Opiniones

Constitución en mano: no existe el “encargo eterno” en Venezuela

CONSTITUCION EN MANO DELCY RDEZ

Constitución en mano: no existe el “encargo eterno” en Venezuela

Por Braulio Jatar

En Venezuela se ha intentado instalar una peligrosa ficción jurídica: que la vicepresidenta ejecutiva puede permanecer indefinidamente como presidenta “encargada” mientras la Asamblea Nacional —de mayoría chavista— así lo decida. Sin embargo, la Constitución no ampara ese artificio. El texto constitucional es claro, taxativo y no admite interpretaciones políticas acomodaticias.

El artículo 234 de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela regula la falta temporal del Presidente de la República. Establece un plazo preciso: el Vicepresidente Ejecutivo asume hasta por noventa (90) días, prorrogables una sola vez por otros noventa (90) días con autorización de la Asamblea Nacional. El límite máximo es, por tanto, 180 días. No más.

Este plazo no es una sugerencia ni una orientación política. Es un límite constitucional objetivo, diseñado precisamente para impedir que una ausencia temporal se transforme, por la vía de los hechos, en una sustitución permanente del Presidente sin elecciones. La Constitución no contempla una tercera prórroga, ni otorga a la Asamblea Nacional la facultad de extender indefinidamente el encargo.

Aquí surge el punto central que el oficialismo intenta distorsionar: el artículo 234 señala que, si la falta temporal se prolonga, corresponde a la Asamblea Nacional decidir si existe falta absoluta. Pero esa frase no otorga discrecionalidad política ilimitada. La Asamblea no “elige” si le conviene o no declarar la falta absoluta; lo que hace es constatar una situación jurídica objetiva.

Cuando se cumplen simultáneamente tres condiciones —(i) vencimiento de los 180 días, (ii) persistencia de la ausencia y (iii) no reincorporación efectiva del Presidente—, la falta deja de ser temporal por mandato constitucional. En ese momento, la falta absoluta se configura de pleno derecho, y la función de la Asamblea es meramente declarativa, no constitutiva.

Negarse a reconocer esa consecuencia no es una interpretación alternativa: es una violación directa de la Constitución. La Asamblea Nacional no puede, ni siquiera por unanimidad, crear una nueva categoría de “ausencia prolongada indefinida”, porque eso equivaldría a reformar la Constitución por vía política, algo expresamente prohibido.

Una vez configurada la falta absoluta, entra en vigor el artículo 233, que obliga a convocar elecciones presidenciales dentro de los treinta (30) días consecutivos siguientes. Durante ese lapso, el Vicepresidente Ejecutivo asume únicamente como autoridad transitoria, con el mandato limitado de garantizar la continuidad institucional hasta que el pueblo elija a un nuevo Presidente.

Si la Asamblea chavista decide ignorar este mandato y prolongar artificialmente el encargo, podrá hacerlo de facto, pero no de iure. Tal actuación constituye un fraude constitucional, una usurpación del orden sucesorio y una ruptura abierta del principio de soberanía popular.

En una república constitucional no existen presidencias interinas eternas ni encargos sin plazo. La Constitución fue escrita precisamente para que el poder no se perpetúe por conveniencia política, sino que regrese, siempre, al único titular legítimo: el pueblo.

Un chileno olvidado en las mazmorras del madurismo

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Por Braulio Jatar Alonso
Columna de opinión – NotiAmérica

Hay silencios que gritan. Y hay olvidos que avergüenzan. El caso de Ovidio Carrasco es ambos.

Desde el 30 de enero de 2019, Ovidio Carrasco —teniente coronel, chileno-venezolano, hijo de chileno de varias generaciones— permanece privado de libertad en Venezuela. Este mes se cumplen siete años de prisión política. Siete años sin juicio justo, sin debido proceso, con denuncias consistentes de torturas y tratos crueles. Siete años de abandono institucional. Siete años de una pregunta incómoda: ¿por qué Chile ha mirado hacia otro lado?

Conversé recientemente con su hija, Nicole Carrasco. Su testimonio es devastador y, al mismo tiempo, tristemente familiar para quienes conocemos el funcionamiento del aparato represivo venezolano. Ovidio fue detenido en su propio hogar por agentes vestidos de negro. A la familia se le dijo que se trataba de “un trabajo”, una excusa habitual para ganar tiempo y desactivar el pánico. Horas después, la verdad: lo acusaban de participar en un supuesto atentado contra Nicolás Maduro.

Durante días estuvo desaparecido. Cuando finalmente pudo llamar, fue desde un hospital. Tenía lesiones visibles: muñecas marcadas y infectadas por esposas mantenidas durante días, golpes, signos claros de maltrato. Fue dejado en un lugar oscuro, pateado, sometido a métodos de tortura que quienes hemos sido presos políticos reconocemos de inmediato. No es un relato aislado: es un patrón.

Lo que hace este caso particularmente grave no es solo la condición de preso político, sino su nacionalidad chilena. Ovidio Carrasco tiene partida de nacimiento chilena por derecho de sangre. Su padre —chileno “pura cepa”, nacido en Valparaíso, criado en Playa Ancha— fue militar y emigró a Venezuela durante la dictadura, por temor a represalias. Allí formó familia. Allí nació Ovidio. Allí hoy se consuma esta injusticia.

Su esposa tiene estatus migratorio derivado de estar casada con un chileno. Su hija, Nicole, es chilena. Sin embargo, ni el Parlamento, ni la Cancillería, ni los grandes medios han levantado una campaña sostenida por su libertad. El consulado chileno, según relata la familia, respondió una y otra vez: “No podemos hacer nada porque está detenido en Venezuela”. Una frase burocrática que, en la práctica, equivale a la renuncia a la protección consular.

Conozco esa respuesta. También fui chileno-venezolano preso político. También sufrí el abandono del Estado chileno. La diferencia es que, en mi caso, hubo presión mediática y política que terminó abriendo caminos. En el caso de Ovidio, no.

¿Por qué? La pregunta es incómoda, pero legítima. ¿Influye que sea militar? ¿Influye que no haya nacido en territorio chileno, aun siendo chileno por sangre? ¿Influye el color de piel, el origen caribeño, la ausencia de padrinos políticos? No afirmo nada. Pero el silencio obliga a sospechar.

Hoy, cuando en Venezuela se anuncian liberaciones selectivas, este es el momento de actuar. Ovidio Carrasco debe venir a Chile. Debe recibir protección, atención médica, justicia. No es un favor: es un deber del Estado con uno de los suyos.

Este no es solo el clamor de una hija. Es una prueba moral para Chile. Y el tiempo corre. Siete años ya son demasiados.

Marco, si Maduro era ilegítimo, Delcy también

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Marco, si Maduro era ilegítimo, Delcy también

Marco, si Maduro era ilegítimo, Delcy también
Por Braulio Jatar Alonso
Artículo de opinión – El Tiempo Latino (Washington)

En Derecho existe un principio elemental que atraviesa sistemas jurídicos, culturas y épocas: nadie puede transmitir un derecho mejor del que posee. De esa máxima deriva la conocida teoría del fruto del árbol envenenado (fruit of the poisonous tree), desarrollada tanto en el derecho constitucional como en el procesal comparado. Si el acto originario es ilegítimo, todos los actos que de él se desprenden nacen jurídicamente contaminados y carecen de validez.

Este principio resulta clave para analizar la coyuntura venezolana actual y, en particular, la posición que comienza a perfilarse desde Washington bajo la conducción del actual Secretario de Estado de los Estados Unidos, Marco Rubio. Durante años —bajo distintas administraciones estadounidenses— se sostuvo de forma reiterada que Nicolás Maduro ejercía el poder de manera ilegítima. Esa tesis fue expresada mediante sanciones, comunicados oficiales, resoluciones del Congreso y pronunciamientos en foros multilaterales.

Hoy, tras la captura, traslado e internamiento de Maduro y su esposa Cilia Flores en una cárcel de Nueva York, surge una propuesta que, desde el punto de vista jurídico, resulta profundamente contradictoria: permitir que Delcy Rodríguez encabece el proceso de transición en Venezuela.

La pregunta es inevitable: ¿cómo puede el Departamento de Estado revestir de legitimidad a una figura cuyo origen político y jurídico emana del mismo poder que durante años fue calificado como ilegítimo? Si el “árbol” estaba viciado —el régimen de Maduro—, su fruto no puede ser presentado como sano ni válido para conducir una transición democrática.

La ficción de la “temporalidad”

El 3 de enero de 2026, el mismo día en que se produjo la captura de Maduro y Flores, la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia dictó una decisión mediante la cual obliga a Delcy Rodríguez a asumir la Vicepresidencia, calificando dicha situación como “temporal”. Esa palabra no es casual ni neutra: es una válvula de escape constitucional.

La Constitución venezolana es clara: ante una falta absoluta del Presidente, debe activarse un mecanismo que conduce a elecciones presidenciales en un plazo aproximado de 30 días, convocadas por quien ejerza la presidencia encargada. Al calificar la situación como “temporal”, el Tribunal evita deliberadamente esa consecuencia constitucional y bloquea la activación del mandato popular, manteniendo la continuidad del mismo tronco de poder ilegítimo.

No se trata, por tanto, de una interpretación jurídica razonable, sino de una ingeniería de supervivencia política, diseñada para impedir elecciones inmediatas y transferir el poder de un ilegítimo a otro ilegítimo, sin ruptura real con el origen viciado.

La línea legítima ignorada

Frente a esa línea contaminada, existe otra línea de legitimidad democrática incuestionable: las elecciones del 28 de julio de 2024, reconocidas como limpias y transparentes por amplios sectores de la comunidad internacional. En ellas resultó electo Edmundo González, con María Corina Machado anunciada como su vicepresidenta.

Las actas electorales se encuentran resguardadas en la bóveda del Banco Central de Panamá, y el propio presidente panameño ha expresado públicamente su voluntad de ver a Edmundo González participando en próximas instancias multilaterales del hemisferio. A esta posición se han sumado líderes como Emmanuel Macron, y es previsible que otros gobiernos europeos sigan el mismo camino. Incluso dentro de Estados Unidos, senadores y representantes del Congreso han comenzado a cuestionar el carácter unilateral de una transición basada en un “fruto envenenado”.

Eficacia jurídica y costo político

Desde el punto de vista de la eficacia jurídica, una transición conducida por Delcy Rodríguez no puede producir efectos legítimos duraderos, porque su fuente es inválida. Desde el punto de vista político y diplomático, el riesgo es aún mayor.

Marco Rubio ha construido una trayectoria sólida frente a los regímenes autoritarios del hemisferio, con un capital simbólico importante ante la comunidad hispana —incluida la venezolana— en Estados Unidos. Persistir en una fórmula que contradice los propios fundamentos jurídicos sostenidos durante años puede erosionar esa credibilidad y generar un error de cálculo político de alto costo.

El Derecho no admite atajos: lo ilegítimo no puede engendrar legitimidad. Transferir el poder desde un origen viciado hacia una autoridad derivada del mismo tronco no es transición democrática; es continuidad maquillada.

Si Estados Unidos —y en particular su Secretaría de Estado— aspira a una salida estable, pacífica y jurídicamente eficaz para Venezuela, debe romper con el árbol envenenado y reconocer la única fuente limpia disponible: la voluntad popular expresada en las urnas.

Cualquier otra vía no solo vulnera principios elementales del Derecho constitucional, sino que condena el proceso a la fragilidad, la impugnación permanente y, finalmente, al fracaso.

Diosdado Cabello: el eterno número dos con destino final

Diosdado Cabello el eterno numero 2 con destino final

Diosdado Cabello: el eterno número dos con destino final

Por Braulio Jatar Alonso | Notiamérica

A Diosdado Cabello muchos lo llaman —yo no lo comparto— el número dos del chavismo. Lo fue con Hugo Chávez, lo fue con Nicolás Maduro y hoy pretende seguir siéndolo con Delcy Rodríguez. Más que un número, Cabello es una constante: siempre está, siempre sobrevive, siempre se queda.

Su permanencia no responde a liderazgo moral, ni a resultados, ni a visión de país. Responde al control del miedo, al ruido, a la intimidación y a la administración del ala más dura —y más resentida— de la izquierda extrema venezolana. Esa es su apuesta: quedarse con el capital político residual de los sectores más radicalizados, aun cuando el país entero está exhausto.

El problema es que el contexto cambió de forma brutal. El ataque militar que sacudió al régimen no solo desarticuló estructuras: dejó a sus copartidarios aterrados, capitulando, sin ánimo ni discurso. Lo que vino después fue silencio, desorientación y obediencia por supervivencia. No hubo épica. Hubo miedo.

En ese escenario, resulta éticamente insostenible que funcionarios responsables de la seguridad del Estado —defensa, inteligencia, orden interno— sigan aferrados a sus cargos como si nada hubiese ocurrido, luego de permitir con irresponsabilidad absoluta la muerte de más de un centenar de subordinados, simpatizantes y personal contratado. No hubo renuncias. No hubo asunción de responsabilidades. Solo continuidad.

Las fuerzas armadas y de seguridad venezolanas han sufrido el mayor desprestigio, derrota y humillación de su historia republicana. Sin embargo, continúan desfilando con uniformes impecables y condecoraciones que ya no representan honor, sino negación. La forma sin fondo. El ritual sin dignidad.

En medio de ese derrumbe, Diosdado Cabello —el más parlanchín, el más agrio, el más agresivo— busca una nueva careta para sobrevivir. Habla, amenaza, gesticula. Pero todos saben que su margen se agotó. El escenario es binario: o renuncia, o lo remueven; o se va, o lo capturan. Basta una filtración, un soplo, un error más.

Su destino final ya no depende de su verbo, sino de la realidad que lo rodea. Y esa realidad es implacable: Venezuela no necesita eternos números dos. Necesita cerrar ciclos.

Y el de Diosdado Cabello está cerrado.

LOS INDOCUMENTADOS TIENEN MUCHOS DOCUMENTOS

BRAULIO JATAR 2025

LOS INDOCUMENTADOS TIENEN MUCHOS DOCUMENTOS

Por Braulio Jatar Alonso

“¿Qué queremos decir exactamente con ‘indocumentados’?” Esta pregunta del drama televisivo Boston Lega (2004- 2008)l resuena con ironía devastadora. La verdad es que estas personas tienen documentos rebosando de sus bolsillos:  En aquel Esta presentan declaraciones de impuestos, poseen licencias de conducir, abren cuentas bancarias, obtienen préstamos e hipotecas de Bank of America y Citigroup, contratan seguros médicos y servicios de telefonía.

Contrario al mito de que son un lastre económico, son vitales para la economía. Cada uno de nosotros tiene al menos un inmigrante indocumentado en su vida: personas que nos importan, de las que dependemos, personas que amamos.

LOS NÚMEROS QUE NADIE QUIERE VER

Según el Instituto sobre Tributación y Política Económica (ITEP), los inmigrantes indocumentados en Estados Unidos contribuyeron $96.700 millones en impuestos en 2022 y la tendencia se mantiene en el 2025. Esto equivale a $8.889 por persona. Su contribución tributaria alcanzó el 26,1% de sus ingresos, prácticamente igual al 26,4% que paga la población general.

Pero aquí está lo revelador: si se les otorgara autorización de trabajo, sus contribuciones aumentarían en $40.200 millones anuales. No es un gasto, es una inversión perdida.

En Chile, la paradoja se replica con contundencia. Según la Fundación porCausa, la población migrante contribuyó con un 10,3% del PIB chileno, superior a su peso poblacional del 8,7%. En 2023, aportaron $921 millones de dólares netos al Estado. Cada migrante aporta en promedio $604 dólares netos, comparado con $184 de los nativos. Los migrantes aportan 3,6 veces más per cápita que los chilenos.

¿Por qué? Porque consumen menos recursos públicos, especialmente en pensiones y subsidios.

LA INJUSTICIA PREVISIONAL CHILENA

Aquí surge una de las mayores crueldades del sistema: todo trabajador extranjero debe cotizar en el Sistema de Pensiones chileno, pero según la Ley 18.156, miles pierden sus ahorros previsionales cuando regresan a sus países. Si un trabajador cotizó durante 20 años y no cumple requisitos técnicos específicos, sus fondos quedan atrapados en Chile.

Esto viola la Convención Internacional sobre Protección de Trabajadores Migratorios. Peor aún: Chile tiene convenios con 28 países, pero no con Haití ni Venezuela, de donde provienen la mayoría de los migrantes recientes.

Los migrantes tienen contratos laborales, certificados de AFP, liquidaciones de sueldo, RUT provisorio, comprobantes de FONASA. Tienen documentos fiscales, laborales, previsionales. Lo que no tienen es un estatus migratorio regular que les permita recuperar lo que es suyo.

LA VERDADERA INDOCUMENTACIÓN

Los “indocumentados” tienen documentos que prueban que pagan impuestos para escuelas a las que sus hijos a veces no pueden asistir. Tienen certificados de aportes a pensiones de las que tal vez nunca se beneficiarán. Tienen contratos que demuestran que construyeron edificios, cosecharon alimentos, cuidaron a nuestros ancianos.

Tienen todos los documentos que prueban que son parte esencial de nuestras economías. Lo único que no tienen es el documento que los haría plenamente humanos ante la ley.

Esa es la verdadera indocumentación de nuestro tiempo: la falta de un documento legal que reconozca una realidad económica y humana que ya existe. Una realidad documentada en millones de formularios fiscales y certificados previsionales que nadie quiere ver.

Porque verlos nos obligaría a reconocer la verdad más incómoda: que hemos construido nuestras economías sobre la contribución de personas a las que negamos el derecho a existir plenamente en ellas.

Braulio Jatar Alonso es abogado especializado en inmigración, presidente de ILC Consultores en Chile, y fundador de la Fundación Derechos X todos para Todos.

MADURO MÁS SOLO QUE RINOCERONTE EN SU SELVA

MADURO MAS SOLO QUE RINOCERONTE EN SU SELVA

MADURO MÁS SOLO QUE RINOCERONTE EN SU SELVA

Por Braulio Jatar Alonso
12 de diciembre de 2024

En la sabana africana, el rinoceronte deambula solitario por su territorio. No por elección, sino porque su propia naturaleza lo ha convertido en un gigante obsoleto, temido pero no respetado, poderoso en apariencia pero vulnerable en esencia. Nicolás Maduro hoy es ese rinoceronte en una selva política que le ha dado la espalda, rodeado por el cerco militar más grande que Estados Unidos haya desplegado en Sudamérica, mientras sus históricos aliados miran hacia otro lado y el mundo observa lo que parece ser el principio del fin de un experimento político que convirtió al país más rico de América Latina en un naufragio colectivo.

El 11 de diciembre de 2024, Trump ordenó “un bloqueo total y completo de todos los petroleros sancionados que entran y salen de Venezuela”. En derecho internacional, un bloqueo es un acto de guerra. Un día antes, guardacostas estadounidenses confiscaron el petrolero Skipper con 1.9 millones de barriles de crudo venezolano, el mayor tanquero jamás incautado por Estados Unidos. “Venezuela está rodeada por la mayor Armada jamás reunida en la historia de Sudamérica”, escribió Trump, amenazando con un impacto “como nada que hayan visto antes”.

La Operación Punta de Lanza ha cobrado 87 vidas en 21 ataques contra embarcaciones desde septiembre. El despliegue incluye al portaviones USS Gerald R. Ford, el más grande del mundo, y más de 15,000 efectivos militares. Trump no descarta operaciones terrestres “muy pronto” y mantiene todas las opciones sobre la mesa.

Lo más devastador no es la potencia de fuego, sino el silencio que encuentra Maduro cuando pide ayuda. El 30 de noviembre escribió a la OPEP suplicando apoyo: ningún país respondió. Rusia, que en 2018 envió bombarderos con capacidad nuclear, hoy se limita a declaraciones tibias. China, preocupada por sus relaciones con Washington, no sacrificará sus intereses globales por un régimen sin respaldo interno. “Esta vez, Maduro está completamente solo”, sentenció el experto Vladimir Rouvinski.

El aislamiento es también regional. Ni Brasil ni Colombia, gobernados por líderes de izquierda, reconocieron las elecciones del 28 de julio donde Maduro se proclamó ganador contra toda evidencia. La oposición presentó actas que demuestran una victoria con más del 70%, pero el régimen se negó a publicar resultados detallados. Argentina, Ecuador, El Salvador, Uruguay y Honduras han girado a la derecha prometiendo romper con Caracas. Le quedan solo Cuba  y Nicaragua una isla en quiebra, una dictadura centroamericana.

Los números son implacables. El PIB venezolano cayó de 260,000 millones de dólares en 2013 a apenas 102,000 millones hoy. El 51.8% vive en pobreza extrema. Los ingresos petroleros, que representan el 53% del presupuesto estatal, están bajo amenaza directa. Analistas estiman que dos millones más podrían abandonar el país, sumándose a los ocho millones que ya huyeron.

El rinoceronte está acorralado. La selva está vacía. El silencio que responde a sus suplicas es el sonido más aterrador. Porque cuando nadie responde a tus llamados de auxilio, cuando has quemado todos los puentes, convertido la riqueza en miseria y la esperanza en éxodo, lo que queda no es poder, sino soledad. Y todos esperan que el rinoceronte finalmente caiga.


Braulio Jatar Alonso es abogado, director y editor del portal de noticias Reporte Confidencial, profesor, escritor de varios libros y analista político venezolano. Fue prisionero político del régimen de Maduro entre 2016 y 2021. Actualmente reside en Chile, es presidente de ILC Consultores y colabora con medios internacionales en la cobertura de la crisis venezolana.

!O ahora o nunca! Por: Braulio Jatar Alonso

BRAULIO JATAR NOV 2025 A

O ahora o nunca

Por Braulio Jatar Alonso

Mientras en el Caribe se instala una isla mecánica de poderío militar sin precedentes en este hemisferio, muchos —lejanos al ahogo diario de la tiranía en Venezuela— se permiten el lujo de practicar una curiosa gimnasia moral: lucir más benévolos que el Espíritu Santo, más inteligentes que Dios y más equilibrados que un libro perfectamente centrado sobre una mesa.

Personas, ONG, organismos internacionales y todo tipo de entidades se posicionan en ese espacio cómodo donde nada se resuelve, pero que luce sospechosamente correcto. Desde ahí buscan anotarse puntos sin asumir riesgos, y aprovechan ese pedestal para criticar a quienes sí están dispuestos a actuar. Prefieren observar, opinar y moralizar antes que involucrarse. Y en ese mirar desde lejos, terminan sosteniendo —por omisión o conveniencia— al mismo sistema que dicen repudiar.

La dicotomía del poder es simple: podemos hacer solo aquello que controlamos. Cuando la decisión está en manos del otro, ese margen desaparece. Aceptable. Pero hay una frontera peligrosa entre la limitación y la ambivalencia. Y hoy, cuando finalmente se ha configurado una amenaza real para quienes llevan años sometiendo a millones de venezolanos, esa ambivalencia se convierte en indiferencia… o algo peor: la intención subconsciente de apostar al fracaso del que actúa para justificar la propia pasividad.

Estamos en un momento definitorio. O se logra el cambio o se perpetúa la garra que ha violado derechos humanos, politizado todas las instituciones —incluyendo a los militares—, eliminado la separación de poderes y pulverizado el Estado de derecho. No hay matices. No hay zona gris. No hay espacio para la tibieza.

Esta vez, el destino inmediato de Venezuela no está en nuestras manos. Todo indica que la decisión final recae en quienes poseen un poder que nosotros no tenemos. Pero lo que sí podemos decidir —y debemos decidir— es si nuestros egos, nuestros cálculos mezquinos, la envidia, las rencillas internas y el debate por el “nuevo liderazgo” pesan más que Venezuela misma.

El país no puede seguir atrapado en discusiones de salón mientras su gente vive entre el miedo, el exilio y la pobreza. No podemos seguir dándole prioridad a la vanidad personal sobre la urgencia nacional. Sabemos muy bien cuál es la verdad que nadie se atreve a decir en voz alta, pero que todos reconocemos por dentro:

O es ahora, o será nunca.

La derecha chilena espanta a los inmigrantes (Estrategia ICE)

La derecha chilena espanta a los inmigrantes Estrategia ICE

La derecha chilena espanta a los inmigrantes (Estrategia ICE)

Por Braulio Jatar Alonso
NotiAmérica

Lo que ocurre hoy en Estados Unidos con el voto latino bajo la era ICE y Trump, podría reflejarse en Chile a partir de las elecciones presidenciales de noviembre de 2025.

La congresista estadounidense María Elvira Salazar acaba de lanzar una advertencia que bien podría aplicarse a Santiago o Antofagasta. Dijo:

“Llevo meses diciéndolo.
Los hispanos que impulsaron la gran victoria de Trump se están yendo… y lo estamos permitiendo.
Anoche, en Nueva Jersey y Virginia, el voto hispano se movió más de 25 puntos a la IZQUIERDA.
Republicanos: despierten. Fe. Familia. Libertad. DIGNIDAD.”

Su diagnóstico es claro: la derecha norteamericana está perdiendo el voto latino por haber convertido el discurso migratorio en una trinchera de miedo. Chile parece seguir el mismo camino.

La política del miedo como bandera

En los últimos años, sectores de la derecha chilena han hecho del inmigrante su enemigo útil. La retórica de la “invasión extranjera”, las promesas de expulsiones masivas y las declaraciones altisonantes sobre “cerrar fronteras” se han vuelto moneda corriente.

Pero la demagogia tiene un costo. Lo que sirve para agitar una campaña puede volverse una factura electoral impagable. En Estados Unidos, los hispanos abandonan al Partido Republicano porque ya no se sienten parte de su proyecto. En Chile, los migrantes podrían hacer lo mismo con la derecha, cansados de ser tratados como sospechosos.

Chile necesita a los migrantes, pero no los respeta

Las cifras son contundentes: Chile envejece y su tasa de natalidad no asegura el reemplazo generacional. La agricultura, la construcción, el comercio y los servicios dependen cada vez más de trabajadores extranjeros.

Sin embargo, se instala una narrativa que asocia inseguridad con inmigración, olvidando que el país se sostiene gracias al aporte de quienes llegaron a trabajar. La derecha que defiende el libre mercado olvida que la movilidad humana es parte esencial de ese mismo principio.

El espejo de Washington

Durante la era Trump, el control migratorio se convirtió en espectáculo político. Las imágenes de familias separadas, deportaciones aceleradas y redadas de ICE destruyeron la alianza natural entre los latinos y los valores republicanos de esfuerzo y fe.

Esa misma dinámica amenaza con repetirse en Chile. La derecha radical asocia patriotismo con exclusión, y orden con represión. Pero quienes construyen el país desde la base —los trabajadores migrantes— votan, y cada vez más. Si la derecha los margina del relato nacional, los perderá en las urnas.

Fe, familia, libertad y dignidad… ¿para todos?

Salazar cierra su mensaje con un llamado: “Fe. Familia. Libertad. Dignidad.” Son valores universales, pero pierden sentido si se aplican solo a quienes nacieron dentro de ciertas fronteras.

Chile debe decidir si esos principios son inclusivos o solo un eslogan. Los inmigrantes habilitados para votar este año, junto con sus hijos nacidos en Chile que lo harán en los próximos comicios, ejercerán su derecho con memoria y conciencia. Si la derecha no los abraza, la izquierda lo hará con gusto.

Un pronóstico anunciado

Así como el voto hispano se movió 25 puntos hacia la izquierda en Estados Unidos, el voto migrante podría hacerlo en Chile a partir de 2025. Las mismas causas generan los mismos efectos: discursos de miedo, políticas de exclusión y desdén hacia quienes mantienen en pie la economía real.

El país que se enorgullece de haber recibido europeos en el siglo XX no puede cerrar su corazón a los latinoamericanos del XXI.

Si la derecha chilena no despierta —como pide Salazar a los republicanos— los inmigrantes despertarán primero.
Y cuando lo hagan, las urnas hablarán en todos los acentos de América Latina.

 Lula, antiético y lejos de la oikeosis estoica

Una vez más, Luiz Inácio Lula da Silva se presenta como salvador de América Latina

 Lula, antiético y lejos de la oikeosis estoica

Por Braulio Jatar
Noti-América

Una vez más, Luiz Inácio Lula da Silva se presenta como salvador de América Latina. Durante su encuentro con Donald Trump en Kuala Lumpur el 27 de octubre, el presidente brasileño se ofreció como “interlocutor” entre Estados Unidos y el régimen de Maduro, en medio de la tensión militar en el Caribe. Esta propuesta de mediación repite un patrón: dar oxígeno a la dictadura venezolana cuando más acorralada se encuentra.

Lo que Lula llama “mediación” carece del principio estoico de la oikeosis: ese reconocimiento de pertenencia al todo que nos impulsa a expandir nuestro círculo de preocupación para incluir a toda la humanidad. Los estoicos enseñaban que la virtud surge cuando ponemos el bien común en el centro, cuando reconocemos que el sufrimiento ajeno es nuestro.

María Corina Machado señaló la falla fundamental: “Las dos partes que él menciona son Estados Unidos y el régimen de Maduro, pero está ausente la parte más importante: los venezolanos. ¿Dónde quedan los venezolanos? ¿O es que en este análisis del presidente Lula no importan?”

Esta pregunta denuncia una ausencia moral. Lula no coloca al pueblo venezolano en el centro porque nunca ha sido su prioridad. Venezuela es un tablero geopolítico donde mueve piezas según sus intereses: mantener relevancia regional, evitar intervención militar en su frontera, y preservar la red ideológica del Foro de São Paulo.

Los hechos desmienten las palabras grandilocuentes. Machado recuerda el historial de fracasos brasileños: “Después de más de un año con cinco rehenes en la embajada de Argentina bajo protección de Brasil, el gobierno de Lula no logró conseguir ni siquiera cinco salvoconductos”. Tras seis meses sin electricidad, Brasil no logró que pusieran un fusible. Tras 15 meses exigiendo las actas electorales del fraude del 28 de julio de 2024, tampoco obtuvo nada.

Cuando debe elegir entre solidaridad con el pueblo venezolano y camaradería con Maduro, Lula siempre elige lo segundo. Marco Aurelio escribió: “Lo que no beneficia a la colmena, no beneficia a la abeja”. Su propuesta no beneficia a Venezuela; solo da tiempo y legitimidad a Maduro, proyectando una imagen de estadista que la realidad desmiente.

La oikeosis estoica implica expandir el círculo moral: del yo a la familia, la comunidad, la nación y finalmente a la humanidad. Lula invirtió este proceso. Su círculo se contrajo hasta incluir solo a quienes comparten su ideología, dejando fuera a millones que sufren hambre, represión y exilio.

No hay ética en mediar entre democracia y dictadura omitiendo a las víctimas. No hay virtud en hablar de paz ignorando que significa perpetuar la tiranía. La filosofía estoica enseña que la justicia es la virtud suprema. Pero no hay justicia equiparando moralmente a quien defiende la libertad con quien la pisotea.

Lula se escuda en buscar paz, pero su paz es ausencia de confrontación, no presencia de justicia. Los estoicos sabían que la verdadera paz solo florece con libertad y dignidad. Lo demás es silencio impuesto por la opresión.

La propuesta carece de oikeosis porque ignora a quienes más sufren. Carece de ética porque no prioriza la justicia. Carece de virtud porque prefiere la apariencia a los resultados. Los venezolanos no necesitan mediadores que hablen de ellos sin escucharlos. Como recuerdan los estoicos: la justicia no negocia con la tiranía, la virtud no se compromete con el vicio, y la oikeosis verdadera no abandona a quienes más necesitan nuestra acción.

Brasil, bajo Lula, ha fracasado en todo esto. Su oferta de mediación es otro capítulo de ese fracaso ético.

La ciencia está del lado de la regularización migratoria

La ciencia está del lado de la regularización migratoria

La ciencia está del lado de la regularización migratoria
Por Braulio Jatar

El experimento que Chile aún no ha comprendido
En 1980 el politólogo Robert Axelrod organizó un torneo de estrategias entre computadoras para descubrir cuál conducta generaba la mayor cooperación en un entorno competitivo. El resultado fue desconcertante: la estrategia ganadora no fue la más dura ni la más punitiva, sino una sencilla llamada TIT-FOR-TAT: empezar siendo bueno, responder con proporcionalidad ante la traición, y estar dispuesto a perdonar. En palabras simples, una estrategia que combina inteligencia y humanidad. Cuatro décadas después, Chile sigue atrapado en la versión opuesta: el “juego de Friedman”, donde ante cada problema migratorio la respuesta es cierre, castigo y rechazo. Y la ciencia ya demostró que esa conducta, aplicada una y otra vez, solo produce una cosa: derrota.

El costo de una estrategia implacable
Chile ha convertido la migración en un campo de batalla político. Cada incidente, cada titular, cada error individual es amplificado para justificar una reacción colectiva de castigo. El Estado se comporta como una computadora programada para desconfiar: si un grupo falla, se cierran las puertas a todos. Axelrod llamó a ese tipo de comportamiento una “estrategia implacable” y comprobó matemáticamente que pierde siempre, sin excepción, en juegos repetidos. Y la convivencia humana, especialmente la migratoria, no es otra cosa que una interacción repetida. Cuando un país reacciona con castigo permanente en lugar de cooperación inteligente, condena su futuro a ciclos de desconfianza y conflicto interminable.

Regularizar no es debilidad, es ciencia aplicada
La regularización migratoria no es un gesto de ingenuidad ni una posición ideológica. Es la aplicación práctica del conocimiento acumulado sobre cooperación. La primera condición del éxito, según Axelrod, es empezar con buena voluntad: dar la primera oportunidad de cooperar. Eso no significa renunciar a la autoridad, sino usarla de manera inteligente. Una política de regularización con reglas claras, monitoreo y consecuencias proporcionales cumple con las cuatro condiciones que la ciencia identificó como ganadoras: ser buena, ser clara, ser provocable y ser indulgente. Es un modelo de control con humanidad, no de desorden.

El espejo internacional
Mientras Chile endurece sus fronteras y multiplica expulsiones, Canadá y España aplican versiones de TIT-FOR-TAT. Regularizan, establecen obligaciones y luego sancionan con proporcionalidad a quien no cumple. El resultado está a la vista: mayor recaudación fiscal, integración laboral y cohesión social. En Chile, en cambio, la informalidad y la exclusión generan pérdidas millonarias en impuestos, saturan los sistemas de salud y educación y alimentan la inseguridad. La hostilidad institucional no reduce el problema, solo lo empuja a la oscuridad.

El dilema moral y estratégico
Cada vez que un candidato propone cerrar fronteras o endurecer leyes migratorias, está eligiendo la estrategia perdedora del experimento de Axelrod. Lo hace, además, contra toda evidencia empírica. No es un debate ideológico, es una cuestión de resultados. Los países que apuestan por la cooperación inteligente superan a los que optan por el castigo permanente. En el lenguaje de la ciencia, la xenofobia no solo es moralmente reprobable, también es ineficiente.

La elección de Chile
Los venezolanos no se van a ir. Están aquí para trabajar, aportar y construir, como antes lo hicieron los europeos, los árabes y los asiáticos que también encontraron en Chile una oportunidad. El país puede insistir en la estrategia “Friedman” —cerrar, desconfiar y castigar— o puede aplicar la lección que la ciencia ya resolvió hace más de cuarenta años: empezar cooperando, establecer reglas claras, responder con justicia y permitir el perdón. Esa es la ruta de la estabilidad, de la seguridad y de la prosperidad compartida.

La ciencia ya eligió. ¿Cuándo lo hará Chile?
Robert Axelrod demostró que en un mundo de interacciones repetidas, la cooperación inteligente siempre vence a la hostilidad. Chile tiene la oportunidad histórica de aplicar ese conocimiento a su política migratoria. No se trata de ser idealista, sino de ser racional. En tiempos donde el miedo parece tener más influencia que los datos, recordar que la ciencia respalda la regularización migratoria es un acto de lucidez. En última instancia, los países que eligen la humanidad no solo ganan moralmente. Ganan también el futuro.