Author: Braulio jatar

Tren de Aragua, Diosdado Cabello y el dinero que salió de Chile

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Tren de Aragua, Diosdado Cabello y el dinero que salió de Chile

Por Braulio Jatar Alonso
ETL

La Operación Tokio, desarrollada por la Fiscalía Metropolitana Sur y la PDI, reveló una estructura de lavado que habría sacado de Chile más de $78 mil millones de pesos, cerca de 86,5 millones de dólares. El dinero se habría movido mediante criptomonedas, empresas de fachada, cuentas bancarias y transferencias internacionales.

El fiscal Héctor Barros, el mismo que vinculó a Diosdado Cabello con el asesinato del teniente Ronald Ojeda en Chile, calificó el caso como uno de los mayores lavados de dinero detectados en el país.

Según los antecedentes conocidos, el dinero provenía de delitos graves: extorsiones, contrabando, tráfico de drogas, explotación sexual, secuestros y otras actividades asociadas al Tren de Aragua. La investigación apunta a que parte de esos fondos salían de Chile hacia otros países, incluso mediante empresas de criptomonedas y sociedades que funcionaban como vehículos para ingresar dinero ilícito al sistema formal.

La organización no operaba como una banda callejera. Operaba como una empresa criminal transnacional. Tenía recaudación, operadores financieros, contactos bancarios, sociedades instrumentales, uso de criptoactivos y capacidad para mover millones fuera del país. Entre los detenidos apareció incluso un ejecutivo bancario, investigado por facilitar cuentas y operaciones para el traslado de fondos.

El Tren de Aragua nació en Venezuela, se expandió desde estructuras carcelarias y terminó instalado en varios países de la región. En Chile, las autoridades lo han vinculado, tal y como señalamos, con homicidios, secuestros, trata de personas, extorsiones y con el crimen del exteniente venezolano Ronald Ojeda.

A ese cuadro se suma ahora la muerte de Héctor Rusthenford Guerrero Flores, alias “Niño Guerrero”, máximo jefe del Tren de Aragua, anunciada por Donald Trump tras una operación militar de Estados Unidos en Venezuela, coordinada con autoridades venezolanas.

Su muerte golpea el vértice de la organización, pero no desmonta por sí sola sus operadores, sus rutas, sus recaudadores ni su estructura financiera. El Tren de Aragua no dependía solo de un jefe. Dependía de una red. Y esa red, como acaba de mostrar la Operación Tokio, también funcionaba con dinero, empresas, bancos, criptomonedas y contactos.

En todo el circuito investigativo aparece Diosdado Cabello. La fiscalía chilena ha señalado públicamente que existen antecedentes que apuntan hacia él en el caso del exteniente venezolano, y el Tren de Aragua en encargado de ejecutar la orden que vino desde Caracas.

Además, el expediente norteamericano contra Nicolás Maduro y otros jerarcas venezolanos menciona a Diosdado Cabello y al “Niño Guerrero”, líder del Tren de Aragua, dentro de una acusación sobre narcotráfico, armas y cooperación con organizaciones criminales.

La Operación Tokio muestra que el Tren de Aragua no se combate solo con controles de identidad ni discursos electorales. Porque si más de $78 mil millones de pesos chilenos pudieron salir de Chile, el problema no fue únicamente la banda. También fallaron filtros, alertas, bancos, controles y sistemas de prevención.

 Chile descubrió el dinero. Estados Unidos anuncia la muerte del jefe máximo. Ahora falta lo esencial: perseguir a quienes protegieron, financiaron y permitieron que la banda criminal más peligrosa del hemisferio creciera bajo el amparo del poder venezolano. El “Niño Guerrero” cayó. La red que lo hizo posible sigue pendiente.

El peligro de convertir a un extranjero en todos los extranjeros

NOTIAMERICA ARTICULO

Durante dos noches, grupos violentos salieron a las calles. Incendiaron vehículos, atacaron viviendas, enfrentaron a la policía y dirigieron su rabia contra comunidades migrantes. La acusación contra una persona terminó convertida en sospecha contra todos los extranjeros.

Un delito individual no puede transformarse en una condena colectiva. Si un extranjero mata, viola, roba o agrede, debe ser detenido, juzgado y sancionado, igual que a cualquier delincuente.

Pero de allí no se puede pasar a quemar casas, perseguir familias, atacar comercios o convertir a todo migrante en enemigo público. Eso no es justicia. Es barbarie.

La criminalización del extranjero empieza siempre con una frase aparentemente simple: “todos son iguales”. Luego viene la sospecha general, después la persecución administrativa, más tarde la violencia social y finalmente la ruptura del Estado de Derecho.

La rabia legítima frente a un crimen brutal fue utilizada para encender una violencia contra personas que no habían cometido delito alguno. Familias enteras fueron amenazadas no por lo que hicieron, sino por su origen, su color de piel, su acento o su condición migratoria.

Chile y América Latina deben aprender de ese espejo. La seguridad pública es una obligación del Estado. El crimen organizado debe ser perseguido. Las bandas extranjeras deben ser desarticuladas. Las expulsiones deben aplicarse cuando correspondan. Pero nada de eso autoriza a convertir al migrante común en sospechoso permanente.

Cuando una sociedad pierde esa diferencia, la justicia deja de mirar hechos y comienza a mirar rostros. Ya no importa quién cometió el delito. Importa de dónde viene, cómo habla, cómo se viste o qué documento tiene.

Belfast no demuestra que los extranjeros sean peligrosos. Demuestra lo peligroso que puede ser un país cuando deja que el miedo reemplace a la justicia.

El delito tiene autor. La responsabilidad penal es personal. La nacionalidad no es una condena.

El acuerdo con Delcy es inconstitucional: el 3 de julio cae el artificio en Venezuela.

Delcy Rodríguez no podía nacer legítima de una vicepresidencia ilegítima. No podía convertirse en presidenta encargada por una sentencia que torció los artículos 233 y 234. No podía ser continuidad constitucional de un poder que ya había roto la Constitución.

Por Braulio Jatar Alonso (ETL)

La sentencia de la Sala Constitucional que ordenó a Delcy Rodríguez asumir la Presidencia encargada no es una sentencia. Es un ardid político vestido de toga. Un movimiento preparado para darle apariencia jurídica a una operación que ya venía cocinada antes del 3 de enero de 2026.

La Sala Constitucional, vinculada al oficialismo, ordenó a Delcy Rodríguez asumir y ejercer “en condición de encargada” las atribuciones de la Presidencia, bajo el argumento del secuestro del presidente usurpador Nicolás Maduro. Ese tribunal no resolvió un problema constitucional. Construyó una salida política.

La sentencia pretende crear una vacante que no existe. La Constitución venezolana regula las faltas presidenciales en los artículos 233 y 234. Son faltas absolutas o temporales. No hay una tercera categoría.

El artículo 233 enumera las faltas absolutas: muerte, renuncia, destitución decretada por sentencia del Tribunal Supremo de Justicia, incapacidad física o mental permanente, abandono del cargo declarado por la Asamblea Nacional o revocatoria popular.

El artículo 234 regula las faltas temporales. En ese caso, el vicepresidente ejecutivo puede suplir al Presidente hasta por noventa días, prorrogables por decisión de la Asamblea Nacional hasta por noventa días más.

Ese plazo tiene fecha. Si la ausencia comenzó el 3 de enero, los primeros noventa días se cumplieron el 3 de abril. La eventual prórroga de otros noventa días deja al 3 de julio como el punto constitucional de quiebre.

A partir de allí, la encargaduría deja de tener incluso la débil excusa formal que usaron para imponerla.

La Sala se inventó otra figura. No la llamó así, pero la produjo: una ausencia forzada, política, indefinida, administrada por el propio aparato de poder.

Si Maduro estaba secuestrado, como dijo el oficialismo, no había falta absoluta. Si se trataba de una falta temporal, tenía límite. Noventa días. Eventualmente noventa días más. Lo que hicieron fue convertir esa temporalidad en una encargaduría política sin control real.

Delcy quedaba al frente hasta que la estructura que la puso desde afuera y dentro de Venezuela decidiera otra cosa.

No fue una transición constitucional. Fue una sustitución pactada dentro del mismo poder con fuerzas extranjeras. Sacaron al jefe visible del régimen y dejaron a la administradora del mismo sistema.

Si Maduro era ilegítimo, Delcy también lo era. El principio jurídico es simple: lo accesorio sigue la suerte de lo principal. Y el fruto del árbol envenenado también queda contaminado. Los que mueven los hilos desde del extranjero lo saben.

Delcy Rodríguez no podía nacer legítima de una vicepresidencia ilegítima. No podía convertirse en presidenta encargada por una sentencia que torció los artículos 233 y 234. No podía ser continuidad constitucional de un poder que ya había roto la Constitución.

Lo que hicieron fue darle vida política a lo nonato. Inventaron una falta presidencial que no existe. Usaron una sentencia para fabricar una encargaduría sin base constitucional suficiente. Y presentaron como estabilidad lo que en realidad era continuidad del mismo aparato represivo, ilegal, inconstitucional y arbitrario.

El 3 de julio vence el artificio constitucional. Ese día ya no bastará decir que Delcy está encargada. Habrá que reconocer lo que siempre fue: una presidencia impuesta, sin origen legítimo, sin límite real y sin mandato popular.

Delcy Rodríguez en la Presidencia es inconstitucional,

Quien no lo quiera ver sufre el síndrome de Antón: está ciego, pero no quiere reconocerlo o el cinismo se ocupa de su disonancia cognitiva.

EL LARGO PUENTE DORADO QUE RUBIO CONSTRUYE A DELCY RODRÍGUEZ

EL LARGO PUENTE DORADO QUE RUBIO CONSTRUYE A DELCY RODRIGUEZ FOTO

En diplomacia, un “puente dorado” es la salida que se le ofrece al adversario para que pueda retroceder sin aparecer derrotado. No es generosidad. Es cálculo. Se le permite abandonar una posición extrema, conservar una parte del poder y vender su retirada como una victoria.

Eso parece estar ocurriendo con Delcy Rodríguez.

Marco Rubio no necesita presentarla como demócrata. Tampoco necesita limpiar su historia dentro del chavismo. Le basta convertirla en interlocutora útil para administrar una transición controlada después de Maduro, evitar una ruptura total del aparato de poder y mantener bajo control los intereses de Estados Unidos en Venezuela.

Después de la captura de Nicolás Maduro, Rubio dijo que Washington estaba dispuesto a trabajar con los nuevos líderes venezolanos si tomaban “la decisión correcta”. Esa frase no fue inocente. No reconocía legitimidad democrática, pero abría una puerta política. En los hechos, colocaba a Delcy Rodríguez dentro del mapa de negociación de Estados Unidos.

La operación también produjo ruido en Washington. Las senadoras Jeanne Shaheen y Elizabeth Warren pidieron explicaciones a Rubio y al secretario del Tesoro por el alivio de sanciones a Delcy Rodríguez, recordando su papel dentro del régimen venezolano y en la represión. Esa carta muestra que hay sectores en Estados Unidos que entienden el riesgo: una salida negociada puede terminar salvando políticamente a una figura central del madurismo.

El problema para Venezuela no es que exista negociación. El problema es que esa negociación pretenda sustituir la voluntad popular. Delcy Rodríguez no llegó al poder por una elección libre. Viene del mismo sistema que destruyó la institucionalidad, persiguió opositores, cerró espacios democráticos y convirtió al Estado en aparato de dominación.

Un puente dorado puede servir para desmontar una dictadura. También puede servir para reciclarla. Si Delcy cruza ese puente sin voto, sin Constitución efectiva y sin rendición de cuentas, no habrá transición democrática. Habrá transferencia pactada de poder.

Rubio puede construir el puente. Delcy puede cruzarlo. Pero la legitimidad venezolana no la otorga Washington. La decide el pueblo venezolano.

EL LARGO PUENTE DORADO QUE RUBIO CONSTRUYE A DELCY RODRÍGUEZ

En diplomacia, un “puente dorado” es la salida que se le ofrece al adversario para que pueda retroceder sin aparecer derrotado. No es generosidad. Es cálculo. Se le permite abandonar una posición extrema, conservar una parte del poder y vender su retirada como una victoria.

Eso parece estar ocurriendo con Delcy Rodríguez.

Marco Rubio no necesita presentarla como demócrata. Tampoco necesita limpiar su historia dentro del chavismo. Le basta convertirla en interlocutora útil para administrar una transición controlada después de Maduro, evitar una ruptura total del aparato de poder y mantener bajo control los intereses de Estados Unidos en Venezuela.

Después de la captura de Nicolás Maduro, Rubio dijo que Washington estaba dispuesto a trabajar con los nuevos líderes venezolanos si tomaban “la decisión correcta”. Esa frase no fue inocente. No reconocía legitimidad democrática, pero abría una puerta política. En los hechos, colocaba a Delcy Rodríguez dentro del mapa de negociación de Estados Unidos.

La operación también produjo ruido en Washington. Las senadoras Jeanne Shaheen y Elizabeth Warren pidieron explicaciones a Rubio y al secretario del Tesoro por el alivio de sanciones a Delcy Rodríguez, recordando su papel dentro del régimen venezolano y en la represión. Esa carta muestra que hay sectores en Estados Unidos que entienden el riesgo: una salida negociada puede terminar salvando políticamente a una figura central del madurismo.

El problema para Venezuela no es que exista negociación. El problema es que esa negociación pretenda sustituir la voluntad popular. Delcy Rodríguez no llegó al poder por una elección libre. Viene del mismo sistema que destruyó la institucionalidad, persiguió opositores, cerró espacios democráticos y convirtió al Estado en aparato de dominación.

Un puente dorado puede servir para desmontar una dictadura. También puede servir para reciclarla. Si Delcy cruza ese puente sin voto, sin Constitución efectiva y sin rendición de cuentas, no habrá transición democrática. Habrá transferencia pactada de poder.

Rubio puede construir el puente. Delcy puede cruzarlo. Pero la legitimidad venezolana no la otorga Washington. La decide el pueblo venezolano.

Vuelven a Venezuela: ¿a cambiar el poder o a convalidarlo?

vuelven a VENEZUELA

Vuelven a Venezuela: ¿a cambiar el poder o a convalidarlo?

Por: Braulio Jatar Alonso

En Venezuela empiezan a regresar algunos disidentes. Pero no vuelven juntos, no vuelven con una hoja de ruta, no vuelven con un programa nacional y no vuelven alrededor de una fecha electoral clara.

Vuelven a cuentagotas, cada quien por su cuenta, en medio de un país donde todavía no hay cronograma electoral confiable, ni calendario público, ni reglas claras para saber cuándo y cómo el pueblo podrá decidir.

La disidencia, en la historia, no vuelve al vacío. Vuelve cuando hay una elección, cuando hay una negociación seria o cuando el poder necesita mostrar una apertura controlada. Si no hay fecha, si no hay garantías y si no hay programa común, la pregunta es inevitable: ¿vuelven para cambiar el poder o vuelven porque el poder les abrió una puerta bajo condiciones que todavía no conocemos?

Lo que ocurre con Estados Unidos también debe leerse con cuidado. La administración Trump ha dado señales de acercamiento práctico a Delcy Rodríguez. Reportes recientes señalan que Washington ordenó frenar investigaciones contra ella y que el trato hacia su figura cambió en función de estabilidad, petróleo y recomposición de relaciones.

En ese contexto, el regreso disperso de disidentes no necesariamente anuncia una transición. Puede anunciar una normalización. Y normalizar no es democratizar.

No se trata de acusar a todo el que regresa. Muchos pueden volver por razones humanas, familiares, políticas o personales. El exilio cansa. La distancia desgasta. Nadie tiene derecho a exigir heroísmo eterno a quien ha pagado costos reales.  

La pregunta política es otra: ¿con qué mandato vuelven?, ¿a quién representan?, ¿qué condiciones exigieron?, ¿qué garantías tienen?, ¿cuál es el calendario?, ¿cuál es el plan?

Porque una disidencia que vuelve sin programa puede terminar siendo usada como decoración de apertura. Una oposición que regresa sin unidad puede terminar validando un arreglo donde otros ya decidieron el futuro. Y un país que confunde permiso con libertad corre el riesgo de celebrar una transición que todavía no existe.

Venezuela no necesita fotos de retorno. Necesita reglas. No necesita regresos simbólicos. Necesita fecha electoral, garantías, presos liberados, instituciones recuperadas y voto real.

Vuelven a Venezuela. La pregunta es si vuelven a cambiar el poder o a convalidarlo.

Derechos Humanos, Qatar, Fútbol y el plan de EE.UU. para Venezuela: cuando la democracia queda para la final

Esa historia vuelve a tener sentido cuando se mira a Venezuela. No porque Qatar sea igual a Venezuela, sino porque Qatar también aparece ahora como lugar de conversaciones políticas sobre nuestro país.

Derechos Humanos, Qatar, Fútbol y el plan de EE.UU. para Venezuela: cuando la democracia queda para la final

Braulio Jatar (NotiAmerica)

El Mundial de Qatar 2022 dejó una imagen incómoda para el mundo. Mientras la pelota rodaba, también se hablaba de trabajadores migrantes, abusos laborales, muertes no aclaradas, salarios retenidos y condiciones de vida indignas.

Qatar fue señalado durante años por organizaciones internacionales por el trato dado a trabajadores extranjeros que levantaron buena parte de la infraestructura del Mundial. La FIFA defendió el torneo, los gobiernos miraron de lado y las grandes marcas siguieron adelante. Esa historia vuelve a tener sentido cuando se mira a Venezuela. No porque Qatar sea igual a Venezuela, sino porque Qatar también aparece ahora como lugar de conversaciones políticas sobre nuestro país.

Según reportes periodísticos, representantes de Estados Unidos y Delcy Rodríguez se reunieron en Qatar desde el 2024, con la mediación de ese país, para explorar una salida al problema venezolano. No se trata de comparar el Mundial con la política. Es entender que el mismo país cuestionado por derechos humanos en el fútbol terminó sirviendo como sala reservada para discutir el futuro de Venezuela.

A Venezuela le hablan de estabilidad como si los venezolanos no supiéramos lo que significa vivir en desorden. Claro que el país necesita orden, inversión, petróleo produciendo, servicios funcionando y una economía que deje de castigar a la gente. Pero nada de eso puede ponerse por encima del derecho de los ciudadanos a escoger libremente su destino.

Lo peligroso es que esa fórmula se parezca demasiado a los valores de otros gobiernos: primero el negocio, luego la gobernabilidad, y al final la libertad.  Este no puede ser el proyecto de una nación que ha pagado con cárcel, exilio, hambre y muertos su deseo de vivir en democracia.

Venezuela necesita reconstrucción, sí. Necesita estabilidad, también. Pero necesita primero respeto a la voluntad popular. Porque cuando la democracia queda para el final, casi siempre el final ya fue escrito por otros.

Hausmann lo dijo en Chile: desperdiciar inmigrantes es desperdiciar futuro

Ricardo Hausmann lo dijo en El Mercurio: “Chile recibió inicialmente una inmigración venezolana muy calificada, pero no construyó suficientes canales de integración formal”. Es decir, la inmigración tiene un talento que el Estado debe facilitar mediante caminos reales para incorporarlo. De otra forma, toda esa fuerza se convierte en energía potencial reducida a simple desperdicio.

Hausmann lo dijo en Chile: desperdiciar inmigrantes es desperdiciar futuro

Por Braulio Jatar (ETL)

Escribo desde Chile, un país que recibió a miles de venezolanos con títulos, oficios, experiencia, miedo, hijos y una urgencia legítima de volver a empezar. Escribo desde lo que veo todos los días; no lo hago como venezolano, lo hago como chileno: familias atrapadas entre la burocracia, la informalidad y el dolor desesperante de quienes salieron de una pesadilla de un lado, y a quienes hemos abandonado al llegar al otro lado.

Ricardo Hausmann lo dijo en El Mercurio: “Chile recibió inicialmente una inmigración venezolana muy calificada, pero no construyó suficientes canales de integración formal”. Es decir, la inmigración tiene un talento que el Estado debe facilitar mediante caminos reales para incorporarlo. De otra forma, toda esa fuerza se convierte en energía potencial reducida a simple desperdicio.

Cuando un médico termina manejando una aplicación, cuando un ingeniero trabaja sin contrato, cuando una profesora limpia casas sin reconocimiento, el país no se está protegiendo. Está desperdiciando capital humano que ya tiene adentro.

Nadie serio niega los problemas de seguridad. El crimen organizado, las mafias, la trata, las extorsiones o bandas como el Tren de Aragua deben enfrentarse con fuerza, inteligencia, policía, tribunales y cooperación internacional. Pero Hausmann lo dijo en Chile y hay que repetirlo: “una cosa es combatir el crimen organizado y otra impedir que las personas puedan insertarse legalmente en la economía”.

Ese es el error que muchos gobiernos cometen y muchos políticos explotan. Confunden al trabajador con el delincuente, al extranjero pobre con una amenaza y al migrante sin papeles con una persona sin derechos. Después se sorprenden de que crezca la informalidad, el abuso laboral, la precariedad y el miedo.

Desde Estados Unidos hasta la Patagonia, la inmigración sostiene economías enteras. Está en el campo, la construcción, los cuidados, los hospitales, la gastronomía, el comercio, el transporte, la tecnología y el emprendimiento. No es una nota al pie del continente. Es parte de su fuerza laboral, de su consumo, de sus impuestos y de su futuro.

La migración necesita orden, no crueldad. Necesita fronteras serias, no persecución generalizada. Necesita documentos, no laberintos burocráticos. Un Estado serio distingue entre quien viene a trabajar y quien viene a delinquir. Un Estado mediocre mete a todos en el mismo saco.

Hausmann lo dijo en Chile al hablar de productividad: los países que integren mejor el talento tendrán ventajas enormes en innovación y crecimiento. El mundo compite por atraer personas capaces. América Latina, en cambio, muchas veces recibe talento y luego lo deja pudrirse en la informalidad.

El migrante no viene a salvar países. Viene a salvar su vida. Pero cuando un país le permite trabajar, estudiar, emprender, regularizarse y vivir sin miedo, ese migrante termina ayudando también a sostener economías que ya estaban cansadas antes de que él llegara.

Me quedo con lo que Hausmann dijo en Chile porque resume una verdad incómoda: el talento que no se integra se pierde. Y cuando ese talento migrante se pierde, no pierde solo el migrante. Pierde Chile, su economía y la democracia de todos.

El error de Rubio: creer que un huerto capturado puede dar frutos democráticos

En Venezuela el chavismo no administró mal el Estado. Lo capturó. Capturó tribunales, cuarteles, notarías, policías, justicia, educación, salud, registros, empresas públicas y hasta el hambre. Convirtió el país en una maquinaria de obediencia.

El error de Rubio: creer que un huerto capturado puede dar frutos democráticos

Por Braulio Jatar Alonso

El problema de Venezuela no es una manzana podrida. Es un huerto capturado. Por eso el plan de Marco Rubio, Secretario de Estado de la administración Trump, parte de un error de fondo: cree que se puede iniciar la recuperación económica dejando todavía en pie la estructura que destruyó al país.

La doctrina de Mauricio Merino ayuda a entender el tamaño del absurdo. La corrupción no es solo un funcionario que roba, un ministro que firma, un juez que obedece o un militar que cobra. Es un sistema completo donde los puestos, los supuestos y los presupuestos han sido capturados por una red de poder.

Eso fue lo que explicó un juez chileno al dictar prisión preventiva en una causa de corrupción. No habló de un simple delito económico. Habló de captura institucional, de redes, de funcionarios leales al esquema y de una burocracia convertida en blindaje de una organización criminal.

La frase es brutal porque sirve para Chile, para México y para Venezuela: la corrupción no es un problema de manzanas podridas, sino de huertos capturados. Y cuando el huerto está capturado, no basta con cambiar el riego, pintar la cerca o prometer una nueva cosecha.

En Venezuela el chavismo no administró mal el Estado. Lo capturó. Capturó tribunales, cuarteles, notarías, policías, justicia, educación, salud, registros, empresas públicas y hasta el hambre. Convirtió el país en una maquinaria de obediencia.

Por eso resulta absurdo plantear primero una estabilización económica, luego una recuperación y dejar para el final la democracia. Ese es el orden general del plan atribuido a Rubio: estabilización, recuperación y, solo después, transición hacia elecciones.

En los libros de aritmética se repite que el orden de los factores no altera el producto. En política, cuando se trata de una dictadura criminalizada, sí lo altera. Si usted pone la economía antes de la libertad, no obtiene desarrollo: le da oxígeno al mismo sistema que destruyó la economía.

Pretender recuperación económica en manos de quienes anularon la operatividad del país es poner la carreta delante de los asnos. No se puede reconstruir un hospital con quienes hicieron negocio con la enfermedad. No se puede levantar la escuela con quienes convirtieron la ignorancia en control social.

La corrupción venezolana no es un delito sin víctimas. Sus víctimas están en los niños sin tratamiento, en los ancianos sin pensión, en los maestros destruidos, en los presos políticos, en los migrantes caminando por América y en millones de ciudadanos privados de salud, educación, seguridad y futuro.

La democracia no puede ser el premio final que entregan los mismos que la destruyeron. Tiene que ser la condición de entrada. Sin libertad, sin justicia, sin desmontaje real del aparato capturado, cualquier recuperación económica será apenas otra forma de administrar el saqueo.

Venezuela no necesita que le cambien el nombre al huerto. Necesita arrancar de raíz el sistema que lo capturó. Porque si los mismos que sembraron miedo, hambre e impunidad siguen controlando la tierra, no habrá cosecha democrática. Habrá otra temporada de la misma tragedia.

Mario Silva se atrinchera en solitario del lado del chavismo

Mario Silva no fue un simple conductor. Fue una herramienta del poder cuando Chávez dejó de ser candidato y pasó a ser sistema. La Hojilla no era un programa, era trinchera:

Mario Silva se atrinchera en solitario del lado del chavismo

Mario Silva no fue un simple conductor. Fue una herramienta del poder cuando Chávez dejó de ser candidato y pasó a ser sistema. La Hojilla no era un programa, era trinchera: insulto, descalificación y enemigo interno como método. Ese tono no era un exceso, era política. Era el reflejo de un liderazgo que se quitó el traje de campaña y se encerró en su propia imagen, en su propia doctrina, decidido a quedarse sin alternabilidad ni disidencia.

La llamada Revolución Bolivariana siempre fue un invento útil: un cóctel armado con retazos de aquí y de allá para que todos vieran algo propio. Nacionalismo, socialismo, antiimperialismo, todo mezclado para seducir mientras hubo caja y propaganda. Cuando la relación con Cuba dejó de ser discurso y pasó a ser estructura, se activó el temporizador. Ahí empezó la cuenta regresiva: se destruye la economía, se pulveriza el salario, colapsan hospitales, se abandona la educación, se somete la institucionalidad y la democracia queda como una formalidad vacía.

En ese tránsito, Silva calzó perfecto. Lenguaje procaz, agresivo, de ultraizquierda, exactamente lo que el poder necesitaba para confrontar y disciplinar. No era un error de estilo, era coherencia con un modelo que dejó de convencer para imponer. Fue útil mientras el aparato funcionó, mientras había beneficios que repartir, mientras el miedo y la propaganda alcanzaban.

Hoy el cuadro es otro. Ese chavismo está roto, disperso, replegado. Los que juraron defenderlo con la vida se acomodaron, negociaron o se callaron. Militares, civiles, milicianos, empleados públicos: la épica se convirtió en supervivencia. Se dejaron humillar por el mismo poder que decían sostener. Cuando se acabaron los beneficios, se acabó la lealtad. Quedó al descubierto que no era convicción, era conveniencia.

Y en medio de ese derrumbe, Mario Silva se queda. Atrincherado. Levantando símbolos vacíos, repitiendo un libreto que ya no convoca. No articula, no moviliza, no representa a nadie fuera de un círculo cada vez más pequeño. Es el eco de un relato que perdió sustento en la realidad.

Porque al final, más allá de los eslóganes y el puño en alto, ese proyecto no construyó país. Destruyó el salario, los servicios, las instituciones y la confianza social. No dejó un modelo; dejó ruinas. Y en esas ruinas, Silva habla solo. No como voz de poder, sino como residuo de un poder que se consumió a sí mismo.

No preguntemos qué hará Trump por Venezuela; preguntémonos qué haremos los venezolanos por nuestro país

enezuela tiene derecho a democracia, instituciones libres, alternancia, justicia independiente, prensa sin miedo y ciudadanos que puedan vivir sin persecución ni exilio

No preguntemos qué hará Trump por Venezuela; preguntémonos qué haremos los venezolanos por nuestro país

Por Braulio Jatar Alonso

Donald Trump volvió a decir sobre Venezuela una frase que, más que indignación, debería invitarnos a pensar con serenidad política: “tenemos una gran relación con ese país y con las personas que dirigen el país”. No es un comentario aislado. Desde el 3 de enero viene dejando ver una misma línea: para Washington, Venezuela también es un asunto de intereses, equilibrios y prioridades.

Eso no debe sorprendernos. Las grandes potencias actúan casi siempre desde sus propios cálculos. Estados Unidos no es la excepción. Su política exterior combina valores, seguridad, economía, migración, energía y estrategia regional. Por eso, los venezolanos debemos leer esas señales sin ingenuidad, pero también sin resentimiento ni desesperanza.

La causa democrática venezolana necesita aliados internacionales. Los ha tenido y los seguirá necesitando. Ningún país que enfrenta una crisis tan profunda puede aislarse del mundo ni despreciar apoyos externos. Pero una cosa es valorar esos apoyos y otra muy distinta es entregarles la conducción emocional y política de nuestro destino.

Venezuela tiene derecho a democracia, instituciones libres, alternancia, justicia independiente, prensa sin miedo y ciudadanos que puedan vivir sin persecución ni exilio. Cuba también tiene derecho a lo mismo. No se trata de imponer modelos ajenos, sino de recordar que la libertad, la dignidad humana y el respeto al individuo no deberían depender del lugar donde uno nace.

Los valores que han hecho grande a Estados Unidos —la libertad, el mérito, la ley, la iniciativa individual y la defensa de la democracia— también son aspiraciones legítimas para nuestros pueblos. Por eso, cuando una voz influyente en Washington parece normalizar una relación amable con quienes hoy gobiernan Venezuela, es razonable que muchos venezolanos sientan preocupación.

Pero esa preocupación debe convertirse en estrategia, no en rabia. Debe ayudarnos a madurar políticamente. John F. Kennedy, otro expresidente de Estados Unidos, dejó una frase que atravesó generaciones: “No preguntes qué puede hacer tu país por ti; pregunta qué puedes hacer tú por tu país”. Parafraseada para nuestro drama nacional, la idea sería esta: no preguntemos solamente qué hará Trump por Venezuela; preguntémonos también qué haremos los venezolanos por nuestro país.

Cambiar el libreto no significa rechazar a Estados Unidos ni negar la importancia de la comunidad internacional. Significa comprender que los apoyos externos son valiosos cuando acompañan una causa nacional clara, no cuando sustituyen la responsabilidad de quienes la protagonizan.

Venezuela necesita aliados, sí. Pero también necesita voz propia. Necesita una dirigencia capaz de hablarle al mundo sin complejos y de recordarle, con respeto y firmeza, que la democracia venezolana no es una ficha secundaria en una negociación regional.

No se trata de cerrar puertas. Se trata de abrir los ojos. Venezuela debe relacionarse con el mundo, buscar apoyos y construir alianzas. Pero su libertad, su dignidad y su futuro tienen que seguir teniendo un centro irrenunciable: los venezolanos.