solo cinco entregaron datos, y aun así las cifras no coinciden entre PDI, Carabineros, Ministerio de Salud y Servicio Médico Legal. Hay respuestas parciales, datos contradictorios y vacíos que impiden construir una contabilidad pública seria.

Ese punto es central. Si el Estado no cuenta con un registro unificado y confiable sobre las muertes migrantes en frontera, tampoco puede diseñar políticas preventivas eficaces ni ofrecer certeza a las familias. En tiempos en que la discusión migratoria suele degradarse en eslóganes, este informe recuerda algo básico: ningún país serio debería resignarse a no saber con claridad quiénes mueren en sus bordes.

!O ahora o nunca! Por: Braulio Jatar Alonso

BRAULIO JATAR NOV 2025 A

O ahora o nunca

Por Braulio Jatar Alonso

Mientras en el Caribe se instala una isla mecánica de poderío militar sin precedentes en este hemisferio, muchos —lejanos al ahogo diario de la tiranía en Venezuela— se permiten el lujo de practicar una curiosa gimnasia moral: lucir más benévolos que el Espíritu Santo, más inteligentes que Dios y más equilibrados que un libro perfectamente centrado sobre una mesa.

Personas, ONG, organismos internacionales y todo tipo de entidades se posicionan en ese espacio cómodo donde nada se resuelve, pero que luce sospechosamente correcto. Desde ahí buscan anotarse puntos sin asumir riesgos, y aprovechan ese pedestal para criticar a quienes sí están dispuestos a actuar. Prefieren observar, opinar y moralizar antes que involucrarse. Y en ese mirar desde lejos, terminan sosteniendo —por omisión o conveniencia— al mismo sistema que dicen repudiar.

La dicotomía del poder es simple: podemos hacer solo aquello que controlamos. Cuando la decisión está en manos del otro, ese margen desaparece. Aceptable. Pero hay una frontera peligrosa entre la limitación y la ambivalencia. Y hoy, cuando finalmente se ha configurado una amenaza real para quienes llevan años sometiendo a millones de venezolanos, esa ambivalencia se convierte en indiferencia… o algo peor: la intención subconsciente de apostar al fracaso del que actúa para justificar la propia pasividad.

Estamos en un momento definitorio. O se logra el cambio o se perpetúa la garra que ha violado derechos humanos, politizado todas las instituciones —incluyendo a los militares—, eliminado la separación de poderes y pulverizado el Estado de derecho. No hay matices. No hay zona gris. No hay espacio para la tibieza.

Esta vez, el destino inmediato de Venezuela no está en nuestras manos. Todo indica que la decisión final recae en quienes poseen un poder que nosotros no tenemos. Pero lo que sí podemos decidir —y debemos decidir— es si nuestros egos, nuestros cálculos mezquinos, la envidia, las rencillas internas y el debate por el “nuevo liderazgo” pesan más que Venezuela misma.

El país no puede seguir atrapado en discusiones de salón mientras su gente vive entre el miedo, el exilio y la pobreza. No podemos seguir dándole prioridad a la vanidad personal sobre la urgencia nacional. Sabemos muy bien cuál es la verdad que nadie se atreve a decir en voz alta, pero que todos reconocemos por dentro:

O es ahora, o será nunca.